La revolución está en el huerto

Cuando la frase ‘eres lo que comes’ no es un simple cliché

PAMELA149

Hace un año escribí sobre el cambio de alimentación que me vi forzada a llevar cuando perdí la voz por completo, a causa de un cuadro gravísimo de reflujo gástrico que amenazó con quitarme mi canto para siempre. El asunto fue tan grave, que en enero del año pasado viajé a Nueva York para ver al doctor Kessler, un reconocido especialista de la voz. Kessler no se explicaba cómo una chica de veintinueve años podía tener un reflujo a niveles tan agudos. Fui honesta y admití que era una «bebedora social», pero que tenía eventos y fiestas todos los días, que comía grasas y picantes también a diario. Mi diagnóstico tenía una explicación en mis hábitos, y el doctor me dijo lo que yo, hace rato, sospechaba: si no quería perder la voz para siempre, debía hacer cambios drásticos.

Salí de ese consultorio devastada. Pensé que no podría vivir sin mis hábitos dionisiacos, que mi vida sin mis placeres conocidos iba a ser ruinosa. Me fui de regreso a casa en el avión leyendo todo lo que no podía comer, y llegué a la conclusión, en medio de lágrimas, de que solo podía comer lo que comen las vacas. Y nada más.

Entonces decidí lanzarme de cabeza a la piscina de los cambios drásticos para recuperar mi salud. Durante las siguientes semanas me abrí a recibir a varios maestros y maestras muy especiales que me ayudaron a descubrir un nuevo universo. Personas, libros y blogs, que me enseñaron que la comida es la mejor medicina para muchas cosas, y que comer sano no solo puede ser delicioso y divertido, sino también purificador. Así emprendí el camino de la alimentación alcalina, de los superalimentos, de las técnicas más sanas para cocinar, y, con el pasar de los días, me fui familiarizando con mi nuevo universo hasta notar cambios maravillosos en varias dimensiones.

A los cinco meses volví a otra cita con el doctor Kessler, y se sorprendió mucho al ver que ya casi estaba curada al ciento por ciento. Me dijo que nunca había visto a un paciente recuperarse a la velocidad con la que me había recuperado yo. Cuando me preguntó qué había hecho, le conté de mi disciplina militar y mis nuevos hábitos, y me felicitó diciendo que ya estaba lista para darme ciertos gustitos.

Cualquiera pensaría que inmediatamente después de salir del consultorio fui a un bar a brindar y a comer la comida que tanto disfrutaba antes. Pero no, no quise hacerlo. Decidí mantener mi nueva alimentación. Ahora, un año después y contra todo pronóstico, tampoco quisiera dejarla. Me siento más sana y lúcida que nunca. La nueva alimentación no solo hizo que cesara el reflujo, sino también la ansiedad que antes no me dejaba dormir, mejoró mi piel y la energía con la que enfrento el día a día.

Creo que es una lección valiosa elevar la conciencia respecto a lo que damos a nuestro cuerpo. Alguna vez leí que Manu Chao dijo: «La gran revolución está en el huerto». Aquella vez entendí la frase desde la perspectiva del abastecimiento alimentario. Pero hoy la entiendo desde el prisma de la salud. Tengo la esperanza de que el huerto revolucione el costoso y mal gestionado sistema de salud. El huerto, no lo dudo, me ha salvado la vida.