La otra orilla

Lecciones que nos da un niño al borde del mar

jeremías

Y de pronto la superficie bajo sus pies puede transformarse en cualquier otra cosa: un manto de luz, un firmamento de arena, una superficie en la que han varado planetas, animales fabulosos y espejos de agua sobre los que se proyecta un sol que agoniza en una playa solitaria. Hace un par de horas, cuando ellos aún no habían llegado aquí, la marea debió de salirse y tragarse la tierra, llevarse por delante sandalias, lentes de sol y bloqueadores. Lo que ha dejado es una corriente de agua salada que corta la playa en dos y una constelación de lagunas sobre la arena húmeda, una vasta geografía aún por explorar. Ahora que ellos caminan con la mirada enterrada en el piso, recorriendo su superficie como si fuera un lienzo informalista o un libro abierto, a él le ha parecido que es posible mirar todo con los ojos de la niña que está a su lado y, por lo tanto, dejarse asombrar por lo que aún existe en el mundo y no se ha ido de su vida: moluscos que se agazapan en el reflejo cristalino del agua tibia y pueden asustarnos si nos acercamos demasiado, criaturas muy pequeñas que luchan tenazmente por no dejarse arrastrar por la corriente, conchitas de una belleza involuntaria que podemos llevarnos a casa, huecos misteriosos que delatan la presencia de algún animal malhumorado –un cangrejo, por ejemplo– que se esconde sabiamente de nosotros. Por un momento se olvida de que este año que se acaba se ha llevado muchas cosas con él, entre ellas a personas maravillosas y llenas de talento que nos sonrieron alguna vez y genios mundiales de la libertad que cantaron desafinando.

La magia en momentos como estos existe, y resulta que es una facultad de los adultos, solo que los adultos a veces la perdemos de vista porque nuestros ojos son torpes y han perdido capacidad de asombro ante el espectáculo del mundo. Si él pone un pie –ahora gigantesco– sobre la superficie húmeda de la orilla, se forma una burbuja de arena seca que se expande como una estrella en medio de la noche; si él da un paso largo para evitar un pozo de agua quieta, será como trazar un gran puente, y si es capaz de elevar a un pequeño sobre la espuma del mar cuando una ola furiosa arremete contra él, el acto será como el de desplegar las alas invisibles de un superhéroe que tiene la capacidad de volar ante la amenaza continua del océano. De pronto todo es posible. Todo puede ser en una tarde como esta, bajo una luz como esta, en la compañía de un ser tan pequeñito que además nos sonríe y llena todo de una urgencia nueva y de un candor que no es otra cosa que la verdad.

En un libro revelador [LA HORA VIOLETA, Mondadori], Sergio del Molino cuenta una tarde que pasó en una playa de Barcelona con su hijo Pablo en brazos sabiendo que dentro de algún tiempo, a causa de la leucemia, el bebe podría morir. La experiencia le recuerda sus tardes de infancia en la playa, cerca de su natal Valencia, cuando se divertía del hecho de que el sol se pusiera no sobre el mar sino en el continente, y de que las sombras de las personas y las criaturas se alargaran de un modo tan fantasmal sobre la arena y el mar. Del Molino lleva a su hijo de dos años mientras le repite frases que parecen hacer presente el mundo. «Ese es el mar», le dice. O también: «Son las olas y el viento». Meses después, cuando el pequeño deje de vivir, él tendrá un sueño particular: estará con su mujer en una playa, y el hijo de ambos –porque tienen un hijo– se caerá desde una altura de dos metros, y ambos correrán con pánico a ver qué ha pasado y descubrirán que la criatura no solo está viva, sino que no es Pablo, sino otro. Meses después de aquello, Del Molino tuvo un nuevo hijo. Y lo llamó Daniel.

El cambio de año nos acentúa porque algo muere y algo nace dentro de nosotros. La pequeña ahora salta enloquecida sobre unos charcos que ha dejado el mar, y está feliz porque el verano junto a sus primas y abuelos y tíos ha empezado. Él la ve y tendría ganas de que el tiempo dejara de correr al menos durante un lapso. Sabe, por su edad y su experiencia, que la vida se va barrida por el mar y los dibujos hechos en la arena siempre terminan desdibujándose, y que él, esta tarde de finales del 2013, no ha dejado de ser un tipo que perdió algo o a alguien y que tiene ganas de llorar ante la escena de un pequeño que mira al sol que se oculta en la esquina del mar a la vez que pide un deseo. Un deseo que ojalá sea el mismo que pedimos nosotros en secreto.