La invención de la soledad

¿Es que acaso ya no se puede estar solo en este mundo?

Hace poco, leyendo Memoria del bien pedido, el ensayo que hace casi veinte años dedicó Max Hernández a la figura del Inca Garcilaso de la Vega, encontré algo que me llamó poderosamente la atención. En la reconstrucción del mundo psíquico del primer mestizo de nuestra historia, Garcilaso aparece como un hombre despedazado por el conflicto de dos mundos en lucha y por la desoladora cadena de pérdidas que jalonaron su biografía: sus padres murieron antes de que cumpliera los veinte años, fue desheredado en España y las circunstancias lo obligaron a permanecer allí sin poder volver jamás a su tierra de origen. Sin embargo, fue capaz de sobreponerse al dolor gracias a la minuciosa labor de reconstrucción simbólica que realizó durante sus años de madurez y senectud. La soledad cumplió un papel absolutamente fundamental y, por increíble que parezca, se asoció a una clara forma de bienestar. Si algo lo puso a salvo de la desarticulación, y le permitió encarar el dolor y desarrollar una obra que le hizo trascender su propia vida y llegar intacto a nosotros, fue precisamente aquella capacidad solitaria que la sociedad del siglo XXI se esfuerza tanto en estigmatizar.

Lo cierto es que en el fondo no queremos estar solos. Y menos aún después de una pérdida, de la partida de un ser querido, del fin de una relación, del desplazamiento geográfico que nos obliga a dejar atrás a gente y espacios que amamos. En los días agitados de un 2012 estragado por la omnipresencia de las redes sociales, la ubicuidad de los sistemas de localización y telefonía y las alertas constantes de los blackberrys que no nos dejan en paz, todo parece empeñarse en hacernos difícil, sino imposible, la posibilidad de estar a solas o de «sentirnos solos» por un rato y de dedicarnos a habitar el único espacio posible para procesar las experiencias cada vez más ásperas que, con el paso del tiempo, la vida nos pone por delante. Todo el tiempo somos observados, mensajeados y localizados por los demás. Y cada vez se nos hace más difícil el diálogo con nosotros mismos. Si en algún momento llegamos a estar obligados a hacerlo será porque las cosas que hemos tapado nos saltan finalmente a la cara y entonces veremos necesario recurrir a un especialista para que nos ayude a conversar con nosotros mismos en el espacio de un consultorio o en la extraña comodidad de un diván. Mientras tanto, pasamos de una pareja a otra, buscamos desesperadamente a alguien con quien pasar la noche del domingo, nos aferramos al Facebook y vemos álbumes fotográficos de personas a las que ni siquiera saludaríamos en la calle.

Como todos, muchas veces me he sentido mal por pasarme días enteros sin ganas de ver a nadie, pero de pronto en el libro sobre Garcilaso he encontrado las respuestas precisas para defender mis ganas transitorias de estar a solas, lejos de la gente que me mira bajo la sospecha de la misantropía. Apoyado en el trabajo La capacidad de estar solo del psicoanalista inglés D.W. Winnicott, Max Hernández señala que la soledad es una de las mejores herramientas para atravesar el campo minado de la vida y, a decir de Winnicott, es un «rasgo importante y diferenciado de la madurez». Saber estar solo implica necesariamente estar en armonía con uno mismo y tener confianza en la benignidad del medio ambiente. Y yo me atrevería a añadir que nos permite encarar mejor la verdad interior, procesar el dolor, hacer el luto ante la pérdida y avanzar a nuevas etapas de la experiencia vital. Nadie ha dicho, por cierto, que se trate de un trabajo sencillo, y me temo mucho que en nuestro entorno de alta competencia, metas establecidas e industrialización de los ratos de ocio la cosa se nos pone terriblemente cuesta arriba. Sin embargo, me sigue pareciendo bello el detalle de que el llamado primer peruano de la historia haya tenido esa capacidad de hablar consigo mismo, a solas, y de procesar mediante la escritura nostálgica su dolor. ¿Por qué no hacerlo nosotros? ¿Por qué no desconectarlo todo y descansar un rato de todos? ¿Por qué no hacer un apagón personal?

«No puedes ser feliz con tanta gente hablando a tu alrededor», cantaba hace varios años Charly García, un tipo que posiblemente ha sobrevivido a su locura gracias a aquella soledad a la que le cantaba desesperadamente en los primeros temas de Sui Generis, que los adolescentes aún entonan en las fogatas. Alguna razón debe tener. Hay momentos en que el silencio, o el simple sonido del mar si caminamos solos en la orilla, resulta mejor que cien personas gritando a nuestro lado, de forma a veces vacía y en plena hora loca, que son los seres más felices del mundo sin estar seguros de ello.