La felicidad de tener a Tinka

El lazo sentimental que estrecha una persona que decide adoptar a un perro

pamela_columna

Hace dos meses estaba revisando mi Facebook cuando de pronto en mi muro saltó la imagen de una perrita de un año de edad llamada Tinka que había sido rescatada y estaba en adopción. En el post habían dos fotos de Tinka: La primera que fue tomada en el momento de su rescate, donde aparecía muy sucia y asustada junto a dos cachorritos, sus hijos, que apenas tenían fuerza para aferrarse a ella. La segunda, tomada un mes después de su recuperación donde lucía sana, luminosa y juguetona. Lista para ser recibida en un nuevo hogar.

La verdad es que tenía varias semanas contemplando la idea de buscarle una perrita a mi hija Luana, pero no había encontrado el momento de dedicarme a concretar la idea, hasta que las fotos de Tinka, que me conmovieron hasta las lágrimas, me dieron el impulso que necesitaba para llamar al teléfono que aparecía en la página Poder Peludo, y averiguar cómo podíamos hacer para darle a Tinka un hogar: el nuestro.

El sistema me pareció bastante razonable y justo. Cuando hablé con Milena Sanguinetti la directora de la página, me dijo que podía llevarme a la perrita para un periodo de prueba de una semana, así tendríamos la certeza que la perrita podía acoplarse a nosotros y así sería más fácil adoptarla.

Lo siguiente fue hablar con mi hija Luana, de 5 años, a quien llamé al cuarto para que pudiera ver la foto de la perrita. Vimos juntas la primera foto y le dije que esa perrita había sido encontrada en condiciones muy feas y que, al fin, ya estaba recuperada y tranquila. Ahora estaba en busca de un hogar como el nuestro.

La emoción que tenía mi hija en sus ojos no era la de un niño que va a comprar un perro a una tienda, que seguramente también es muy grande. Luana no solo estaba feliz de saber que iba a tener una perrita en casa, también estaba conmovida con su historia y orgullosa de sentir que le cambiaría la vida a un animal necesitado. De camino a buscar a Tinka, Luana no paró de repetirme que estaba dispuesta a comprarle colchitas, a hacerle su comida y a ayudarla a olvidar las cosas feas que pudo haber vivido. Incluso intentó convencerme para adoptar a Tinka junto a sus dos hijitos y así no separarlos, pero juntas llegamos a la conclusión de que nuestra casa no estaba habilitada para tener tanto animal.

Cuando buscamos a Tinka ella se subió muy asustada a la camioneta. Si bien intentábamos calmarla tenía el rabo entre las piernas y escondía su cabeza como lo hace un avestruz debajo de la tierra. Le expliqué a Luana que ella iba a tener un proceso y que debíamos tenerle mucha paciencia, cosa que mi niña entendió con una sensibilidad que me llenaba de alegría el corazón. Al salir al parque, Luana le explicaba a las personas que miraban extrañadas el tímido comportamiento de nuestra perra que ella era rescatada, que había pasado momentos muy difíciles y que estaba en el proceso de acostumbrarse a su nuevo entorno.

Con el pasar de los días cada pequeño paso que daba Tinka era una victoria para mi hija. Y también para mí. En el fondo yo estaba algo nerviosa con la situación, temía que no funcionara. Ambas saltábamos emocionadas y nos abrazábamos como si hubiera campeonado nuestro equipo de fútbol en el mundial cada vez que Tinka hacía en el parque sus necesidades. Curiosamente Tinka, al ser una perra ya adulta, aprendió en 4 días lo que un cachorro normalmente aprende en 6 meses.

Las lecciones que hasta ahora nos deja Tinka las considero muy valiosas para mi familia. Como madre he tenido pocas experiencias que considere más humanas, pedagógicas y sanadoras como la que estoy viviendo ahora: la adopción de un animal. Ahora, dos meses después de adoptarla he visto cómo ha crecido la relación entre ella y mi hija. Siento en cada gesto de Tinka un profundo agradecimiento por nosotras. La verdad es que tenemos menos zapatos que antes en casa, porque a Tinka le gusta comerlos, pero como dice Milena: «Si no quieres más destrozos, mejor compra un peluche». Pero a nosotros nos importa poco sus destrozos, preferimos ver en sus ojos el agradecimiento, y en cada uno de sus gestos la confianza de que nuestra casa ya es su hogar.