La dimensión desconocida

O un internamiento en el mundo paralelo al que vivimos

Jhon Bryan

Conozco perfectamente la sensación y cuándo se inició. La pelota de jebe con la que jugaba paletas se volvió a meter en una granada muy alta en una de las esquinas del parque de mi barrio, pero esta vez desapareció como tragada por la tierra. Al principio la busqué con calma, ya que siempre, tarde o temprano, la terminaba encontrando, pero después empecé a inquietarme. Una hora, luego dos, y la pelota no aparecía. Me ayudaron dos amigos, hasta tres, pero nada. Se hizo de noche y entonces la busqué solo, pero nada. Regresé a casa pensando en ella. Pensaba que mientras dormía, estaría ahí, metida entre las hojas. Soñé con ella. Al día siguiente fui y la busqué pero nada. A pesar de que a veces creía verla resultaba siempre otra cosa –una hoja de diferente color, un envase de algo–, cualquier cosa menos mi pelota. Y así fue. Nadie la vio nunca.

Volví a experimentar la misma sensación hace pocos días, una noche de domingo luego de ir al cine solo a ver DOCE AÑOS DE ESCLAVITUD. Fue tal la conmoción del final de la cinta, que abandoné la sala sin notar al lado mi bolso con el libro de poemas de un amigo. Fue recién en algún momento de regreso a casa, mientras pensaba una y otra vez en la vida de Solomon Northup, que me di cuenta del olvido y regresé corriendo a la sala de cine. Era casi medianoche, así que lo hice con furia, y ya cuando estaba cerca sentí que algo se caía del bolsillo, y al mirar al suelo no encontré nada. Palpé mi pantalón y descubrí que no tenía billetera. Decidí seguir rumbo al cine y allí encontré a una persona de seguridad que tenía mi bolso colgado en su hombro que esperaba por mí.

Hice el camino de regreso a casa buscando mi billetera con ayuda de la linterna de mi celular, pero de pronto la memoria me fallaba. No recordaba exactamente por cuáles calles había corrido o por cuáles cuadras había ido, de manera que caminé como un orate buscando en el piso la aparición celestial de mi billetera mientras me maldecía por la distracción. Aparecieron los serenos y me preguntaron qué buscaba, algunos vigilantes de los hoteles me miraron con pena y suspicacia. Estaba agotado y con el pelo sudoroso en plena madrugada, pero me negaba a lo evidente. Entonces volví a tener la misma sensación del niño de seis años que se queda pegado a una granada buscando una pelota que no volverá a ver. Solo que esta vez no lloraba.

En una columna muy sugerente, Renato Cisneros habla de aquellos objetos que se pierden por distracción de sus propietarios, y también de esos propietarios que los pierden porque tienen la cabeza en las nubes. Todos, los objetos y sus dueños, se encuentran en la Oficina de Objetos Perdidos, que es como la patria que los une. Bueno, yo le tengo pánico a ese espacio: reviso todos los carros antes de salir de ellos, las mesas de los restaurantes para no dejar nada, me toco todo el tiempo los bolsillos para reconocer lo que llevo y sin embargo hay veces en que parece que los objetos desean desaparecer contra nuestra voluntad o entrar en una especie de dimensión paralela o triángulo de las Bermudas desde la cual nos ven desesperados tratando de encontrarlos. En cierto momento me dije que eso acababa de ocurrir con mi billetera y que solo aliviaría mi pena escribiendo esta columna. Hay cosas que se pierden para nunca ser encontradas.

Llegué a mi casa pensando en ese cuento fantástico de Julio Ramón Ribeyro llamado Ridder y el pisapapeles, un relato con el que estoy seguro el flaco trató de mitigar la misma sensación de la que vengo hablando. Se trata de un pisapapeles al que también se lo traga la tierra pero que aparece en otro lado del mundo para sorpresa y locura de su propietario. Yo también esperaba un milagro así mientras subía las escaleras de mi edificio y me imaginaba la aparición mágica de mi billetera.

A veces, es cierto, nos aferramos a una esperanza infantil pese a todas las evidencias en contra. Sin embargo, y esto es lo alucinante, sobre la mesa de mi sala, reluciente, vi mi billetera con todas sus tarjetas y papeles dentro. Pestañeé varias veces pero ahí seguía, me acerqué lentamente a ella y la cogí. La olí y la abrí, y vi todo lo que tenía en su interior. Después de eso me senté en la terraza que daba a la madrugada y sentí un escalofrío. ¿Era posible que hubiera olvidado completamente que subí a casa, que abrí la puerta, que puse en la mesa la billetera y que solo después de eso me di cuenta de que había olvidado mi bolso en el cine y salí corriendo? Me dije que quizás sí, y entonces todo tenía sentido. Pero luego, para sentirme mejor aún, me dije que acaso alguien en el otro lado –un duende benévolo, por ejemplo– se compadeció de lo que vivía y en un gesto de gracia buscó mi billetera entre mi pelota de jebe y otros objetos que desaparecieron para siempre de mi vida –un anillo de plástico que botaba agua, una cometa verde de flecos amarillos– y decidió resarcirme devolviéndome un objeto que se había perdido en alguna calle de Miraflores. Como en Ridder. Tal cual. Y de ese modo ese niño que aún lloraba la pérdida de todas sus cosas se calmó dentro de mí.