La cura de silencio

Cosas que escuchas y sientes cuando mantienes la boca cerrada

Salí deprimida del consultorio del doctor de profesionales de la voz. Aunque me había dicho que todo iba a estar bien, sabía que la cura sería dura. No solo para cumplir de manera milimétrica con el exceso de medicamentos que me recetaron, o por la dieta estricta e insulsa que me mandaron obedecer, sino porque estar diez días en cura de silencio era algo que consideraba un imposible para mí y para todo mi entorno.

Solo la idea ocasionaba, entre otras cosas, carcajadas y un sinfín de chistes. Llegué a mi casa sabiendo que esa tarde era la última que podría usar para hablar a mis anchas, así que hablé sin parar, llamé a todos mis amigos por teléfono, por Nextel, por Skype; me faltó hablar sola, cosa que pensándolo bien, también hice, porque al no poder cantar en la ducha, solté versos al aire con lo poquito que me quedaba de voz. Me dormí con dificultad porque asumí que los días que venían serían una larga pesadilla.

Desperté a la mañana siguiente sin saber por dónde comenzar a existir. Mis días, que siempre comienzan llenos de energía, de pronto se convirtieron en una isla. No pude decirle a mi familia buenos días ni pude conversar con mi pareja ni con mi hija sobre los planes del nuevo día. Saludé con la mano y preparé el desayuno en silencio sepulcral. Me sentía algo así como un iceberg hundido en lo profundo del mar. Estar sin voz era tener menos presencia que un fantasma. Me sentía sepultada a pesar de estar caminando y respirando.

Todos salieron de casa a cumplir con sus tareas diarias y yo seguí sin saber qué hacer. Intenté leer un libro pero no me pude conectar. Luego quise escuchar discos que tenía pendientes pero, mi cabeza, tan llena de ruido, no hacía más que desconcentrarme y hacerme perder el hilo de lo que intentaba comenzar. Por eso decidí salir a caminar sola por el malecón donde, de manera habitual, cotorreo con algún amigo. Lamenté estar sola y muda sin poder siquiera cantar, pero, mientras avanzaban mis pasos, sentí un rico olor a sal en el aire. Suelo apreciarlo cuando me doy cuenta de que está allí, pero no con frecuencia. Ando tan distraída que casi siempre me pasa desapercibido. También contemplé la tonalidad de la luz que a esa hora de la mañana estaba particularmente hermosa y observé cómo iluminaba unos árboles de flores rosadas que acababan de florecer, al menos para mí que los veía por primera vez, a pesar de estar frente a mi casa. Me di la licencia de tomar una de las flores y, a lo largo de toda la caminata, la olí, dulce y delicada, mientras su olor me advertía de todo lo que siempre esta allí y no me detengo a contemplar.

Se comenzaba a poner interesante la cura de silencio cuando me di cuenta de que al estar en silencio me encontraba particularmente sensible a estímulos externos. Pensé que esos días podían ser interesantes a nivel de sensibilidad y percepción, no solo exterior sino también interior. Recordé a mi mamá, pues cuando le conté que iba a tener que estar diez días sin hablar, me dijo: «Qué habrás dicho hija, que te han mandado callar». Me permití parafrasearlo en mi mente: «¿Qué tendré que escuchar, que me mandaron callar?». «A estar atenta», me dije tranquila.

Durante esos días tuve contacto con buenos amigos y amigas que me daban atinadas ideas de cómo divertirme. Hasta compramos una pizarra para escribir con plumón todo lo que quería comunicar. Incluso me animaron a hacer mi vida con total normalidad y fuimos a reuniones, conciertos, cenas mientras ellos hacían de intérpretes y también de payasos con mi pizarra y su amiga muda. Nos divertimos mucho. Pero yo me divertí más al solo estar parcialmente activa en la conversación. Sin poder hablar, tenía como única alternativa escuchar. Así me detuve a admirar la inteligencia y la información que tiene en la cabeza mi amigo Ulises; gocé de lo ocurrente y espontáneo que es mi amigo Christian; aluciné con lo creativa y divertida que es Inés. Y así, con todas las personas que me crucé. Observé como nunca había observado a mi entorno. Y me sentí muy agradecida de tener los amigos y la familia que tengo.

Hoy, al quinto día de mantener la boca cerrada me siento totalmente adaptada, al punto que he comprendido por qué los seres espirituales guardan tanto silencio: el silencio es un gran aliado de la percepción. Igual deseo que ya se acabe esta historia para poder regresar a hablar y compartir, pero de manera más dosificada. Quiero cuidar mi voz porque hoy la valoro más. He aprendido que es lo que ayuda a percibir el alma en el universo de lo audible, como los ojos en la dimensión de lo visual. ¡Qué valioso este aprendizaje para cuando pueda volver a cantar! No veo las horas de poder hacerlo con esta nueva conciencia.

Y la pizarra me recordó que hay una voz adentro que no timbra, pero que es muy potente. Y hay que regarla, cuantas veces se pueda, con una buena dosis de silencio.