La cuerda de tu vida

¿Puede la risa liberarnos de nuestras ataduras?

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En noviembre del año pasado, mi amiga Wendy Ramos me invitó a ver su unipersonal Cuerda en el teatro Pirandello. Tenía muchas ganas de ir desde que la obra había comenzado, y decidí aprovechar esa noche para escapar un rato de mis funciones maternales. Pero resulta que esa tarde, mi hija Luana de cuatro años decidió estar con mamitis aguda –algo raro para su carácter independiente– y se puso a llorar en el momento en que me vio salir de casa. Verla así me angustió demasiado, así que terminé llevándola conmigo. Quedarme en casa no era una opción, a pesar de que sabía que no habría un solo niño en el teatro y que tal vez mi niña iba a aburrirse.

Una vez sentadas en la sala y en medio de la oscuridad que anunciaba el inicio de la obra, un reflector iluminó a Wendy, quien, de pie sobre el escenario, tenía atada al cuerpo una cuerda muy grande. Ella daba unos pasitos lentos hacia el centro del espacio mientras comenzaba su monólogo hablando, con ironía, de lo bien que se conocía a sí misma. Pronto la cuerda le impidió seguir avanzando, le marcó un límite, la frenó y así, al incomodarse con el límite que le imponía la atadura, comenzó la fascinante interacción entre ella y su cuerda.

Sobra decir que desde que Wendy comenzó a hablar, llevando su nariz roja, todos estábamos doblados de la risa, incluida mi niña, quien parecía entenderlo todo desde su inocente perspectiva. Pero la risa, aunque la disfrutaba con intensidad, no me impidió darme cuenta inmediatamente de que Cuerda es una obra muy profunda.

Siempre hemos oído decir que las bromas nos acercan a la verdad y, en este caso, todos los chistes eran una señal de tránsito para que todos nos cuestionáramos nuestra propia cuerda. No es una novedad. Todos tenemos ataduras, relaciones enfermizas, miedos, nostalgias y traumas que se van entrelazando y tejiendo, que se van uniendo como los eslabones de una gran cadena que nunca nos dejará libres, a no ser que vayamos eslabón por eslabón, hilo por hilo, desmenuzando los componentes que la conforman.

Dentro de Cuerda hay un hermoso testimonio, un mapa emocional, una composición de la psicología de Wendy, quien, con su hilarante honestidad, nos hace entender que la risa es una forma muy eficaz para liberarse. Eso sí: las cuerdas nunca se van. Se configuran y se hacen para quedarse, delinean nuestro camino y nuestro territorio interno. ¿Pero qué pasa si hacemos el ejercicio de desmenuzar la cuerda para conocer nuestro interior?

Hace varios años leí Tokyo blues, del japonés Haruki Murakami. Naoko, uno de los personajes de la novela, escribe una carta desde un sanatorio en la que dice que la búsqueda en el interior de uno no está para liberarnos ni curarnos, sino para entendernos. Y Cuerda materializa, en un objeto tan agresivo con una cuerda que te amarra, el concepto sublime de poder reconocer y mirar las ataduras del alma.

Cuando me di cuenta de que la obra resonaba dentro de mí, cuando noté que los chistes y la risa me llevaban a cuestionar mis propias cuerdas, entonces ya permanecía en un estado emocional muy peculiar. Me reía a carcajadas, pero de mis ojos caían lágrimas. Caí en la cuenta de que la risa no era solo una señal de tránsito para cuestionarme, sino también una oportunidad, un afluente para purgar. Luana me preguntaba: «¿Por qué lloras, mami, si esto es muy gracioso?». Y le dije que me emocionaba ver a mi amiga. Algún día también mi hija sabrá de cuerdas y entenderá mis lágrimas.

Con el transcurrir de la trama, Wendy elevó otro cuestionamiento: si la cuerda está allí, si no se va a ir y si podemos aprender a conocerla al menos para saber de nuestros límites, ¿qué pasa si nos reímos de ella? La risa purifica, la risa calma, la risa en sí misma puede ser una razón de vivir. Los miedos, los defectos, los errores, los fantasmas se ablandan ante la risa. Nada es tan doloroso ni tan importante desde el momento en que aprendes a reírte de ello. Con Cuerda [que se reestrena en abril] Wendy nos arroja de forma juguetona al abismo de reconocer y enfrentar nuestra cuerda. Ella sabe que la risa es un arma para luchar y curar.