La conquista de la felicidad

¿Qué podemos hacer si nuestro trabajo nos hace la vida miserable?

Los resultados del estudio que realizó la Universidad de Chicago acerca de las profesiones consideradas por sus practicantes como las que generan mayor felicidad, y que publicó recientemente la revista Forbes (estudio que complementa uno anterior, abocado a los oficios más infelices), debería llamarnos la atención sobre el mundo en el que vivimos, que entroniza los logros materiales y a la vez nos resulta extrañamente insatisfactorio. Si algo sorprende de la investigación es que son precisamente los oficios más alejados del bienestar económico y de la noción de ‘estatus’ los que reúnen a la gente más satisfecha con la vida que lleva. Los sacerdotes, bomberos y terapistas físicos para personas discapacitadas lideran esa lista de los «felices». Es decir, aquellos trabajos que se centran en el contacto directo con la gente e impactan sobre la vida de otros otorgan una indescriptible sensación de bienestar. No es extraño, bajo esa lógica, que en el top ten de la felicidad figuren maestros, profesores para niños especiales y psicólogos. Lo revelador es que, con la sola excepción de los agentes de servicios financieros, la mayoría de las carreras sean, por lo general, mal remuneradas. Que dos profesiones artísticas claramente ligadas a la precariedad económica –los escritores y los artistas plásticos– aparezcan en la lista, únicamente se entiende por el carácter romántico de dichos oficios, por su profunda relación con lo lúdico y por el gran sentido de la libertad que ofrecen a quienes los practican.

¿Y qué pasa con el resto? ¿Qué con aquellos que no son tan idealistas y que, como casi todo el mundo, van a una oficina, marcan tarjeta y visten con terno o traje sastre? La lista previa, la de los diez trabajos que generan mayor infelicidad, parece copada por posiciones ligadas a las gratificaciones, utilidades, los catorce sueldos y demás beneficios. Nada nos hace suponer por supuesto que no exista gente feliz ejerciendo las carreras que forman parte de esta malhadada lista negra (deben existir satisfechos directores de ventas y marketing, abogados, técnicos electricistas y encargados de páginas web), pero todo indica que en ese tipo de quehaceres es más común hallar lo que el filósofo Todd May, citado por Forbes, ha sindicado en un artículo del New York Times como «la falta de sentido de las vidas en la era económica». Según su razonamiento, una vida ‘con sentido’ debe ser juzgada como valiosa, pero al parecer muchas carreras ligadas al mercado, al intercambio financiero y al juego económico no logran hacer sentir eso a quienes las ejercen. «El compromiso con una vida de juego y competencia –escribe May– no llegará al nivel de vida llena de sentido, no importa cuán atados estemos al juego». ¿Qué hacer entonces?

Hace unos meses creo haber encontrado la respuesta, fue durante una entrevista con el director de Educa Perú, Álvaro Henzler. Su historia profesional se puede leer como un ejemplo de la búsqueda de ese sentido. Henzler egresó con honores de la Universidad del Pacífico y rápidamente ocupó puestos de liderazgo en la banca y en el equipo de negoció del TLC con los Estados Unidos. Había ganado una beca para hacer un posgrado en la Universidad de Harvard cuando decidió, entre Washington y Boston, pasar una breve temporada en Puno con la intención de ver de cerca lo que la economía –su carrera– causaba sobre la gente. En un colegio estatal le preguntó a un niño qué quería ser de grande y el chico le respondió: «¿Qué? ¿Se puede ser grande?». Al poco tiempo fundaría Enseña Perú, una organización que busca revertir el problema de la educación pública en nuestro país. «La banca me gustaba –me dijo Henzler con una enorme sonrisa–, pero mucho más me gustaba el contacto con personas y el poder desarrollarlas. Esto que hago es realmente lo que estaba buscando».

Muchos profesionales en el Perú, sobre todo en los últimos años, han decidido reorientar su trabajo para sentir el valor de servir a otros y acaso, de paso, alcanzar cierto tipo de felicidad. Henzler me dijo esa tarde que si muchos profesionales en las décadas pasadas se abocaron exclusivamente a salvar la economía y a elevar nuestros índices macroeconómicos y a generarse una situación holgada fue porque andábamos sumidos en una profunda crisis. Pero, de pronto, para las nuevas generaciones, insertas en un país con más oportunidades, ha sido posible adoptar retos distintos, más humanos, sin renunciar a la vocación que eligieron. No se trata de volverse sacerdotes o bomberos (aunque, si es nuestro más secreto deseo, ¿por qué no?), pero sí, quizá, de encontrarle un filo más humano al trabajo que hacemos, dirigirlo hacia la gente y subir siquiera un paso en el supuesto ranking de la felicidad.