La ceremonia del adiós

O de ese momento complicado en que te despides de tus lectores

Jeremías

Escribir esta columna me resultará muy difícil porque es la última –al menos por un tiempo– que escribiré en este tono y con esta extensión. Y también la última que lleva por título «El arte de la fuga». Luego de escribir cerca de más de sesenta entregas similares a esta, de acompañar a esta revista desde aquella carátula en la que Ramiro Llona interpretaba al héroe Andrés Avelino Cáceres por Fiestas Patrias, de dejarme acompañar por las ilustraciones de grandes amigos –Felipe Esparza, primero, y después Mario Segovia–, de permitirme hablar de las cosas más personales y menos asociadas a la coyuntura –la enfermedad de mi padre y la posibilidad de la muerte, la partida de mi abuelo y el sentido de la pérdida, el temor ante el paso del tiempo y las nuevas etapas que nos tocan vivir–, y de esperar con ilusión los fines de mes en el invierno o los de semana en el verano para tener la revista entre mis manos y repasar cómo quedó mi página, de escuchar tantos comentarios tan alentadores de personas que se topaban con mis textos, ya sea en Lima o en la playa, es momento de cerrar una etapa, de despedirse y de agradecer.

Nunca antes había escrito una columna en la que pudiera decir adiós a mis lectores. Las dos primeras que tuve las perdí de forma traumática en el lapso de una semana y me impidieron irme en paz y con la casa cerrada. Una se cayó durante una reestructuración a mitad de una edición mensual (mi editor me llamó para disculparse); en la otra a nadie se le ocurrió siquiera escribirme para comunicarme que mi espacio no iba más. Preparaba una nueva entrega cuando me enteré de una manera bastante extraña que ya no tenía columna. En ambos casos me quedé con una sensación amarga y un doble malestar: el de no poder escribir una columna como esta, de despedida, y el de haber escrito mi último texto sin saber que era el último. Ahora que lo hago sabiendo que es así me doy cuenta de que esa salida intempestiva tenía también sus ventajas. Las despedidas siempre han sido incómodas y a veces es mejor ahorrárselas. A pesar de eso estoy aquí, escribiendo que pronto será hora de partir.

Asia Sur me invitó a colaborar con ellos hace cerca de tres años, cuando yo estaba un poco en la calle. Manolo Bonilla, su editor de entonces, había dotado a la revista de una dirección clara, un excelente diseño –obra del estupendo Goster– y de excelentes contenidos. Luego de él, la posta la tomó Joseph Zárate, un periodista meticuloso como pocos que mantuvo el nivel de la revista y en algunos casos lo mejoró y que hace dos números anunció su retiro agradeciendo a sus colaboradores por haberlo «dejado desaparecer» como le corresponde a todo buen editor. Yo debo agradecer a él, y con él a Manolo (y con ellos a la directora Ximena Espinosa) por haberme dejado aparecer –como corresponde a todo columnista– con total libertad. No dudo de que el nuevo editor de AS, Alfredo Pomareda, un excelente reportero de televisión comprometido con la crónica y la literatura, mantendrá la misma calidad. Todos ellos, además, son amigos míos.

¿Por qué irse entonces? Desde hace algún tiempo, les digo a mis alumnos que para dedicarse a lo que realmente quieren siempre es preciso renunciar a algo que les gusta. Yo quiero mucho estas columnas: no solo me han permitido encontrar una ventana de conexión con el mundo y una forma de sustento, sino que además me han ayudado a descubrir una manera de escribir menos exaltada que la de mis primeros libros y que siento ha ingresado en mi escritura personal. Pese a todo ello, a lo largo de este verano asumí la responsabilidad de mantener otra columna –esta vez más relacionada a la actualidad– y de buenas a primeras me encontré convertido en un columnista casi profesional y no en un escritor de lo que me toca escribir.

Hay momentos en que uno debe dejar cosas que ama porque es necesario liberarse de equipaje antes de saltar a una nueva etapa o entrar en otra estación. Cuando este texto se publique probablemente yo ya haya dejado la casa que he habitado los últimos años de mi vida y en la que escribí casi todas mis columnas durante esta década de los treinta que se va cerrando, incluida esta. Viviré en otro sitio y bajo otras circunstancias, las de una década de mi vida que se abre a otro ritmo y bajo otro temperamento. Me parece sintomático que ante esta situación nueva deba dejar al mismo tiempo esta casa física que veo cada vez más vacía y esta página en blanco de casi novecientas palabras que durante mucho tiempo fue mi casa también. Nada más puedo decir. La puerta se cierra. Muchas gracias a todos.