La Casa Vacía

Cuatro reflexiones sobre cómo encarar el sinsentido de las «horas bajas»

UNO. Me sucede siempre en una de mis primeras clases del semestre. Les pregunto a mis alumnos en qué momentos se animan a leer novelas o poesía o a coger un papel y colocar en él lo que sienten o lo que se les pasa por la cabeza, y las respuestas son siempre las mismas: cuando se mudaron, cuando sufrieron su primera ruptura sentimental, cuando sus padres se separaron, cuando se enfrentaron a una decepción, cuando fracasaron. Entonces agarraron un cuaderno y escribieron en él sobre lo desencontrados o tristes o vulnerables que se sentían. O leyeron una historia en la que alguien se sentía igual de desubicado que ellos o buscaba un sentido que también resultaba elusivo o inalcanzable. Cuando de pronto todo se normalizó, y ya no se sintieron solos, decidieron no volver al papel a comprobar lo que habían sido y prefirieron olvidar esos momentos intensos, pero extraños. Si les digo que nombren cómo se sentían me dirán «triste», «vacío», «absurdo». También dirán que experimentaron un modo más profundo de ver las cosas. Yo les digo entonces que la literatura es un poco volver a ese lugar y mirar las cosas profundamente. Solo que a través de los ojos de otro. Y con placer.

DOS. Le tenemos pánico a estar tristes. Como si fuera un mal que debemos evitar a toda costa o un estado que nos hace miserables e ineptos para la vida social. La publicidad, los medios, Facebook; todo nos señala que cuando estamos medio apenados o no le encontramos sentido definido a las cosas nos convertimos en algo así como parias y, por tanto, debemos rápidamente salir de la melancolía. Si un día nos levantamos con la sensación de que las cosas se mueven en cámara lenta o que las personas parecen algo alejadas de nosotros, hacemos lo imposible por evitar ese tipo de percepción: compramos como locos, nos metemos al cine a ver blockbusters, uno tras otro, o comemos helados y tortas de chocolate. Haremos lo que sea para no abandonarnos a ese modo de percibir las cosas hasta que algo cambie, todo cobre sentido y volvamos a sentir que somos lo que nunca debimos dejar de ser. Lo anterior no existió o lo olvidamos. No fuimos nosotros.

TRES. Hace algún tiempo, una publicidad local de café mostraba a diferentes personas atravesando la rutina del día con una pantalla instalada en la cabeza que mostraba algo –una casa, un carro, un viaje– que le daba sentido a los actos de sus vidas. Cuando la pantalla se empezaba a apagar, y todo se volvía impreciso, tomar el café les regeneraba el propósito del día y el sentido de estar vivos. A mí, por supuesto, me pasa lo mismo la mayor parte del tiempo, y me siento realmente bien cuando actúo con objetivos claros y no me pregunto todo el tiempo sobre el sentido último de las cosas. Pero si de pronto –es mi trabajo– leo algo profundo sobre otra experiencia vital o veo algo inquietante a mi alrededor, mi atención se detiene a observar fijamente ese algo, o a ese alguien, hasta que las cosas pierden su sentido y me conducen a una sensación similar a un mareo lentísimo o a no estar en un lugar. Es un fenómeno intenso que puede durar unos segundos, a veces unos minutos, y que se extingue apenas algo interno se re acomoda y la pantalla se enciende de nuevo sobre mi cabeza. Entonces continuo mi vida normal dedicado a las tareas de siempre, al mundo de los objetivos y las metas.

CUATRO. Hace algunos días, sin embargo, después de terminar un trabajo al que dediqué muchísimo tiempo e ilusión, mi vida entera perdió definición y sentido, y me sumergí de golpe en lo que un amigo mío llama «las horas bajas». Entonces la pantalla no se volvió a prender nunca. O, dicho de otra forma, la imagen que se proyectaba en ella había desaparecido para siempre y todo fue como estar suspendido en el aire o parado en medio de una casa vacía. Sí, volví a sentir el miedo de otras veces, pero en esta ocasión, por recomendación de alguien que sabe de estas cosas, no corrí a tratar de ponerme a salvo y a prender la pantalla como sea, sino que me abracé a esas preguntas difíciles que solo desde el bajón nos atrevemos a formular. ¿Vale la pena hacer lo que hacemos? ¿Tenemos que cumplir la rutina que cumplimos? ¿Debo escribir la columna que siempre escribo? En esas ando ahora. Atento a lo que me pasa. Sé que será pasajero y también sé que de esa profundidad del sinsentido extraeré un conocimiento particular que le dará intensidad y contenido a las cosas precisas, certeras, que acometeré cuando la pantalla se vuelva a encender y yo me arroje a vivir a todo tren las «horas altas». Será como volver una vez más a la superficie, pero esta vez sin haberme desconectado con aquel que se sintió «solo» o «vacío». Es decir, estaré completo