La anticolumna de Juliana Oxenford

Por Pablo Panizo / Ilustración: Sissy Junek
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La periodista se ha cansado de que le resalten uno de sus males como una virtud. «¡Ay!, qué quebradita, qué quebradita»… ¿Quebradita? Su figura, por lo menos en lo que atañe a su espalda, no es el fruto de una genética privilegiada, sino de lo que los médicos han diagnosticado como escoliosis y lordosis, un mal que comenzó hace ya muchos años como un simple dolor de espalda –agravado por un gentil zapatazo del cuerpo de seguridad de Nancy Obregón–, y que hoy la tiene haciendo mil y un movimientos mientras las cámaras de RPP ponchan a sus invitados. Juliana no aguanta más de media hora sentada y solo encuentra comodidad acostada boca abajo. Entre los correteos con su hija María, de apenas año y medio, y sus obligaciones con el noticiero y su programa de entrevistas, vive días de intenso dolor.

Tiene pinta de cacofonía, pero en su caso es literal: su columna le ha impedido escribir su columna. No soporta estar sentada las tres horas que normalmente le dedica, así que ha tenido que hacer una pausa, y nosotros hemos decidido aprovechar para hablar con ella de sus primeros meses como columnista de Asia sur. «Es alucinante porque cuando me llamaron para ser portada de la revista, lo dudé. Nunca voy a Asia; no tiene nada que ver con mi concepto de vida, pero la revista me resulta muy cómoda. Me parecen mostras sus notas, y cuando me ofrecieron salir en portada, respetaron mucho lo que pedí, así que consideré que era una buena vitrina para escribir temas que me interesan».

Fuera de la televisión, a Juliana no le interesa escribir sobre el último papelón del ministro Daniel Urresti o los reclamos de libertad para su líder de los fujimoristas, sino sobre sus ideas acerca del matrimonio, sus descubrimientos como mamá primeriza y las lecciones que aprende de los recuerdos de la infancia. «Me parece estúpido este argumento de la gente medianamente conocida que dice: “yo no expongo mi vida privada”. La mejor forma de ser honesta con las personas que te ven en la tele y te siguen en el Twitter es mostrarte como ser humano, porque la Juliana periodista y la Juliana persona no son dos seres independientes».

La temática puede cambiar, pero el estilo Juliana se mantiene: las verdades se dicen de frente; si gustan, bien, y si no, también. De hecho en su próxima columna planea escribir sobre la doble moral, un mal de nuestra sociedad que detesta. «Yo no soy diplomática. No puedes quejarte de que tu jefe te maltrata y, por otro lado, decirle: “me encanta lo que está haciendo, gran idea”… ¡No jodas!, prefiero quedarme sin trabajo e irme dignamente antes de ser maltratada».

Juliana creció en un hogar ajeno a los tabús, donde la libertad para hablar siempre se ejerció sin restricciones, y es más que probable que en ese ambiente se haya forjado su desprecio por lo que llama ‘las formas correctasʼ. «¿Lo correcto de acuerdo a quién?… ¿a qué? ¿No es lo correcto ser honesto?». Puede también que su honestidad se haya fortalecido por lo que más la ha golpeado en la vida: las mentiras. La han golpeado al punto de que ha resuelto un pacto consigo misma: prometerse que si hace daño a la gente no será por mentirle, sino por ser sincera. «Me parece mucho más rico, ¿no?».