Jóvenes por siempre

O cómo vivir escapando de la temible adultez

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En la hermosa novela CHESIL BEACH, el escritor inglés Ian McEwan narra la extraviada noche de bodas de dos chicos de veintidós años –Edward y Florence– que en un intento desesperado por dejar de ser chiquillos mediante un matrimonio prematuro deben enfrentar de golpe toda su ignorancia sobre la intimidad conyugal y sobre la vida sentimental adulta. «Era todavía la época en que ser joven era un obstáculo social, un signo de insignificancia, un estado algo vergonzoso cuya curación lo iniciaba el matrimonio», lo justifica el narrador. «Casi desconocidos se hallaban extrañamente juntos en una nueva cumbre de la existencia, jubilosos de que su nueva situación prometiera liberarlos de la juventud interminable: ¡Edward y Florence, libres por fin!». La actitud no era del todo extraña. Era 1961, y la revolución del swinging London, la música de los Beatles y los Stones y todos los eventos culturales que convirtieron a la juventud en un periodo vital deseable no habían ocurrido aún. A este mismo universo pertenece el casamentero prematuro más conocido de la literatura peruana, el de LA TÍA JULIA Y EL ESCRIBIDOR, de Mario Vargas Llosa. Es difícil no leer las acciones apasionadas y cuasi demenciales del pequeño Mario –un menor de edad desesperado por contraer matrimonio– como los pasos desesperados de un adolescente que desea convertirse en adulto con el fin de superar la autoridad paterna.

Nada de eso, por cierto, parece sostenible para nosotros, descendientes de todo lo que trajo la cultura de los tardíos sesenta y que, hija de la vanguardia, entronizó la juventud como el espacio excepcional o de privilegio para el pensamiento y la acción, para instalarse en el arco de la vida e imaginar la condición humana bajo el efecto del vértigo y del espíritu contestatario de la adolescencia. «La juventud es una droga porque hace que todo lo veamos más perfecto o perfectible de lo que es, más misterioso y lleno de oportunidades y recompensas», ha escrito en una columna reciente de El Espectador el ensayista colombiano Carlos Granés. «La desgracia de la adultez está en que ese efecto adrenalínico se desvanece. El mundo pierde brillo. Se descubre que no hay nada nuevo bajo el sol y que todos los ídolos son de barro. Se descubre también que no hay nada humano libre de vicios, y que los altos ideales pueden naufragar en medio de las pequeñeces y miserias». Así, ¿a alguien le provoca de veras ser adulto?

Vivimos alargando la juventud el mayor tiempo posible, y la verdad: parece que lo vamos logrando. Me entero por un reciente informe sobre el incremento del consumo de artículos románticos en el Perú, que desde hace un tiempo la media de edad de los peruanos que se casan es de treinta años y no de veinticinco. Por eso los peruanos consumen más osos de peluche, rosas y tarjetas de amor que antes. Lo compruebo a mi alrededor: mis padres se casaron a los veinticuatro –apenas dos años más que la pareja de la novela de McEwan–, mi hermana mayor a los veintiocho, y mi hermana y yo estamos pasando bien piolas la década de los treinta. Algo similar ocurría a los protagonistas de la obra teatral NO PASA NADA, de Jorge Castro: atravesaban la barrera de los treinta solteros y no tenían la menor gana de entrar en el planeta de los adultos; más bien se planteaban la fantasía de anexar a la década de los treinta otra década más en la que pudieran conservar las ventajas de la despreocupada y soltera juventud. La llamaban la edad ‘Sono’ y soñaban con ella.

Pues bien, la década ‘Sono’ parece haber llegado, y ahora resulta que la abanderan un grupo cada vez más grande de hombres y mujeres que han llegado a los cuarenta con el firme propósito de no convertirse en padres, de no cargar sobre los hombros con el peso de fundar una familia y más bien de vivir como si fueran recién egresados de las universidades; solo que con sueldos estupendos y un patrimonio adquirido que les permiten viajar, disfrutar del libre romance y del cuidado máximo de su físico y de su salud como si se tratara de la más sofisticada adolescencia. Los sociólogos ya los etiquetaron –los llaman los neosolteros–, y ven, en su manera de vivir, una tendencia que irá ganando adeptos y se irá volviendo estándar con el tiempo: al menos ya es tendencia fuerte en los países de Europa y del primer mundo.

Tal parece que, al menos en tiempos actuales, si no podemos ser jóvenes por siempre, podemos alargar la juventud y eludir la adultez hasta que, como en una novela de García Márquez [EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA], nos volvamos viejos de súbito, de un segundo a otro.