Sirenas e invasores

O maneras de mirar al Otro desde una playa selecta de Lima.

En La temporada del invasor, cuento de Luis Hernán Castañeda, aparecido en el año 2007 dentro del conjunto de relatos Fotografías de sala, ocurre algo que resulta a todas luces extraño y perturbador. Un «ser» de rasgos mestizos se introduce por accidente en la propiedad privada de una familia que vive en una playa cerrada de Lima,muy parecida a Villa. Es descrito como alguien de un metro y veinte centímetros de altura y de casi cuarenta años,que anda desnudo, posee una cabellera inmunda y una uñas larguísimas, y una piel de «color tierra» que parece «una armadura compacta de mugre y pelos apelmazados durante años». Cuando Ángel, un adolescente que vive en Nueva York y ha llegado a esa casa para visitar a sus tíos, pregunta por él, le responden que se trata de un «invasor». Hay muchos como él en los extramuros de la playa. Inmediatamente, la familia trata de definir el futuro de la criatura. Es la presión de Ángel lo que permite que decidan quedarse con el hombrecillo en casa: la decisión dispara una serie de eventos que revelarán su humanidad a pesar de que todos lo tratan como un animal; y, a la vez,la intolerancia de los demás moradores del balneario. El resultado es frío e inquietante, como varias de las mejores cosas que ha escrito Castañeda. En algún momento, observando su estado de orfandad, la señora de la casa dice con pena que aquel ser le hace recordar a «esos cadáveres que a veces son varados por el mar».

Una sirena chola, que habla quechua y se debate entre la vida y la muerte, es lo que precisamente arroja el océano en El lenguaje de las sirenas, la última obra de Mariana de Althaus, que por estos días se presenta en el auditorio del Museo de Arte de Lima.Como en el cuento de Castañeda, una vez más nos encontramos con una familia y una playa exclusiva, aun cuando parece corresponderse más con una del sur de Lima, y nuevamente observamos que mucha de la potencia dramática del texto se sostiene en la conexión o identificación que uno de sus personajes –en este caso la introvertida Camille–establece con el ser sobrenatural que representa todo aquello que parece existir lejos de la playa, en el resto del país. Como esa sirena, Camille también habla el idioma de los «otros», aunque no sabemos cómo lo aprendió, y, como el personaje de Castañeda, luchará con todas sus fuerzas contra el deseo de la mayoría de las personas que supuestamente son iguales a ella. Si Ángel consigue que no expulsen al «invasor», contraviniendo las ideas de sus tíos, Camille intentará devolver la sirena al mar contra la voluntad de su padre, una tarea para la que Elvira, la empleada doméstica de la casa que tiene prohibido entrar al mar, la ayudará, aunque a medias.

Hace unos meses, cuando leí el texto de El lenguaje de las sirenas, antes de su montaje, me llamó mucho la atenciónpunto de vista de lo que no conoce riatura crito Castañeda. el hecho de que esa obra, como la de Castañeda, inscribía al Otro en el espacio familiar, bajo la forma de una criatura no estrictamente humana; sobrenatural en un caso ysubhumana en el otro. El asunto me habría resultado problemático, digamos, diez años atrás,pero ahora me parece particularmente honesto. Un artista no tiene la obligación de representar el punto de vista de aquello que no conoce,pero sí la posibilidad de imaginar desde el terreno del deseo esa porción de la realidad que le ha sido vedada y a la que intenta acercarse porque intuye en ella valor y sentido. Desde la perspectiva del Ángel de Castañeda, y de la Camille de DeAlthaus, los seres que provienen del «otro lado» poseensignificados profundos y definitivos. Y muchas veces contienen el sentido del futuro. «Cuando quede el último hombre en la tierra, después de que ustedes se hayan matado entre sí, ese último hombre será cholo. Y mujer», traduce la empleada Elvira algo que supuestamente le susurra la sirena en un momento clave de la obra de Mariana. A mí me parece un momento clave en la concreción de ese deseo.

En algunas entrevistas, Mariana de Althaus ha confesado que empezó a escribir esta obra hace cinco años, pero que ella fue cambiando conforme cambiaban también las percepciones que tenemos de nosotros mismos en el país. Y es verdad. Si en el universo ficcional de Castañeda los conflictos que se desprenden de la llegada del Otro se desarrollan bajo una quietud y condescendencia inquietantes, en el de la dramaturga se exacerban y resuelven de una manera explícita –muchas veces con violencia–, pero también irreversible.Cuando al final de El lenguaje de las sirenas la voz en off de uno de los personajes de la playa nos narra el desenlace de la historia,acompañado de un hermoso huayno de sentidos aires ayacuchanos, algo subterráneo y definitivo se termina de resolver, al menos estética y emocionalmente (que es la labor del arte). Tengo la impresión de que esa unión de elementos revela que, de una forma u otra, desde ambos lados de la playa empezamos a mirarnos y reconocernos.