Postales de La Honda

O cómo ser feliz en una playa sin olas y llena de fantasmas

Llego al verano, o a la sensación del verano, cuando toca su fin. Y en mi encuentro retrasado con el mar, las rocas, las algas y la arena, veo que soy alguien distinto del que dejó la playa el verano anterior, en abril de 2011. He venido a La Honda a mitad de marzo para descansar un poco, después de los días agitados alrededor de la operación y recuperación de mi papá, y por primera vez me siento lejos de todo.«Te lo mereces», me dijo él cuando le conté que me iba al sur de Lima a leer a mis anchas y a meterme al mar. Vine para estar, por única vez, lejos de él y sin embargo, lo he tenido más presente que cuando estoy en Lima. Lo veo nadar o trepar entre las piedras, caminar hacia el agua y llamarme para meterme con él al mar. Siempre con el pelo desordenado por la sal, la ropa de baño de cuadros plomos y azules y blancos que casi ocupaba el tamaño de mi torso cuando era niño, y el mismo ceño penetrante que aún tiene en la mirada y que por esos días se desvanecía cuando se perdía en el océano. Yo todavía lo miro desde la orilla.

Cuando era niño y mis hermanas y yo caminábamos por la Playa Sur de San Bartolo, a veces mi hermana menor y yo le preguntábamos a papá si algún día podríamos tener una piscina en la azotea de la casa como aquellas que veíamos desde el malecón. Papá y mamá consideraban en voz alta la propuesta y evaluaban las posibilidades de hacerlo sabiendo perfectamente que eso jamás ocurriría, pero sin ánimos de cortarle la ilusión a sus hijos. Esas tardes, imaginando el siguiente verano, Rocío y yo éramos felices. Estos días en la Honda repaso ese tipo de recuerdos bajo un sol africano y frente a unas aguas que se muestran más transparentes que de costumbre. A mi lado, la piscina de La Honda parece redundante: el mar ya lo es. Saliendo de Lima, Jimena me ha contado la historia de su familia y del descubrimiento de la playa, y yo he recibido feliz su compañía y la de mi amigo José Carlos, que junto a otras personas cercanas donó sangre para la operación de mi padre. Me encanta el orden de los yates en el mar, los edificios blancos pegados uno al lado de otro, el arrojo que tienen las gaviotas para apoderarse de la playa cuando cae el sol y pensamos irnos a la casa por un café. Me paso minutos viendo a los niños entrar al mar. Jime se da cuenta y me dice que la playa es perfecta para ellos, y yo le doy la razón que nos miramos entre todos y reprimimos las ganas de llorar.. s, de proiblemas yo. s. y le digo que también para los y le digo que también para los ancianos. Mientras la escucho contarme de su infancia en este sitio me parece ver la imagen de mi mamá ahora, con 61 años, entrando al agua sin temor, recibiendo también lo que le corresponde por todo el sacrificio de este verano.

El último domingo antes de venir a la playa, mi padre probó queso manchego y una copa de buen vino español que le ofreció mi hermana, y en sus ojos había un fulgor que no le veíamos hacía meses y que nos hizo reír a todos casi a carcajadas. Ni en nuestros mejores sueños hubiéramos imaginado que algo así fuera posible después del tipo de operación que le practicaron para extraerle el cáncer que se había aferrado a su estómago. Caminando por las prolongaciones de la playa, por su boquerón y sus salientes de rocas que desafían al mar, mirando a los felices deportistas de sky acuático recortados contra el sol de la tarde, siento una secreta satisfacción de que ahora empiece a estar bien. Pero a la vez se me impone la imagen de que en algún momento nadará tan lejos que lo perderé de vista como ocurría cuando era niño y él desaparecía mar adentro. En momentos así, me encantaría que estuviera aquí a mi lado, que viera lo que yo veo, tuviera la edad que tengo y se sentara a conversar conmigo de mi edad, y entonces pudiéramos ser amigos durante más tiempo. Pero sé que eso es imposible, y algo me subleva. Entonces me dan ganas de entrar al mar a mí también.

Hace un tiempo, un amigo me dijo que si los ríos siempre habían representado la fugacidad de la vida, el mar convocaba lo que se mantenía, lo que no moría, lo que era inmutable. Con estos días de silencio y paz en La Honda, me ha parecido encontrar algo que podría resistir el paso del tiempo y que me pertenece. Estoy seguro de que ese descubrimiento va de la mano con la sensación que he experimentado durante estos días, una de jamás haber estado completamente solo.