No necesitamos banderas

O en qué pensar mientras la Corte de La Haya hace su trabajo

Escribe: Jeremías Gamboa

1. «Ahora no sé cómo voy a partir esta torta frente a tantos peruanos», dice Rodrigo, sin reprimir su acento chileno, delante de un grupo de quince peruanos en medio de una reunión que celebra el cierre de una exitosa temporada de teatro. Su novia, que es peruana, preparó la sorpresa para él. La torta apareció de súbito, y entonces todos cantamos Happy Birthday y lo saludamos. Cuando las luces se encendieron, alguien –en clara alusión al litigio limítrofe que afrontan Perú y Chile, que se resolverá en los próximos meses– le propuso cortar las porciones de torta con «precisión». La tensión ni siquiera se instaló. Rodrigo dijo pícaramente lo que dijo y todos en la sala nos reímos.

2. «Mi fantasía siempre ha sido que Perú gane la guerra y llegue a Santiago y tome la ciudad», dice el dramaturgo y director de teatro chileno Guillermo Calderón, en un conversatorio realizado en una sala del Teatro Municipal durante el Festival de Artes Escénicas de Lima en 2012. Alguien le ha preguntado por su obra Diciembre, un montaje que muestra a dos mujeres tratando de convencer o disuadir a su único hermano de unirse o no a la resistencia chilena ante la toma peruana de su capital. «Es mi fantasía porque así tendríamos un ejército perdedor en mi país, y entonces no se habrían cometido en Chile tantas atrocidades como se cometieron». Calderón dice eso –o algo muy similar–, y la risa incipiente del público se torna seria: cuando pasemos a ver Villa + Discurso, un ensamblaje de obras que abordan el tema de la memoria ante la violación de los derechos humanos, todos nos daremos cuenta de que lo que decía tenía todo el sentido. Y que también nos vincula.

3. Hace un par de años, cuando se desarrollaba en el Perú la apocalíptica segunda vuelta electoral que dividió al país y minó parejas y hogares durante un lapso de tiempo, les mandé a leer a mis alumnos de la universidad la novela Mala onda, del chileno Alberto Fuguet, y el resultado fue espléndido. La historia de ese adolescente llamado Matías Vicuña, que enfrenta su identidad y su incertidumbre rodeado del clima polarizado a favor o en contra del dictador Augusto Pinochet en un Chile de pánico, se ajustaba perfectamente a la temible zozobra de esos adolescentes limeños que encaraban sus propias dudas ante un entorno en el que todo el mundo parecía completamente convencido de tener la razón y descalificaba sin problemas al «otro» bajo los peores términos. Nadie había expresado mejor ese estado tan específico para nosotros como Fuguet. Para mí, aquella experiencia de lectura colectiva era la confirmación de alguien a quien siempre sentí muy cercano. Tinta roja, su novela homenaje a Conversación en la Catedral, me pareció más vargasllosiana que nunca en la adaptación que hizo de ella Francisco Lombardi. Cuando le concedieron el Nobel al escritor peruano, fue Fuguet quien declaró espléndidamente para la cadena CNN. «No ha ganado Vargas Llosa», dijo el chileno. «Ha ganado la Academia por haber premiado a Vargas Llosa».

4. Cuando era adolescente y estaba ganado por el sobresalto y la ansiedad ante lo que me tocaría vivir una vez que dejara el colegio estatal donde estudiaba, me hice parte de la secta seguidora del grupo de rock Los prisioneros. No era un fan. No se trataba solo de la música. Ellos eran un puñado de chicos del liceo público de un barrio obrero en Santiago de Chile que se llamaba San Miguel (el nuestro se llamaba San Luis) y que tenían la rabia suficiente y los cojones para decir las cosas sin medias tintas para darle un sentido a sus vidas, y también a nuestras tardes grises de frío limeño en aulas de ventanas rotas y baños siempre estropeados. Nosotros éramos como ellos. Nos encantaba un tema irreverente y divertido que se llamaba Jugar a la guerra –con el que ellos se burlaban de las fuerzas armadas de su país y del nuestro–, y adorábamos por sobre todas las cosas No necesitamos banderas, una canción que habíamos ascendido a la categoría de himno y que llamaba a la abolición de cualquier forma de poder, sea este religioso, político o cultural. Sí, era así como pensábamos.

5. Alguien acaba de compartir un documental sobre el escritor chileno Roberto Bolaño y al verlo recuerdo el video que circuló en las redes tras la muerte de Antonio Cisneros, el que mostraba al vate peruano leyendo poemas desde una ventana muy alta ante una multitud de gente que lo miraba desde abajo, completamente arrobada. Aquello había ocurrido en Santiago. En el muro de mi Facebook veo que a alguien le gusta un comentario bastante grueso, y lleno de supuesta verdad, acerca del litigio de La Haya. Al abrirlo veo debajo una lista de encendidos comentarios listos para ser leídos. Decido apagar mi máquina. Allá ellos.