Los abuelos de la nada

O cinco apuntes sobre el tipo de vínculos familiares que serán cosa del pasado

UNO. En un pasaje perturbador de Libertad, la novela de Jonathan Franzen, dos activistas intentan persuadir a un músico de culto sobre la necesidad de un movimiento universal contra la superpoblación del planeta que anime a la gente a abandonar la idea de tener hijos. Escuchando las cifras que Walter Berglund y Lalitha proyectan sobre el futuro del mundo, de mantenerse el actual ritmo de crecimiento demográfico, tanto el roquero Richard Katz como nosotros sentimos que no es del todo descabellado librar al planeta de nuevos seres humanos, como un acto de desprendimiento a los que viven ya aquí y a aquellos que están por nacer y parecen condenados a pelear agresivamente por los pocos recursos que quedarán sobre la faz de la tierra. Todo tiene enorme sentido y resulta más que razonable, pero, páginas más adelante, esas mismas razones colisionarán con los deseos completamente legítimos de ambos personajes de amarse, ser padres, vivir un vínculo nuevo con sus posibles hijos y completarse como seres humanos allí donde se apaga el destino del mundo. Si hay paradojas que señalan la novela y a nuestro mundo, esta es una de ellas.

DOS. Mi abuelo materno acaba de cumplir 104 años (nació en 1908) y durante toda su vida jamás sintió una sola de las angustias de los personajes de Franzen: su récord reproductivo lo acerca a la liga de los más prolíficos galanes del Antiguo Testamento. Tuvo doce hijas y un varón en dos compromisos y ha sido abuelo de más de treinta alrededor de medio siglo. El mayor de sus nietos, mi primo Alfredo, que frisa los cincuenta, va a ser abuelo por segunda vez dentro de muy poco, con lo que mi abuelo ha sido también bisabuelo y tatarabuelo. Nadie, por cierto, dentro de nuestra familia ha contribuido en una medida similar a la superpoblación planetaria. Mi madre, su tercera hija, alumbró solo a 3 críos entre los 25 y 32 años, y apenas llegó a ser abuela cuando mi hermana mayor tuvo a su hijo único a la edad de 35 años. Mi segunda hermana y yo no le hemos dado nietos, aún. A veces, mi único sobrino pide primos; hace rato se cansó de exigir hermanitos.

TRES. Cada vez somos más en la tierra, pero nuestras familias se van haciendo más pequeñas. La generación de la que formo parte aún tiene hermanos, pero está produciendo una cantidad increíble de niños sin ellos. Muchos factores nos han detenido en nuestra labor parental. Si para mi abuelo criar a sus hijas era simplemente mandarlas a cuidar el ganado en el campo y para mis padres implicaba muchas cosas más, para nosotros la lista de asuntos que atañe la paternidad es interminable. Somos una generación hiperconsciente de las consecuencias que todo aquello que nos constituye –grietas psíquicas, sueños frustrados, deudas emocionales– podrá generar en nuestros hijos, y también del mundo cada vez más competitivo y a la vez devastado que los recibirá en el futuro. Hemos invertido demasiado tiempo constituyéndonos como profesionales con posgrados y maestrías para defendernos en él, por un lado, y por otro hemos analizado tanto nuestra relación con nuestros padres que ahora nos cuesta colocarnos en la posición vulnerable de quienes serán juzgados.

CUATRO. Hace un par de días, mientras veía en el cine El árbol de la vida, de Terence Malick, reparé en la experiencia del protagonista de haber tenido hermanos varones y de pelear con ellos física y mentalmente por la aprobación del padre. Yo no la tuve, y eso me apenó, pero luego me di cuenta de que poseía otras que poca gente de la generación que nos sucede tendrá. Por ejemplo, conocer la fraternidad como algo que se desprende de una persona concreta, engendrada por tu madre y tu padre. Después lo pensé un poquito más y me di cuenta de que si nuestros hijos repiten nuestros patrones reproductivos, o los acentúan, experiencias como la condición de ser abuelos, que nuestros padres han llegado a vivir, nos serán difíciles de conseguir a nosotros y acaso estarán vedadas del todo para ellos. Empezaremos a ser, como aquella banda argentina de los años ochenta, Los Abuelos de la Nada, y en ese rótulo no habrá nada del sentido poético o surreal que seguro Miguel Abuelo o Andrés Calamaro avizoraron. Solo un crudo dato real.

CINCO. Vuelvo a pensar en mi abuelo y sé perfectamente que con su partida se irá un tipo de persona que casi no existe en esta parte del mundo. El patriarca. Ciertos tipos de personajes familiares y ciertos lazos se extinguen. Es así. Casi como aquellos dinosaurios tan naturales y cercanos que aparecen en un pasaje inquietante del estupendo filme de Malick y que no están más.