Las nuevas mujeres somos nosotros

O cómo vivir en un mundo con géneros cada vez más parecidos

«Los hombres son las mujeres del siglo XXI». La expresión se la escuché a un personaje de la serie In treatment hace un par de años y desde entonces ha sido mi frase favorita para referir una serie de hechos aparentemente aislados sobre los que va esta columna. La última vez que la usé–y fue un éxito–ocurrió durante un almuerzo con tres amigos instalados como yo en la treintena y también profesores de la Universidad de Ciencias Aplicadas: Dante, Marianela y Javiera. Menciono primero a Dante para tratar de ser preciso, ya que en la dinámica de nuestros encuentros, esas dos horas entre las clases de las mañanas y de las tardes que nos permitimos todos los jueves, los cuatro hemos descubierto con bastante humor que él y yo parecemos a ratos las chicas de las salidas y ellas se portan como los machos dominantes. Ellas conducen los carros hasta el restaurante–a veces Javiera, a veces Marianela–, ellas piden la carta, deciden rápidamente lo que quieren y hablan de sus proyectos profesionales. Dante y yo nos sentamos tranquilamente en el asiento de atrás, dudamos qué ordenar, hablamos de lo extraños que nos sentimos «interiormente». Sabemos, claro, que se trata solo de detalles para reírse, pero a raíz de ellos nos hemos dado cuenta de que vivimos en un mundo en el que las posiciones femenina y masculina se han relativizado, o vuelto más flexibles: Una enorme cantidad de chicas se impone en los ámbitos de la alta competencia antes exclusiva de los machos, y cada vez a más hombres se nos permite conectarnos con nuestro interior, ser sensibles y hablar de nuestras «cosas».

No tengo dudas de que el cambio en muchos de nosotros proviene de la crianza que hemos recibido. En una columna reciente acerca del problema del feminicidio, la periodista Patricia del Río ha revelado algunas sorpresas que le ha deparado el desarrollo de su pequeño hijo. No solo comprobó que «como todo ser humano, se asusta con la oscuridad, llora si se golpea, y se avergüenza cuando algo le sale mal», sino que su futura conversión en un hombre fuerte y sin fisuras implicará una serie de presiones y cercenamientos, de «parámetros rígidos», que lo alejarán de la libertad. «Así–escribe ella, recogiendo las ideas del activista Tony Porter–mientras las niñas crecen con más libertad, a ellos no les permiten llorar, ni mostrar sus emociones, ni dar signos de debilidad ni miedo».Yo agregaría algo que leí hace un tiempo en un ensayo espléndido del libro Asuntos personales, de Jorge Bruce. Que todo ese aprendizaje de la «masculinidad», además, va en contra de aquello que formó al niño en sus primeros años de vida y que lo constituye. De pronto, tras el destete, la blandura y la ternura de la madre y la comunión delicada con su cuerpo le es vedado y estigmatizado como lo que debe necesariamente repeler para convertirse en un varón. Ya ven. Detrás de todo «macho que se respeta» hay casi siempre una tragedia o un trauma.

Felizmente,con varios de nosotros ciertas mujeres rompieron la cadena. Sin tener ni la más remota idea de lo que era el feminismo, por ejemplo, mi madre me crió casi en contra de la imagen amenazante y autoritaria de mi abuelo, un hombre andino moldeado por la rudeza del campo y el desprecio a la mujer. Mi papá aportó lo suyo, también. No recuerdo que nadie me haya dicho jamásque «los hombres no lloran» o que parecía una «mujercita» por mostrar mis emociones o por pasar horas de horasviendo telenovelas al lado de mi mamá y mis dos hermanas. A estas alturas me parece un verdadero privilegio haber pasado mi niñez entre mujeres, y siento que de esa experiencia he extraído una manera bastante particular de relacionarme con ellas, de conocerlas y de constituirme en el tipo de hombre heterosexual que soy, con toda la gama de gradaciones y contrariedades y dramas que eso implica: una mujer del siglo XXI.

No soy el único, por cierto. Cada vez son más las mujeres que marchan hacia la masculinización, aunque ese sea ya otro tema. Al menos en esta mesa hemos asumido que no hay asuntos de chicos o de chicas y que nuestro programa de tertulias –al que le llamamos 4H, no pregunten por qué–no hace distingo de géneros ni cotos cerrados. Quizá por eso la pasamos tan bien y el tiempo vuela. Y a veces hasta nos portamos nosotros como machos y ellas como ladies. Al menos hasta que es hora de marcar la entrada a clases y a Javiera le toque pedir al señor del valet parking que le traigan su carro mientras yo me lamento de no tener tiempo para comer los panqueques que se me acababan de antojar. Sí pues, los tiempos cambian.