La soledad del corredor de fondo

¿De qué hablo cuando hablo de correr?

He vuelto a correr. Después de un par de meses instalado en un verano impreciso, de un bajón activado en parte por el cansancio y otro tanto por la enfermedad de mi papá, de subir cerca de dos kilos de peso y pasarme algunas tardes absurdas como una ameba bajo el calor del verano que metralla el techo de mi cuarto, he vuelto a ponerme las zapatillas, el short y la camiseta, y salgo a correr nuevamente. Parece mentira, pero no se trata de cualquier noticia. Quienes me conocen bien me suelen preguntar si he vuelto a correr. Cuando les digo que sí, sonríen prefigurando que todo irá bien. Ahí voy, con los músculos que no responden igual que hace unos meses, el corazón menos firme ante la exigencia, las articulaciones un poco más renuentes, pero corriendo. Con la voluntad suficiente como para salir y hacerlo.

Si corro como en estos días, significa que algo dentro de mí se ha modificado, que un lado de mí se ha terminado de revelar a la inacción que suelo atravesar antes de ponerme a trabajar o hacer lo que me toca. Que he dejado la tristeza atrás. Que estoy venciéndome. Que finalmente, como muchas otras veces, el marasmo en el que me había encharcado después de la pena y la sensación de pérdida se ha transformado en rabia y que esa rabia se ha canalizado en una acción. De pronto, en un momento cualquiera, tras días de extravío, alguna vez de noche o cuando menos lo espero, siento el impulso de saltar o de arrojarme hacia algún lugar y desplazarme, y entonces me pongo las zapatillas y salgo a correr. Sé que a partir de ahí solo me tocan días de dormir bien, de alimentarme de una manera más balanceada y de obtener una fortaleza que me ayudará a trabajar y a concentrarme mejor en lo que me encanta hacer y me justifica. Cuando ya estoy desplazándome a través de la calle y el aire y la sal del mar de Lima golpean mis pulmones, sé que no hay vuelta atrás. A veces, en medio del esfuerzo, sonrío.

He corrido de modo intermitente desde que tengo veintiséis años, pero solo hace dos, cuando hacerlo corría paralelo a mi trabajo creativo, empecé a relacionar ambas actividades. Leer el libro De qué hablo cuando hablo de correr, del novelista japonés Haruki Murakami, fue como encontrar objetivadas en blanco y negro muchas de las intuiciones que había tenido mientras corría antes de ponerme a escribir. Ambas actividades son un asunto de respiración, de soledad, de resistencia y de enfoque. Más allá de lo que el ensayo nos dice a quienes escribimos –y sobre todo a quienes deseamos meternos en proyectos de largo aliento–, es reveladora la manera en que entiende el acto de correr como una gnosis, una búsqueda de conocimiento introspectivo que aleja a esta práctica de otros deportes más bien gregarios y, me atrevería a decir, menos aburridos. En la experiencia de correr solos contra nuestros límites, normalmente ingresamos a un punto de resolución problemática entre el agotamiento físico real y la prolongación mental de nuestra voluntad, o entre nuestros deseos y capacidades, lo que arroja cada día un conocimiento nuevo de nosotros mismos. Muchas veces llegamos al agotamiento y casi maquinalmente seguimos adelante. Y entonces alcanzamos un extraño equilibrio. Y no pensamos en nada. «Corro para lograr el vacío», escribe Murakami.

Siempre me ha encantado el pasaje de El cielo protector, de Paul Bowles, en el cual los protagonistas, Kit y Port, perdidos en el desierto, tienen el extraño e inhumano privilegio de escucharse físicamente a sí mismos: sus pulsaciones, el ritmo de sus órganos, su sangre corriendo. Nunca me ha sucedido algo así, pero estoy seguro de que corriendo logro elevar el volumen de mi cuerpo por sobre todos los estímulos de la ciudad y escuchar, a veces anonadado, su agitación y trabajo. Es un momento en que te encuentras a solas contigo, te escuchas resollando con fuerza y a veces impotencia, y en el que sientes el corazón golpeando como una pelota contra tus costillas y eres consciente, como nunca, de ser una caja material que tarde o temprano se va a desbaratar y apagarse. Pero que ahora está más prendida y alerta que nunca. «El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional», pensaba desde el principio hasta el final de la corrida, como un mantra, un maratonista que Murakami reseña al inicio de su libro, como si fuera un epígrafe. Cuando corro siento que he optado por la mejor opción. Y me felicito porque, aunque haya motivos para quedarse en casa, ahuesado, yo me encuentre aquí, desplazándome tenazmente por la ciudad.