Hombres que miran las estrellas

///Homenaje al último rebelde de las calles de Lima

Escribe: Jeremías Gamboa
GAMBOAAAAAA

La mejor imagen que vi en 2012, la que difícilmente me sacaré de la cabeza en lo que me toca de este nuevo año, me la topé una tarde en plena avenida Larco, días antes de la Navidad. Recuerdo que había sol y aire fresco, y que caminaba algo alterado por las obligaciones del año que cerraba cuando, de pronto, entre la gente que iba y venía atosigada por la locura de las compras navideñas y el acarreo de provisiones y regalos, entre personas que atestaban tiendas y hacían colas al lado de los cajeros automáticos o consultaban con desesperación sus Blackberries o sus iPhones o sus smartphones o lo que tuvieran a la mano para ver la manera de enfrentar el supuesto fin del mundo maya, o entre gente que se desplazaba violentamente con un fin preciso para cumplir con las miles de acciones que estaban obligados a ejecutar ese día, vi aparecer en el otro lado de la pista la impasible figura de un tipo que caminaba, casi a paso de procesión, con la vista enterrada en un libro que llevaba abierto delante de sus ojos. No parecía tener una cita pendiente ni un punto preciso al cual arribar. Podría decirse que ni siquiera sabía en qué arteria de qué ciudad caminaba y cuál era la fecha a la que los demás se ceñían. Iba vestido de una manera imprecisa –un pantalón genérico, una camiseta– y su edad también lo era. Lo nítido en él era la concentración de su ceño y de sus ojos sobre aquello que iba leyendo. Era evidente que lo que sucedía en el libro –si algo sucedía– era mucho más significativo que todo lo que lo rodeaba. Cuando llegó a una esquina se detuvo para esperar que pasaran los autos sin despegar las narices de las páginas. Del otro lado de la acera, yo me detuve junto a él.

Me ha pasado muy poco ver a gente leyendo en cualquier sitio de esta ciudad sin librerías y bibliotecas públicas que es Lima. Hace solo unos meses, en el metro de Madrid recobré la agradable sensación que había experimentado en otras ciudades extranjeras de ver gente leyendo en espacios públicos –en parques, estaciones de bus, cafés– y me entretuve tratando de adivinar los títulos de las carátulas a la vez que establecía correspondencias con sus lectores. En la ciudad de Colorado, donde viví dos años, era común encontrarse a chicas muy guapas leyendo concentradas y después era común quedarse mirándolas como Hemingway miraba a esa francesa en el famoso episodio de París era una fiesta. Si alguna estaba concentrada en la edición de una novela que yo había leído, o en una que deseaba leer, la tarde estaba hecha. Y había una suerte de alegría demorada en esa secreta complicidad. Pese a todo eso, me resultaba completamente fuera de este mundo la imagen totalmente inédita que me ofrecía ese tipo caminando mientras leía indiferente a la agitación de una metrópoli neurótica como Lima, una ciudad en la que nadie parece coger un libro pero en la que el tráfico demora porque los taxistas viven pegados a los resultados de los periódicos deportivos. Tomando en cuenta las fechas, y las circunstancias, lo que hacía era una total extravagancia, una locura, o quizá la más impresionante de las resistencias.

El hombre había cruzado la calle mirando hacia los autos detenidos cuando cambió la luz y siguió leyendo hasta que se detuvo a mitad de la siguiente cuadra. Cerró el libro y se llevó las manos a los ojos, tapándoselos. ¿Estaba llorando? ¿Reía? Al principio creí que tenía entre manos una novela, pero después pensé que podría tratarse de otra cosa. Un testimonio descarnado. Una serie de cartas. El libro de un conocido suyo. Un amigo. Una ex pareja. ¿Sería así? En un momento bajó las manos de sus ojos y se quedó mirando los edificios más altos de la avenida, como tratando de encontrar una respuesta a aquello que acababa de leer. Y después se sonrió.

Hace muchos años, cuando yo era un veinteañero viviendo algunas situaciones difíciles frente a un grupo de personas a las que les costaba aceptar mi presencia por razones que ahora puedo entender mejor, me refugié físicamente en un libro voluminoso que Octavio Paz le dedicó a Sor Juana Inés de la Cruz (Sor Juana Inés o las trampas de la fe). Lo abría de par en par ante mis ojos para protegerme del rechazo, o de la indiferencia, pero entonces sin esperarlo encontré algo que me sobrecogió. Paz decía que los hombres habían empezado a leer mirando las estrellas cuando el mundo era aún reciente, y que los libros físicos que uno lee ahora son como porciones de firmamento de pronto atrapados en un espacio finito al que podemos mirar sin levantar la cabeza para tratar de ver nuestro destino en ellos. Cuando leemos, nos conectamos con esa misma actividad trascendente que nos saca de nuestra circunstancia y lugar. Yo vi al hombre abrir nuevamente su libro y después retomar su camino hacia lo que sabía ahora era ninguna parte. Recuerdo que sonreí. Y que inmediatamente busqué, con toda la ilusión del mundo, el libro que tenía en mi morral. Me había olvidado de lo que me tocaba hacer.