Historia personal del boom

Escribe: Jeremías Gamboa
Un homenaje a los gigantes de la novela hispanoamericana

El boom tenía que morir para que pudiéramos hablar de él», dice el crítico ecuatoriano Wilfredo Corral en la conferencia de prensa de la Universidad de Valladolid, en la que ambos participamos, y me doy cuenta de que es cierto. Estamos en España hace algunos días junto a cuarenta escritores, críticos y gestores culturales y periodistas de Hispanoamérica discutiendo, cincuenta años después de su eclosión, las consecuencias del trabajo seminal de los cuatro gigantes de la novela latinoamericana que se aglutinaron alrededor de la agente Carmen Balcells en la década de los sesenta –Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa–y de aquellos autores que, gracias a ese estallido sesentero, ganaron una nueva atención: Carpentier, Onetti, Rulfo. Encuentro que en las palabras de Corral hay un eco de las que, días antes, pronunció Mario Vargas Llosa en su espléndido discurso de apertura, en Madrid. Esa noche rememoró sin ayuda de ninguna nota esa época dorada al lado de sus compañeros de aventura creativa, y esbozó para todos quienes estábamos presentes un saldo y liquidación de aquellos años que nos depararon obras tan espléndidas como Cien años de soledad, Conversación en la Catedral, Rayuela o Aura. «El boom ya es historia», dijo Vargas Llosa. A todos nos quedó claro que en ese preciso momento se cerraba un ciclo y se abría otro.
Hace exactamente medio siglo, en 1962, cuando muchos de los presentes no habíamos siquiera nacido, un joven Fuentes y un cachorro Vargas Llosa publicaron La muerte de Artemio Cruz y La ciudad y los perros, respectivamente, y de esa manera descubrieron a los ojos del mundo una constelación de novelas que estaban revitalizando nuestra lengua como no se había hecho desde tiempos de Vicente Huidobro y César Vallejo. Las novelas del boom renovaron por completo la manera de entender y de ejercer la narrativa en nuestro idioma, y colocaron al castellano en la cabecera de la civilización contemporánea mundial, algo que no ocurría desde el Siglo de Oro y de Cervantes. Este 2012, que nos reúne para celebrarlo, ha sido el año en que Fuentes murió, en que nos enteramos con estupor que García Márquez había perdido la memoria, y en que el más joven de toda esa impresionante tropa se señaló a sí mismo aquella noche en Madrid como el único sobreviviente «en activo» de aquel conciliábulo, condición que él mismo calificó de «angustioso privilegio». Durante una semana se recordó, se sopesó y se discutió el lugar que esos escritores aún ocupan en nuestra experiencia e imaginación de creadores. Me animaría a decir que de sus charlas se podía concluir que Fuentes ha perdido seguidores, que Cortázar tuvo su última gran respiración mediante el trabajo de Roberto Bolaño, y que incluso ahora entre Vargas Llosa y García Márquez se reparten las preferencias de los escritores: la imaginación y el lenguaje son del colombiano; la estructura y el magisterio le pertenecen al peruano.
Frente a una cámara de televisión me encuentro diciendo que para mí el boom fue simplemente la ventana a través de la cual abrí los ojos al mundo sin saber que el boom era el boom. Mi padre coleccionaba unos libros verdes que se deshojaban al abrirlos y gracias a ellos leí de un tirón Rayuela, La casa verde y Pedro Páramo. Nada volvió a ser como antes. Esos libros, soy consciente ahora, me enseñaron a leer, e instalaron en míla certeza de que prestando atención a los sitios que conocíamos, o que nos rodeaban, y usando nuestro idioma, era perfectamente posible escribir mundos de ficción tan válidos como los de cualquier escritor del mundo. Para los participantes de más edad del Congreso los maestros del boom fueron como una referencia; para los de mediana fueron un acicate, o un reto. Creo que para los de mi edad fue simplemente como ver las paredes inamovibles de la casa en la que crecimos y que nunca nos abandonarán.
Algo maravilloso, además, me ocurrió en algunos pasajes de este ciclo de conferencias al que asistí como ponente y observador: la consciencia de la importancia del Perú en el desarrollo de la creación en nuestro idioma. El protagonismo de José María Arguedas o de Ciro Alegría antes de la llegada del boom, o la posición de privilegio que ocupó Alfredo Bryce tras la eclosión eran refrendados por la presencia de escritores como Alonso Cueto, Fernando Iwasaki, Iván Thays, Jorge Eduardo Benavides o Pedro Novoa en las mesas de este encuentro. Es verdad que el boom, como boom, ha muerto. Y es fantástico que algo muera para poder referirlo y nombrar su importancia en todos nosotros. Quizá la síntesis provenga de una imagen que vi en el documental que la Academia Sueca dedicó al laureado del año 2010. Un jovencísimo Vargas Llosa aparece diciendo que la realidad latinoamericana aún no ha sido escrita y que para él y sus compañeros «todo está por decirse». Yo me digo ahora que ese joven sin padres reconocidos está, por suerte, muy lejos de ser como nosotros. Y que nosotros –los llamados «nietos del boom»– podemos dar nuestros pasos con la seguridad que muchas veces ofrece la mirada traviesa, o cómplice, de nuestros abuelos. Gracias a todos ellos.