El salto al vacío

¿A qué tienes que renunciar cuando quieres dedicarte a lo que amas?

Paso una mañana de sábado intensa y reveladora en el departamento en que el escritor Marco Avilés y el fotógrafo Daniel Silva han montado la Escuela Editorial Cometa, una iniciativa realmente romántica que se desprendiónos s tomado , muchosd”aa publicaciimabanreses, la decision o y en lo que digo, gracias a la generosidad de los que tambi asalta del periódico del mismo nombre y que se ha convertido en un proyecto de estimulación para animar a la gente a convertir sus fantasías y proyectos creativos más personales –un libro singular, un fanzine estrambótico o una revista fuera de serie–, en cosas reales y tangibles. Si estoy aquí es porque hace años me dedico a una actividad que me encanta –escribir ficción–, por la que no he recibido ni un sol. Para dedicarme a ella en algún momento me fue necesario renunciar al horario de oficina y a los beneficios de un puesto fijo en un diario importante del país; y en otro momento, dejar atrás una posible carrera académica en los Estados Unidos. Desde hace unos años vivo a la intemperie.

Dictar la charla en la oficina de Cometa, claro, tiene un sentido especial. Publiqué Punto de fuga un año después de que Marco publicara el suyo, Día de visita, y algunos periodistas que cubrieron mi libro me preguntaron por él, que también había renunciado a la estabilidad de las redacciones de la prensa para realizar su proyecto personal. Tiempo después, coincidimos en Etiqueta Negra, él como director y yo como editor general, y ahora ambos nos encontrábamos en medio de un nuevo salto al vacío: yo escribiendo y él edificando heroicamente Cometa, una empresa que le permitiría publicar aquellos maravillosos reportajes suyos que otros medios desestimaban. Un día antes de mi charla nos reunimos en un café y él me habló de algunos de los problemas que, tanto su socio Daniel como él, afrontaban para mantener su proyecto a flote, y me comunicó la absoluta certeza que ambos compartían de que si había un momento para poner toda la carne en el asador y arriesgar era este. Así se quedaran sin un sol. Apenas unos días antes, en el marco de un encuentro de periodismo cultural celebrado en el Centro Cultural de España, Marco había compartido una charla memorable con el escritor argentino Hernán Casciari, un tipo impresionante que había dejado columnas en diarios prestigiosos de España y contratos con las mejores editoriales del mundo hispanohablante para largarse a realizar una publicación comercialmente suicida, que trabaja a pérdida y no acepta publicidad: Orsai. Esa noche Casciari le había dicho a Avilés que sus revistas no eran replicables como producto, pero sí como espíritu, y Marco me decía ahora que la gente de Cometa esperaba escuchar algo así. Al menos él lo necesitaba.

En algún sentido Casciari y Avilés pueden parecer locos, pero no se equivocan. En el fondo, todos queremos saltar. Renunciar. Hace poco me sorprendió mucho el tono de una columna de Renato Cisneros titulada precisamente así. Empezaba de este modo: «Renunciar a todo. A la comodidad de tu departamento. A tu sueldo puntualmente depositado. A tu cuenta bancaria. A tu preciado trabajo, tus beneficios laborales, tus tarjetas de crédito, tu seguro médico, tu carnet del Regatas. Renunciar a tu ciudad y –con algo más de forro– a tu país». Luego, en otro pasaje explicaba para qué: «Para escribir, desde luego. Para escribir las putas novelas que no te atreves a escribir desde tu aerodinámica sillita de gerente». Presiento que en la virulencia de ese texto se evidencia un deseo que a veces nos acosa a todos cuando estamos instalados en la comodidad y la rutina. ¿Cómo así entonces se nos pasa y nos quedamos ajustados a nuestros sillones? ¿Qué hace que alguien finalmente se decida? Hace un tiempo escuché una frase que me hizo pensar que quizá el asunto no consista en preocuparse por lo que dejamos atrás con la renuncia sino en qué necesitamos estrictamente para vivir bien, en pos de descartar naturalmente y sin dolor lo que sobra. «Zapatos y comida», le dijo el novelista Cormac McCarthy –que escribió casi todas sus novelas en un establo– a la conductora Oprah Winfrey. «Una minita, un teclado, una coca-cola y un sándwich», le respondió Charly García a un periodista.

La cosa, sin embargo, no es tan sencilla. Cuando alguien me dice a veces que soy valiente por hacer renunciado, le respondo siempre que eso es mentira. En verdad soy cobarde, le temo a la ventisca y algunas veces me he planteado ocupar nuevamente el sillón de un puesto fijo y regresar a la estabilidad. Realmente ninguna decisión en sí es correcta. Lo correcto quizá consista en nunca dejar de revisar las decisiones que hemos tomado. Durante esos días de vulnerabilidad en que pensaba que mi salto no había valido la pena, me arrepentí por momentos de haber aceptado la charla en Cometa, pero al ver más de veinte personas en los sillones y en el piso atentos a mi experiencia y animándose a saltar también, me di cuenta de que había un sentido, por lo menos temporal, en aquello que había decidido años atrás, y también en que, al menos ahora, sería capaz de sostener mi decisión. Por un tiempo más, seguro.