El año del final

¿Qué podemos aprender en la última noche del año 2012?

Escribe: Jeremias Gamboa

Las dos mejores películas peruanas de este año coinciden en algo que no parece gratuito. Ambas –Cielo oscuro, de Joel Calero, y Lima 13, de Fabrizio Aguilar-– narran historias de relaciones humanas, protagonizadas por un hombre mestizo que vive una crisis emocional y existencial, y cuyo desenlace se produce durante las celebraciones del Año Nuevo en Lima: la de un año reciente en Cielo oscuro, y la del recibimiento del año 2013 en Lima 13. El héroe de Calero es un comerciante de Gamarra que ha experimentado el desplome de un vínculo amoroso con una chica más joven que él y que termina entregándose al fracaso en un llanto apagado y privado, mientras sus amigos descorchan botellas de champagne a las doce y brindan por el porvenir. El de Aguilar es un guachimán humilde y solitario, víctima de un matrimonio quebrado y recientemente desempleado, que parece aprender algo impreciso pero también definitivo durante aquella alocada noche de 31 que comparte con su antigua patrona –una anciana que ha pasado los ochenta años– y una adolescente huérfana y en crisis total, a orillas del mar de Lima. Para los dos protagonistas, el Año Nuevo implica un punto de no retorno. Se trate de una liquidación o de una renovación. Para uno se trata de la muerte, o de la consciencia de la muerte; para el otro, de la posibilidad de volver a creer en los seres humanos y en los vínculos entre ellos.

Hay algo que nos sucede a todos casi por igual, y que de alguna manera nos lleva a identificarnos con el deseo que materializa cada una de estas películas. Todos tenemos la fantasía, o la sugestión, o la fe de que en la última noche del año que se va, y en la primera madrugada del que viene, se producirá algo definitivo, tangible o intangible, que torcerá la suerte de nuestra vida y que nos arrojará sobre algo nuevo, sea para anularnos o reconfortarnos. Una amiga me habló una vez del Año Nuevo que corrió alrededor de la Plaza de Armas de Cusco mientras pedía éxitos en su vida académica fuera del país y la llegada definitiva del amor. Cuando me contó aquello, ella estudiaba una maestría conmigo en Estados Unidos y ya era novia de quien con los años sería su esposo, al que conoció el mismo año de su primer viaje a Colorado. Hace muy poco, alguien muy cercano me confesó que en el Año Nuevo pasado se hizo un baño privado de flores del mercado con el que pidió en silencio éxitos profesionales y la llegada de un buen amor. El año 2012 le trajo ambas cosas.

«El mundo sigue enviándonos sorpresas. Y nosotros seguimos aprendiendo», le dice el escritor sudafricano J.M. Coetzee a su colega, el norteamericano Paul Auster, en una serie de cartas que he estado leyendo los días finales de diciembre, de un libro llamado Aquí y ahora que muestra a ambos autores como lo que son: hombres mayores que enfrentan el paso del tiempo y las vueltas de un mundo que cambia constantemente y amenaza con desfasarlos. En cierto momento, Coetzee le indica a Auster que pese al deterioro de su propio físico siente que cada año aprende algo más de ser un hombre, aunque no podría precisar exactamente qué es aquello que aprende.Casi todas las personas con las que he hablado por estos días me han dicho que este 2012 ha sido un año muy intenso, alocado, o lleno de turbulencias, pero a la vez un año de revelaciones. El año del Dragón que aún no acaba. O el año en que se suponía tendría que haberse acabado el mundo. Y el mundo se mantuvo igual. «El mundo se está yendo al infierno en una cesta de mano, me decía mi padre, y antes que él lo decía su padre, y así sucesivamente hasta llegar a Adán», escribe Coetzee en otra carta. «Si el mundo llevara tantos años yéndose al infierno, ¿no debería haber llegado ya? Sin embargo, cuando miro a mi alrededor, lo que veo no se parece al infierno».

Este año ha sido para mí todo menos un año apocalíptico o infernal. Sí, me ha parecido el año más largo de todos los que he vivido hasta ahora. Del tipo que recibía el primero de enero, algo pasado de vueltas pero feliz, en el malecón de Barranco, al lado de un gran amigo suyo y de una amiga reciente, los tres echados en la hierba y sumidos en la despreocupación, al tipo que escribe esto con todos los compromisos, en fila india, del año 2013, hay un trecho imposible de definir. ¿Qué aprendí finalmente? ¿Qué aprendimos de lo humano en estos doce meses? ¿Lo veré con claridad antes de fin de año? Recuerdo con cariño al guachimán de la película de Aguilar, un hombre arisco e impenetrable que evita todo el contacto con los demás y que en la última escena del filme le ofrece una cerveza al panadero al que rechazó durante todo 2012. Son los primeros días de enero de 2013 y aunque él sigue solo y ha perdido su trabajo, de pronto camina con un sentido de gran dignidad frente a lo que le traerá la vida. Los dos se van hablando del año que se fue, de que el mundo no se acabó. Los veo y me digo que eso deberíamos proponernos todos. Total, el mundo nunca será el infierno.