Desatormentándonos

Porque ir al psicólogo ya no es cosa de locos

El título de una nueva emisión del programa 3G en el Facebook –¿Qué ha pasado de un tiempo a esta parte que todo el mundo va al psicólogo?– me resulta bastante esclarecedor. Ahora que lo pienso, desde hace algunos años creo que el mundo, en efecto, se ha llenado de «profesionales de la mente» y de gente que se acerca a ellos. Sumen: desde que ingresé a los treinta no he estado ni he salido con alguien que no llevara terapia psicoanalítica. Mi actual pareja no solo acude todas las semanas a su terapia, sino que es hija de psicoanalista y hermana de psicóloga. Mis dos amigos más frecuentes no solo se someten a ella, sino que uno es terapeuta y el otro convive y tiene un hijo con una terapeuta. En muchas de las conversaciones que emprendemos sobre nuestras vidas, en las más intensas y profundas aparecen siempre, precisas y muchas veces rotundas, varias verdades, conclusiones o insights que hemos descubierto durante nuestras horas de psicoanálisis y que de alguna manera nos sirven para interpretar los sucesos que nos ocurren, descubrir los guiones en los que a veces volvemos a caer y nos dan identidad, y sobre todo para desactivar dispositivos mentales que amenazan alterar nuestra percepción de la realidad. Es cierto que se trata de poetas, dramaturgos, directores de cine y gente que escribe, pero en verdad siento que más allá de todo eso cada vez me encuentro con más gente que encara su experiencia de ese modo. Y que para muchos de nosotros el estado de bienestar –y no la absurda quimera de felicidad– es algo perfectamente posible.

«¿Psicólogo? Pfffff», dice en uno de los pasajes más dramáticos de Cielo oscuro, la conmovedora película de Joel Calero, el personaje principal, Toño, un comerciante de telas de Gamarra, de 42 años, cuando su pareja Natalia, una chica al menos dos décadas menor que él, le aconseja ver a un «profesional» para que lo ayude a lidiar con una serie de inseguridades que le impiden disfrutar o al menos percibir con normalidad su atormentada relación sentimental. El público en la sala se ríe por la manera en que el personaje, magníficamente interpretado por el actor Lucho Cáceres, ni siquiera evalúa la posibilidad y se interna después, sin recursos internos, al vórtice de sus celos y su vulnerabilidad. En el contexto al cual pertenece, de vértigo comercial y laboral, no es siquiera estimable la posibilidad de un espacio para recogerse y dejar de ver la calle y hablar consigo mismo en busca de soluciones y respuestas. Todo se desbarrancará sin atenuantes, a pesar del gran amor que siente.

Algo aún más desolador ocurre, sin embargo, en el universo despiadado de La falsa criada, la obra teatral de Marivaux que ha montado Alberto Ísola en La Plaza y en la que no parece haber lugar para sentimientos como la compasión o la piedad. Participo de una conversación organizada por Víctor Krebs junto a Claudia Cisneros y Guillermo Giacosa, y si algo nos queda claro a todos es que la posibilidad del amor, dentro del recinto de máscaras y cinismo que plantea la obra, parece estar sujeta casi a la misma ecuación que rige para el dinero. Nada importa más que la acumulación del patrimonio y los intereses económicos, la búsqueda del estatus y el éxito que niega cualquier afecto y entrega el universo a lo que Giacosa llamó un simple «asunto de supervivencia». La propia heroína, a quien parece animarla al principio un propósito justiciero, sucumbe ante una lógica inhumana y canalla, falta de escrúpulos, que nadie cuestiona. Y eso nos lastima.

Hay algo saludable en la manera en que el público sale afectado o desconectado con los personajes de La falsa criada o la forma en que se ríe de la reacción, desde nuestro ámbito, quizá incomprensible, del atribulado personaje de Cielo oscuro. Del otro lado del escenario o del écran, nosotros estamos sometidos a la presión de muchos de los valores (o antivalores) que campean en la obra de Marivaux, y también a las obligaciones que acorralan a Toño, pero pese a ello somos capaces de entender y valorar la posibilidad de una zona de resistencia ante las fuerzas externas que nos sobrepasan y nos alejan de nosotros mismos. «Ya no conversamos como antes y al psicólogo vas a conversar, ¿no?», escribe alguien en el foro del programa 3G y creo que tiene razón. Es verdad que una consciencia mayor de la importancia de los asuntos de la mente ha surgido como respuesta privada al consumo y que, debido a que la clase media es cada vez más grande, existe más gente que accede a ese tipo de beneficios que antes parecían una excentricidad, reservada para unos cuantos. No es que estemos orates y que por eso vamos al «loquero». Para nada. Ocurre simplemente que, aún cuando vivimos en el mundo material en que vivimos, sabemos que existe un recinto especial en el cual podemos encarar nuestro silencio y acercarnos a nosotros mismos, ver y enfocar de un modo más sano nuestros asuntos, recuperaruna y otra vez nuestra humanidad.