Cuento de Navidad

Cinco viñetas sobre lo que importa celebrar la noche del 24

Escribe: Jeremías Gamboa

UNO. La Navidad nunca fue un evento sobrenatural para mí. La primera lección de «realismo» que recibí en mi vida me la dio mi mamá, luego de que le preguntara si Papa Noel existía. «Por supuesto que existe –me dijo–. Papá Noel es tu papá». Desde entonces se acabó en casa el realismo mágico. Todos los años yo sabía que los paquetes que aparecían bajo el árbol los había conseguido mi padrea través de su trabajo en un puesto laboral que, eso sí, mi madre nos ocultó celosamente durante años. Sí. La literatura, en mi casa, tenía más de dato escondido que de creación fantástica.

DOS. No recuerdo que les pidiera a mis padres un juguete específico. Sí que luchaba como un titán contra el sueño cada 24 de diciembre y que una vez llegué a dormirme al pie del árbol esperando a que dieran las 12 para abrir mis regalos: recuerdo un carrito de ambulancia que daba vueltas sobre sí, un camión de bomberos que elevaba su escalera, un tren que encendía luces y botaba humo. En una ocasión, el mismo 24 descubrí en la canasta del mercado de mamá una bolsa de soldados y una pelota de plástico. Me acuerdo que cuando abrí los regalos esa noche fingí desconocer ambos. Y que intenté imaginar que los veía por primera vez.

TRES. La Navidad que jamás olvidaré, sin embargo, es una que estuvo ligada durante años a la sensación de falsa decepción. Probablemente ocurrió en 1986, o quizá fue en 1987. Veo a mis padres y a mis dos hermanas mayores. Están arreglados como para ir a una fiesta cuando en verdad me acompañan a la única tienda de juguetes en Lima que vendía el regalo con el que yo secretamente había soñado durante los tres años anteriores. Se llamaba Risk, o al menos así es como un amigo de mi barrio me había dicho que se llamaba la nueva versión de lo que yo había conocido como La conquista total, un juego de mesa español que había traído al barrio de San Luis un chico cuyo padre trabajaba en un banco y que consistía en luchar por la posesión del mundo a través de ejércitos y guerras que se libraban por el poder de los dados. Mi amigo y yo intentamos reconstruirlo infructuosamente con cartulinas y garbanzos pintados de colores, una vez que su dueño se mudó de nuestro vecindario, llevándose el juego con él. Aquella noche de Navidad yo alcancé a ver el juguete en un estante, y es bastante probable que en algún momento lo haya tenido entre mis manos. La verdad, no lo recuerdo bien. Lo que no he olvidado es que en un momento la dependienta le dijo a mis padres que el precio que salía en la caja era en dólares y no en moneda nacional, y que en ese instante supe que estábamos en serios problemas. Recuerdo que salimos en silencio de la tienda y que caminamos así por San Antonio rumbo a la Vía Expresa en busca de otra juguetería y otro regalo, y que yo vi los carros correr con desesperación debajo de los puentes, tratando de llegar a tiempo a sus casas. También que, de pronto,mi papá puso su mano sobre mi hombro. Nadie mencionó nada más aquella noche.