Ciudad de payasos

O la manera en que nos vemos como país bajo la máscara del cláun

Bajo la piel del payaso Tripaloca, el actor Manuel Gold pide un aplauso al público que ha asistido al auditorio del MALI al final de la obra A ver, un aplauso, que dirige Roberto Ángeles, y aunque tengo deseos de pararme de mi asiento para aplaudir a rabiar, no atino a hacer otra cosa que quedarme sentado en mi asiento, intentando no doblarme en dos por las ganas de llorar. Presenciar la nueva escenificación de un texto tan potente como el que escribió César de María a finales de los años ochenta me ha sobrepasado por completo: Hay algo en la vida, en la circunstancia y en el sino de este rabioso payaso de la calle que muchos de quienes hemos conocido el Perú endeble de esos años sentimos o reconocemos como propio. Algo que se nos revela a través de su pobreza extrema, sus sueños liquidados por la precariedad material, el lastre de su tisis. Su imagen patética camino de la muerte dentro de un tacho de basura y ante la impotencia de su amigo Tartaloro –el payaso tartamudo que lo ha ayudado a recontar su vida ante la impaciencia de dos heraldos negros, payasos también, que le ha enviado la muerte– debe de ser una de las más agrias y poderosas materializaciones artísticas de la manera en que nos entendimos como país durante muchos años.

Es sobresaliente que A ver, un aplauso siga siendo mil cosas a la vez: un show callejero, una alegoría del país, un impresionante carrusel surrealista, un poema sucio, un pronunciamiento visceral y cruel desde la dificultad de ser artista en el Perú. Y todo eso, ambicioso y totalizante, no deja de ser sorprendente, instalado como está,en la imaginación, la mente y el decir de un artista analfabeto de la calle al que nadie atiende, el payaso de una plaza pública que viste el uniforme del equipo de fútbol más derrotado del continente –el de nuestra selección– y que descubre el valor de su propia vida algo tarde, ante el poder arrasador de una enfermedad que lo va consumiendo. Tartaloro tiene algo de todos nosotros:la concreción de un temor nuestro al ridículo, al fracaso y a la incomprensión. Si aún posee la capacidad deconmover en tiempos de Marca Perúy éxito económico es porque su talento desmesurado –un trasunto del propio talento de De María y de muchos creadores de su época–consigue revelarnos a través del juego y el ingenio una maneradisminuida y patética de percibirnos a nosotros mismos, que aún, dicha percepción interna, no se ha retirado del todo. Aunque a veces creamos que sí.

«Lima es una ciudad de payasos», dice en cierto pasaje el narrador de Ciudad de payasos, un relato espléndido de Daniel Alarcón aparecido originalmente en la revista New Yorker en junio de 2003, cerca de quince años después del primer estreno de la obra de De María. En aquella narración, que ofrece también una imagen bastante precaria de Lima, el payaso es un símbolo casi general. El Chino, su protagonista, se asoma a buscar su identidad tras la muerte de su padre y la comprobación de un hecho para él, a todas luces, humillante: el arrejuntamiento de su madre con la segunda mujer de este; aquella por la cual los dejó. Como parte de un reportaje que realiza para un medio local, El Chino entrevista a un par de payasos que bien podrían ser los avatares de Tripaloca y Tartaloro, y luego se viste como ellos con la intención de escudriñar desde esa nueva posición el perfil triste y miserable de su ciudad, cuando en verdad lo que hace es acercase a sus propios asuntos internos. No resulta extraño que en su cortometraje Payasos–adaptación del cuento de Alarcón–, Marianela Vega atenúelos componentes externos de la ciudad para enfatizar más aún el drama personal y familiar y los estados de ánimo. Parece como si laimagen del payaso, con el tiempo, no dejara de referirnos; pero se presentase más bien como una estación transitoria de observación a la que podemos aproximarnos para mirar con dolor nuestro lado
más vulnerable.

Hace muchos años, cuando escribía cuentos que referían pobreza urbana y caía una y otra vez en el miserabilismo, leí asombrado Ciudad de payasos y sentí que descubría cómo tratar ese material precario desde cierta distancia, desde varios pasos atrás. Ahora que veo A ver, un aplauso, creo que lo que ocurrió fue que durante mucho tiempo me sentíexclusivamente un payaso sin reconocérmelo, e intenté articular una historia desde esa posición, solo que estaba negado de la imaginación o el talento o de alguien como De María, o de la protección natural que impone a todas las cosas el punto de vista escénico.Es probable. Lo cierto es que la segunda vez que fui a ver la obra en el MALI sentí que también podía dar unos pasos atrás y divertirme a mis anchas con el humor y las chacotas de esos dos payasos entrañables sin sentir heridas. Que de algún modo era el payaso y también podía dejar de serlo. Así que cuando Gold pidió un aplauso al final de la obra, esta vez yo estaba sonriendo. Y aplaudí a rabiar.