Huyendo de la realidad

Por Pamela Rodríguez

pamela_171_acoplado
Me están pidiendo mi columna desde las oficinas de ASIA SUR, y aún no la he escrito. Acabo de aterrizar esta mañana en París. La verdad es que no sé qué hacer, pero dentro de todas mis posibilidades no está la de cancelar y escribir un correo diciendo: «Disculpa, editor, no voy a poder entregar mi columna esta semana porque he decidido rascarme la barriga en todas las direcciones coordenadas hasta mediados de mes».

Y las cosas no son así por vaga. Resulta que, por decisión propia, o mejor dicho por urgencia, he decidido no comenzar el año aún. Llevo días sin saber qué día ni qué hora es, y no tengo interés en saberlo, solo sé que acabo de recibir el correo que me pide estas líneas con urgencia.

Y yo estoy sentada en el café Marais de París. Y me enteré qué día es por la urgencia del cierre de la revista. Ando un poco cansada de caminar todo el día, de recibir tanta información en la psique. Mi amigo peruano radicado en París, el artista plástico Pier Stockholm, me acaba de hacer un tour profundo por todo el barrio de Marais.

Aunque percibo cosas estimulantes de la ciudad, las emociones de miedo y tristeza laten al punto de que se ven los latidos en el ambiente. Todo está sensible. Todo tiene sabor a luto por el incidente en la revista Charlie Hebdo. Incluso mientras caminábamos por las calles presenciamos la pelea entre un aristócrata francés y un chico aparentemente extranjero. Se cayeron a puñetes mientras el ‘pituco’ francés le gritaba: «por culpa de gente como tú es que suceden cosas como las de ayer» [Pier me explica que los franceses andan sensibles, que para ellos el incidente de la revista es el equivalente a lo que en Lima fue la bomba de Tarata].

Poseídos de ira, ambos se golpearon durísimo mientras la gente miraba asustada desde las ventanas de los comercios, y por supuesto que yo, con mi teléfono al lado, sin espantarme ni un poquito, lo documenté todo.

La policía llegó de manera inmediata y nosotros seguimos caminando. Fuimos a una librería, pero la pelea y el incidente no salían de mi cabeza. Hasta que unos libros de Juergen Teller me abstrajeron de la realidad. El uso de la luz tan cruda, el no maquillaje, la cosa sórdida que a mi parecer representa mejor la realidad humana que el habitual artificio de la fotografía.

Pier tenía que irse, pero yo, bien acompañada de mi amigo Henry, comencé a caminar en dirección al Pompidou.

Una cuadra antes de llegar, mientras le señalaba con el dedo un local, le dije: «¿no te parece que en medio de tanta tensión vendría bien un masaje?». Así entramos a un centro de masajes chinos. Y los chinos bellos aparentaban estar en su órbita sonriente, como si siempre estuvieran en armonía con todo. Nos metieron a cada uno en un cubículo y, luego de una hora de reflexología, los dos caímos rendidos a dormir.

Para muchos el año ya comenzó con trabajo o terribles tragedias, pero yo aquí ando suspendida, relativizando el tiempo a mis anchas, huyendo despavorida de la realidad. Por favor: necesito unos días para retomar fuerzas, descansar, estar inspirada y ponerme el perfume con olor a nuevo de 2015. Me he tomado la licencia de no estar por unos días en ningún año.

Y mientras escribo esta columna, mi queso a la plancha se enfría y mi cerveza de quinua sin gluten ni alcohol se calienta. Pero cumplo con entregar estas líneas etéreas para que mi editor no me despida. Vive la France.