Honestidad compartida [brutal y sin artificios]

Por Pamela Rodríguez

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Hace unas semanas estaba sentada en una mesa con el grupo de una buena amiga, todas personas que no conocía bien. Como es costumbre, hablamos de todo, con honestidad plena, sin tabúes. Sentí que la dinámica era rica por lo sincera, y que fluía, pero al rato también sentí la energía de mi amiga un poco densa, por lo que la llamé a un costado para preguntarle si pasaba algo.

Ella se había incomodado conmigo, pensaba que las cosas que hablábamos con sus amigos no eran apropiadas para personas que no se conocen mucho; incluso fue un poco agresiva. Me dijo: «Pamela, tú no te guardas nada para ti, por eso la gente te cree capaz de todo. Nadie se quiere imaginar siquiera lo que asumen que te guardas. Pero yo sé que no te guardas nada, y deberías. Eso de ser tan honesta me parece innecesario».

Traté de no incomodarla más, y a partir de entonces derivamos la conversación a temas menos personales, pero cuando llegué a casa, me puse a reflexionar. La verdad es que hubiera preferido no incomodar a mi amiga, no estaba entre mis planes, pero esa noche reafirmé algunas cosas dentro de mí. Pensé en todo lo bueno que me había traído en la vida el ser una persona honesta y abierta a decir lo que pienso y lo que he vivido. Gracias a ello he podido tener contactos muy cercanos, incluso con gente que solo he visto por unas horas y jamás he vuelto a ver.

Hace poco, durante un viaje larguísimo en avión, conocí a un señor de 77 años con quien tuve una de las conversaciones más hermosas de mi vida. No dudo de que la manera como abrimos nuestros corazones se debió a la apertura de ambos. Sin reserva alguna, él me contó sobre su vida, sus aciertos, sus travesuras, sus derrotas, sus placeres culposos… y yo de los míos. Cuando salimos del avión, nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida; habernos contado todo de nosotros merecía un abrazo tan largo como el que nos dimos. El viejo, feliz con nuestro intercambio, me dijo que no hablaba así hacía mucho tiempo, ni siquiera con sus mejores amigos.

Es cierto, no me guardo nada porque no tengo nada que guardar. ¿Será que componer mis canciones intimistas me tiene bien entrenada con eso de abrir mi corazón o, como lo llamó mi amiga, mi ‘exhibicionismo emocional’? Puede que sí. El oficio de escribir canciones autobiográficas tiene un componente hermoso de apertura. La música es solo un canal para revelar los sentimientos, como una foto, y a más honestidad y apertura, mayor es la definición. Pero al margen de esto –reflexionaba a oscuras esa noche–, adoro contar mis experiencias no solo por el placer que me producen las curiosidades anecdóticas de la vida, sino también para no sentirme sola. Casi siempre que cuento una intimidad la persona con quien hablo responde con una de las suyas. Y a mí me calma saber que no estoy sola con mis miedos, que todos tenemos un poco de todo adentro, de lo bueno, de lo malo, de lo doloroso y de lo placentero; de lo sucio y de lo limpio… y que está bien. Que todos somos imperfectos, sin excepciones. Es de las pocas cosas que podemos afirmar: que no estamos solos.

Creo que la gente se ha vuelto mezquina, que la comunicación sobre nosotros mismos se ha vuelto muy manipulable. Basta con abrir el Facebook para ver a todas regias, a los maridos perfectos, los matrimonios ideales, los recién nacidos angelicales, los niños campeones y las carreras exitosas.

Pero cuando se abre el corazón con honestidad, los bebés lloran, los niños joden, los maridos más, las inseguridades laten y los matrimonios son una lucha constante.

Prefiero el corazón abierto con toda la crudeza de la realidad a todo ese maquillaje. No me interesa ya lo artificial. Disculpa la molestia, amiga. No te quería incomodar.