Hombres que lloran

O del efecto tremendo de ver a un macho hablar de su dolor

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Dos de las novelas más potentes que se han publicado en la literatura reciente de nuestro idioma guardan dos rasgos en común: el motivo que activa la narración es una persona que morirá de leucemia y quien refiere el dolor de la pérdida es un hombre que se presenta ante nosotros sin usar máscaras o subterfugios, a través de la más cruda no ficción testimonial. En CANCIÓN DE TUMBA, el poeta Julián Herbert relata la agonía de su madre –Guadalupe Chávez, una mujer que dedicó su vida al ejercicio de la prostitución– en un nosocomio de México. En LA HORA DE VIOLETA, Sergio del Molino reconstruye la enfermedad y muerte de su hijo Pablo, de apenas dos años de nacido. El resultado de ambos testimonios es sobrecogedor: cada quien establece un retrato descarnado de sí mismo, y de los seres y afectos que los rodean, de la impronta que recibieron como hijos y que a su modo los constituyen como padres; pero, sobre todo, ambos manifiestan el valor y la dificultad de usar el lenguaje para referir aquello que los vulnera y es indecible. «Este libro es un diccionario de una sola entrada, la búsqueda de una palabra que no existe en mi idioma: la que nombra a los padres que han visto morir a sus hijos», escribe Del Molino en la entrada de su libro amoroso y desgarrador. «Mientras pueda teclear podré dar forma a lo que desconozco y, así, ser más hombre», señala Herbert en el suyo. «Porque escribo para volver al cuerpo de ella: escribo para volver a un idioma del que nací».

Un cáncer atacó a la hermana del actor Omar García en la vida real, y propició que él y su papá reanudaran una relación que se interrumpió el día en que el padre –como un caballo salvaje, en palabras del actor– abandonó a su familia y partió con destino desconocido. Al menos así lo cuenta el propio García en Padre nuestro, la magnífica obra de teatro testimonial escrita y dirigida por Mariana de Althaus, en la que él –al igual que los actores Giovanni Ciccia, Diego López y Gabriel Iglesias– se para sobre el escenario para revelarnos su propia historia, y hacer añicos la imagen que tenemos de los hombres como seres alejados de su interior e incapaces de nombrar sus zonas frágiles o sus aspectos más inciertos. Es aleccionador ver a Iglesias señalar la contrariedad que sintió cuando se enteró de que sería padre, a Ciccia recordar obsesivamente sus miedos y los de su papá y, sobre todo, a Diego López y Omar García acercarse a los núcleos de sus dramas personales tras la desaparición de la imagen paterna de sus vidas: el primero recontando la búsqueda de un padre sustituto y el segundo encarando a su padre real mientras lucha contra el silencio y su tartamudez. «Hay cosas que no comprendo sino llorando», ha escrito el poeta Jorge Eduardo Eielson. Estos cuatro actores no necesariamente lloran en escena –aunque en varias ocasiones se les quiebra la voz–, pero hacen llorar a quienes lo ven en el teatro.

«Estamos en el laberinto del dolor, y eso quiere decir que estamos solos», le dice el padre de una de las víctimas de los atentados de Atocha a Sergio del Molino durante una comisión periodística que el escritor realizó cuando apenas ocurrió la tragedia. «El dolor asusta a los demás; damos miedo. La gente se aleja, no te entiende, espera que lo superes, que vuelvas a ser el de antes. Pero no puedes y tampoco sabes explicarlo. No sabe qué decirte, no sabe qué hacer para que te sientas mejor, y acaba alejándose de ti. Terminamos solos en nuestro laberinto». Cuando Del Molino pregunta al hombre y a su mujer por qué aceptaron declarar sobre la muerte de su hijo [los demás deudos de Zaragoza rechazaron su pedido], la respuesta de ambos es contundente: «Porque otros no pueden –me respondieron–, porque nosotros somos más fuertes y somos capaces de hablar, y este dolor se tiene que saber».

Hace cerca de siete meses mi papá y yo nos reunimos para que él me cuente su vida antes de que yo naciera, el sacrificio que supuso haber llegado al mundo en una aldea ayacuchana en 1941 y los esfuerzos que tuvo que realizar para convertirse en el padre que yo conocí desde niño. La idea fue suya, y yo la hice mía. Desde que la planteó lo he visto sufrir al ejecutarla y, sin embargo, se ha mantenido firme en el propósito de llevarla a cabo. No ha sido fácil. Muchas veces, cuando recordaba algún pasaje demasiado triste o humillante, papá detenía su lenguaje y callaba, o comparaba lo que acababa de contar con alguna novela que había leído, y entonces ambos permanecíamos en silencio. Al principio, cuando nos acercábamos al llanto, nos quedábamos mudos y yo acababa la entrevista. Con el paso del tiempo, él se ha permitido llorar y a veces lo hemos hecho juntos tomados de la mano. Podría decir que estamos aprendiendo a atravesar el dolor, y que ahora somos dos tipos más valientes y más unidos; más padre e hijo. Quizás todo se resuma en las palabras que, al final de su libro, Julián Herbert dice a su madre agonizante: «Te amo», pronuncia apenas. «Soy el hijo de mi madre». O en las líneas que, bellamente, rematan la obra de De Althaus. Bajo los escombros siempre hay / Un padre que busca a su hijo / Un hijo que busca a su padre. Es así. Y él y yo ya nos encontramos.