Formas para no extrañar

Ilustracion_coloma
Hoy estoy haciendo shows en el norte de Quebec. En dos días estaré en el aeropuerto de vuelta para irme a Moncton, una ciudad en otra provincia canadiense. Lamentablemente es otro el avión que me gustaría abordar. ¿Y si me pierdo?

Sucede que este fin de semana es el matrimonio de uno de mis mejores amigos de Lima. Se casa en París, y yo, el trotamundos, no podré llegar.

Tengo más de doce años viviendo fuera del país. Muchos de esos sin un centavo en el bolsillo. Cuando mis primeros amigos empezaron a casarse, la moda fue «traigamos a Locoma». Hacían una colecta entre todos y me compraban un pasaje para que llegue. Por primera vez en mi vida no puedo llegar no por falta de dinero, sino por exceso de trabajo.

Algunas veces en la vida de gira uno se siente solo. Estoy en Amos solo dos días, pero confieso que quisiera estar en París. No es culpa de la ciudad, o del festival, o de que esté compartiendo casa con 13 artistas, sino del entendimiento de que aquello que amas puede alejarte de aquellos a quienes amas.

Nunca he sido una persona que extrañe mucho. En realidad no sé si ‘nunca’ es la palabra correcta. Tal vez fui una persona que extrañaba, pero el día que me fui del Perú en el 2002, cuando cruzaba Migraciones en el aeropuerto de Lima, mientras veía a mi familia y amigos, solté una gran lágrima. Mi primo que viajaba conmigo me miró y me dijo algo muy sabio, algo que me acompaña hasta hoy: «¿Gonz, por qué estás triste?», me preguntó. «Deja de mirar hacia atrás y mira hacia adelante, mira tus sueños y el porqué te estás yendo». De pronto volteé la mirada. Esa fue la última lágrima que derramé por extrañar.

Mis primeros diez años en Canadá la pasé viviendo experiencias nuevas, aprendiendo un nuevo idioma, conociendo a gente que vivía del arte y descubriendo que eso era posible, aunque para mí parecía todavía algo muy lejano. Aprendí a vivir con muy poco y ser feliz, siempre pensando en mis objetivos, dónde quería estar, aprendiendo también a vivir y disfrutar del presente. Nunca mirando hacia atrás. Aprendí que los recuerdos son lindos, pero la vida se vive hoy. No extrañar; ese fue el motor que me empujó todo el tiempo a cumplir las metas que tenía en ese momento: ser un mejor malabarista, entrenar ocho horas al día, conseguir contratos haciendo shows, entrar a la escuela nacional de circo de Montreal, trabajar para grandes compañías de circo y finalmente vivir de mi pasión.

Pero desde hace un par de años he empezado a extrañar de vuelta. No sé si es porque ya cumplí las metas que me propuse y ahora estoy corriendo la ola por la que tanto remé. No sé si es porque ya pasaron los años y tal vez sea cierta esa idea de que la edad cambia a la gente, o porque sencillamente ahora me tomo el tiempo de mirar hacia atrás y recordar lo que dejé: los amigos, la familia, toda una vida.

Tranquilamente también he empezado a tomar fotos de vuelta, a mandárselas a mi familia. Ahora me dedico a enviarles postales de las ciudades que visito; es la forma que tengo de sentir que están ahí conmigo.

En fechas como esta, en la que me gustaría coger el avión equivocado y aparecer en París para celebrar este momento tan feliz de un gran amigo, extraño el lugar de donde vengo. Felizmente la melancolía nunca llega a derrumbarme. Al fin y al cabo, mi vida sigue siendo extraordinaria, y si no puedo compartir este momento con un hermano, es porque estoy viajando por el mundo haciendo feliz a otra gente.