Formas de volver a casa

O qué significan para nosotros aquellos espacios donde vivimos

jeremías_158

Hace muchos años viví en una casa de locos. Bueno, no era siquiera una casa sino un edificio delirante, y para ser sinceros el único demente que vivía allí era yo. Alquilé un espacio en un momento de ceguera, desesperado por dejar la casa de mis viejos, en San Luis, e independizarme de una vez por todas. Como la primera vez que entré en él era una tarde de domingo y no tenía ninguna experiencia rentando nada, no pregunté lo esencial y caí redondo. El día que llegué con mis cosas al piso once descubrí, horrorizado, que sería el único habitante de una torre que no tenía ninguna actividad más allá de las horas de oficina; de pronto todos se iban a sus casas y los encargados apagaban las luces de todos los pasillos. Durante ocho meses resistí como un minotauro que erraba por un complejo de corredores oscuros apenas sostenido por su miedo. Por las noches escuchaba voces de personas que conversaban o los solfeos de una cantante de ópera que practicaba en algún lugar debajo de mi departamento. Nunca entendí bien por qué aguanté tanto, por qué me obstiné en seguir viviendo en ese lugar macabro en el que cualquier persona habría perdido la razón. Recuerdo que esa pregunta se la hace un personaje a otro en un cuento espeluznante que escribí para dejar de tener pesadillas con ese lugar. Se llama EL EDIFICIO DE LA CALLE LOS PINOS, y es el primer relato de mi primer libro de ficción.

Cuando era muy niño, el mundo entero cabía en una pequeña casa de San Luis. Mis hermanas mayores habían vivido en Miraflores y en Lince, pero cuando yo nací, mis papás ya tenían casa propia: un espacio de dos pisos en un ordenado conjunto habitacional construido durante el gobierno de la junta militar. Probablemente porque yo no había cambiado nunca de lugar soñaba en secreto con irme a vivir a la casa de unos tíos míos en Santa Anita, un sitio bastante más bullanguero y divertido que mi casa porque allí vivían cuatro primos hombres con los que podía jugar fútbol, hablar de temas indebidos y ver figuritas de álbumes del mundial. Un par de veces pasé los fines de semana con ellos porque pensaba que esa era mi casa y ellos mis hermanos. Muchos años más tarde, cuando me tocó escribir mi primera novela, imaginé esa casa con la que fantaseaba de niño para mi personaje Gabriel Lisboa. Gracias a una proyección mental permanecí en ella el tiempo que me tomó escribir el libro. La experiencia fue tan intensa que por ratos me parece que de veras hubiera vivido en Santa Anita.

Pero no. Viví más de la mitad de mi vida en la casa de San Luis, y cada vez que vuelvo a visitarla, incluso ciertas tardes de domingo para almorzar con mis viejos y hermanas, algo se llena de nostalgia dentro de mí. A esa misma casa con escalera exterior y jardincito volví a los 26 años con una especie de vergüenza después de renunciar a mi carrera de periodista, y a ella retorné con alivio a los 32, después de pasarme dos años en una casa de madera asolada por la nieve y los vientos en un aislado campus universitario en Colorado, Estados Unidos. Recuerdo perfectamente aquel dúplex que compartía con un estudiante de negocios. Mi ventana que daba a los estudios de otros estudiantes y una mesa de pimpón aterida por el frío en los meses duros del invierno o anegada de lluvia cuando se terminaba el verano. Las ardillas que corrían por los cables. Cuando volvía de visita al Perú, me despertaba creyendo que aún estaba allá, pero el desayuno que mi mamá instalaba sobre la mesa para atender al hijo escuálido y ausente no albergaba dudas. La casa de San Luis era siempre la mejor de todas.

Escribo esta columna en el espacio de Miraflores donde he estado viviendo durante los últimos cuatro años de mi vida, y en el que he sido pleno como nunca antes. Aquí he pasado parte de la década de los treinta y he terminado completándome; aquí he aprendido a estar solo y bien, y también he leído y escrito como nunca antes. Desde la primera vez que vi la terracita y sus geranios, el librero y la pequeña escalera que lleva al segundo piso, y sobre todo el espacio que se extiende más allá de la habitación como la proa de un barco, estuve completamente seguro de que aquí terminaría la novela que ya había empezado. No me equivoqué. Me encanta que los vecinos sean siempre tan discretos, que se escuchen voces extranjeras en la casa de los mochileros de al lado, las tiendas en cada esquina, la brisa del mar cuando salgo al pequeño balcón al lado de la computadora, la calle José González, y el camino que termina en el malecón y en la visión alucinatoria del mar. Es extraño, pero, a pesar de todo eso, algo me dice que mi tiempo aquí está llegando a su fin porque la vida sigue su movimiento y muchas veces el lugar en el que somos no puede contener lo que seremos. Lo que intuimos que ahora nos toca vivir. Así, vivo mis días observando este espacio con una especie de nostalgia anticipada, como quien va celebrando lentamente una imperceptible ceremonia del adiós.