Enemigos íntimos

O cómo vivir mejor sin reducir al que supuestamente te desea lo peor

No puedo dormir esta noche. Me pongo a llorar». Algunas de las líneas más profundas y sentimentales de Los desnudos y los muertos, la novela militar de Norman Mailer que narra con severidad las acciones y tropelías de un pelotón de reconocimiento norteamericano en misión exploratoria por una isla del Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, no provienen de ninguno de los hombres dirigidos por el brutal sargento Croft o por el reflexivo teniente Hearn, sino por el diario incautado a un oficial japonés de apellido Ishimara en que se revelan una serie de incertidumbres e inseguridades que los soldados y oficiales estadounidenses se esfuerzan por ocultar. «No creo en el emperador, el gran emperador, tengo que confesarlo –escribe Ishimara–. He nacido y muero». Si las dudas existenciales se instalan en el mundo, provienen precisamente de esa voz que representa a esas personas que durante toda la novela se llamarán bajo la palabra ‘Japo’. El libro de Mailer aborda la lucha de hombres que descubren las diferencias entre ellos bajo la bandera americana, pero que no pueden –ni deben– pensar en el otro. Es simplemente el enemigo. Y están en guerra.

Algo hiela la sangre en la lectura de Memorias de un soldado desconocido, el magnífico libro testimonial de Lurgio Gavilán. Más allá del propio valor testimonial de todo lo que cuenta sobre los años de la violencia política en el Perú, lo que impresiona es que la persona que refiere la guerra experimentó el temible privilegio de vivir el conflicto desde los dos bandos en disputa, y por lo tanto de encarnar la piel de su propio enemigo. A los doce años, Gavilán se enlistó como senderista, y algún tiempo después, tras ser capturado por miembros del Ejército y salvado de morir por la acción milagrosa de un teniente, se convirtió en soldado. Por una increíble voltereta de la vida se dedicó a perseguir y combatir a las mismas personas con las cuales antes –según cuenta en su testimonio– llevó una vida precaria, casi carroñera, en la más hostil intemperie de las montañas andinas. Sorprendentemente, en ambos espacios y en medio del fragor de la violencia, Gavilán encontró un sentido de humanidad que sobrepasaba las categorías de ‘Chupasangres’ o ‘Terrucos’ con que ambos grupos se estigmatizaban y reducían. También descubrió que, en el fondo, los dos bandos guardaban similitudes. Si existe comprensión en el libro –y en su vida– se debe a que tras el conflicto, y luego de un paso significativo por la orden franciscana, el sobreviviente se dedicó a la Antropología, esa ciencia dedicada al conocimiento del otro a través de la cual Gavilán ha conseguido procesar y entender las experiencias tan disímiles y contrastadas que lo conforman. En ese estado de comprensión, él ya no es enemigo de nadie.

En su ensayo Escribir en una zona de catástrofe, reunido en el volumen Escribir desde la oscuridad, el novelista judío David Grossman señala algo que se relaciona directamente con la experiencia de Gavilán, aun cuando Grossman no haya experimentado ambos márgenes del conflicto. Para él, que vive en una Israel en estado de acoso permanente, lo central es liberarse de ser precisamente eso, un enemigo. «Escribo y hago cuanto puedo para no hacer oídos sordos a la justificación y el sufrimiento de mi enemigo», subraya lúcidamente, y continúa «A la tragedia y al enredo de su vida. A sus errores o crímenes, a la consciencia de lo que yo mismo le causo. Ni a, dicho sea de paso, las sorprendentes semejanzas que descubro entre él y yo».

‘Japo’, ‘Chupasangre’, ‘Terruco’, ‘Caviar’, ‘Pituco’. Nosotros no vivimos en guerra abierta pero, a veces, mirando las redes, y en momentos polarizados como estos, pareciera que sí. Nos creamos un enemigo o vivimos obsesionados por encontrarlo para juzgarlo y atacarlo, y sentirnos bien, o acaso más seguros de nosotros, o incluso secretamente superiores. Incluso gente a la que considero bastante inteligente y generosa cae en la calificación, la condena y el insulto de quienes aparentemente se han alineado del otro lado y los califican y condenan a ellos. Leo con facilidad palabras como ‘imbécil’ o ‘estúpido’ en las actualizaciones de algunos muros del Facebook y, parafraseando casi literalmente a Grossman, me digo que tiene que haber una opción mejor que la de ser simplemente ‘los unos’ o ‘los otros’, aunque seguramente resulte más ardua. «Cuando escribo –dice el autor de Véase: amor– puedo ser humano en su totalidad; un ser humano que tiene partes en las que se siente próximo al sufrimiento y a la legitimidad de sus enemigos, sin renunciar por ello ni un ápice a su identidad». Que lo diga un hombre que ha perdido un hijo debido a la guerra solo debería llamarnos la atención. Si él lucha todo el tiempo por hacerlo, ¿por qué no lo intentamos nosotros también? Quizá podamos ser algo más libres. Por una vez.