En busca de la felicidad

Cuando lo que importa son las cosas sencillas de la vida

Hace unos días, mientras jugábamos a las muñecas, mi hija Luana de cuatro años me dijo que de grande quiere ser una princesa, que tendrá un castillo inmenso, un príncipe valiente y muchas fiestas reales para asistir con zapatos de tacón de cristal. La verdad es que nunca he sido partidaria de fomentar a las princesas como estereotipo de mujer, pero me he rendido un poco ante la moda de las princesas. ¡Cuántas veces mi niña y yo hemos jugado a ser superhéroes, piratas, lobos, hadas diminutas u otros personajes grandilocuentes capaces de vencerlo y quererlo todo, sin limitación alguna! La infancia se trata de soñar lo imposible y realizarlo a través de la magia del juego. Es solo una de muchas etapas de la vida. Por eso no me preocupo: creo que mi hija es libre de construir su identidad en sus propios términos mientras crece.

Lo curioso es que casi inmediatamente después de aquel juego con Luana tuve una conversación con una «amiguita» de dieciséis años que está en una etapa muy distinta a mi bebé, pero no menos llena de ilusión. Ella y sus amigos están delineando el camino por el que quieren transitar el resto de sus vidas. La mayoría, como ella me cuenta, siente presión por tener que decidir a los dieciocho años lo que querrán hacer por el resto de sus vidas. Cuando le pregunté por dónde se orientaban los futuros profesionales de cada uno, me dijo que la mayoría buscaba una profesión que les llenara los bolsillos para poder hacer viajes muchas veces al año, comprar la ropa de moda y tener una casa grande. Me dijo que todos querían ser cirujanos, abogados o economistas para lograr sus ambiciosas metas. Por supuesto, ninguno de ellos es consciente de lo difícil que es escribir sobre concreto cuando hablamos de la vida y su naturaleza volátil. Por eso solo lamenté que sintieran presión, porque, en el fondo, nadie tiene control de nada.

Ambas conversaciones me dejaron reflexionando por unos días. Y quizá fue por tener eso en la mente que hace poco me encontré sentada en una mesa con un famoso atleta español que, al haber pasado ya los treinta años, quiere replantear su vida. Sabe que ha llegado el momento de retirarse y de un hacer un crudo análisis retrospectivo. «Lo peor que me pudo haber pasado a los diecisiete años es haber sido el mejor ‒me dijo‒. No supe valorar nada, pensaba que necesitaba el gran auto, la novia top model: pero luego de estrellarme mil veces, di con una de las pocas respuestas absolutas: la felicidad es simple». Ya lo dice Circle game, una de mis canciones favoritas: «Los sueños pierden grandeza al volverse realidad». Y es cierto: los sueños pierden esas dimensiones exorbitantes de la infancia al aterrizar en la realidad, pero no necesariamente para hacerse insignificantes. Quienes conocemos la felicidad que traen las cosas más simples, entendemos que la simpleza, por definición, no necesita medirse para ser maravillosa. Se revela, más bien, a través de lo cotidiano, de lo sutil.

Por eso me siento inmensamente feliz cuando mi casa huele a pan en las mañanas, si huele rico el jabón de lavanda con el que me lavo las manos, si mi hija se ríe sin parar, si estoy paseando por el parque, si mi pareja me dice que me ama y que siempre estará a mi lado de manera incondicional. Y he aprendido a no pedir de más porque entiendo la felicidad cada vez que dejo de pedir más cosas, cuando de pronto me brota una lágrima al lado de una sonrisa y le doy gracias a la vida por todas las cosas hermosas que tengo. Eso me da fortaleza para cambiar las que me dejan vacíos. Las cosas dolorosas y angustiosas son solo distorsiones de algo que he visto a través de un prisma de serenidad y simpleza. Esas cosas nos hacen más fuertes.

Gracias a Dios, o al cosmos, o a quien sea que le deba agradecer, logré entender que el éxito en la conquista máxima de la simpleza es la capacidad de disfrutar de todo. Porque nada que se persiga, que no venga acompañado de goce sincero, debe considerarse plenamente exitoso. Por suerte, somos muchos los que no quisimos esperar a ser ancianos para dejarnos sorprender cada mañana con el milagro de ver salir el sol.