Ella no baila sola

Por Pamela Rodríguez

PatriciaRodriguez
Las cosas no hay que forzarlas. No todo en la vida tiene que funcionar. Está bien dejar ir, está bien aceptar, está bien sacar la banderita blanca detrás de la trinchera y rendirse para descansar. No todo se trata de luchar, pues hay cosas que no deben ser y que no tienen que salir adelante.

Escucho a tantas personas quejarse de tantas luchas forzadas, del trabajo, de las relaciones con sus parejas, con sus hermanos, con sus padres. Incluso yo a veces me he encontrado remando en contra de la corriente, hasta que decidí soltar el último dedo que me tenía atada a la cuerda floja para dejarme llevar con la esperanza de sentirme un poco más ligera. Cada vez pido menos a la vida.

A mis 31 años puedo decir que no he encontrado nada más trascendental que sentirme ligera en esta vida terminal, soltar esos mochilones que tantas veces me he empeñado en cargar. No quiero ser la reina de las batallas, no quiero llevarme a la tumba ninguna medalla, ningún diploma a la mejor nada, ni la cantante de 2015 ni la empresaria de 2016, la mejor mamá, a la amante del siglo 21; no quiero nada de eso. Quiero que al dejar mi cuerpo mi alma flote, y, si algo sucede después de esta vida, mi alma vaya como el pañuelo de la reina de marinera en busca de otras almas que quieran bailar al flotar.
No creo en el cielo, no creo en el infierno. Sí creo en las energías. Quién diría que se me daría por hablar cosas tan hippies con este nivel de convicción. No creo que haya cosas que estén bien o mal, creo que el único límite que hay en la vida es el que te impone hacer daño a alguien o a ti mismo, y fuera de eso para mí todo es comprensible, porque ya no quiero hablar del bien ni del mal. Quisiera vivir al margen de los ejes culturales, dogmáticos. No tengo credo ni religión, y eso me hace sentir tranquila. No quiero manuales, no creo en las reglas porque la vida no es un molde hecho para todos… y eso está bien.

Estas líneas me salen sin pensar, me estoy cuestionando todo, me veo ante la urgencia de sentarme tranquila a tocar tierra, a recordarme qué quiero y quién creo que soy, porque de mi cabeza no puedo sacar a mi querida amiga Giselle, a quien enterramos ayer en el cementerio después de una lucha muy dura contra el cáncer. Es imposible no cuestionarse la vida cuando un ser con tanta vitalidad ya no la tiene, cuando la condición humana te recuerda que tú también algún día serás restos de huesos y piel.

Siempre escuchamos decir que no hay muerto malo, pero ayer entendí eso de una manera diferente más allá del cliché, porque son las cosas hermosas de un ser humano las que se eternizan en los corazones cuando alguien se va. Ayer que con Raúl, el padre de mi hija (y amigo íntimo de Giselle) y su esposo Pedro, nos despedíamos de mi amiga en el velatorio, la recordábamos bailando pañuelo en mano una marinera [aunque la música fuera un merengue]. Recordé su risa cuando tomaba unos pisquitos de más y sus gritos: «No sé bailar esto pero me importa un pepino». Y las dos bailábamos como si tuviéramos dos pies izquierdos, y nos reíamos sin parar. Esa es la imagen que quedará en mí para siempre.

Ayer en el entierro tenía ganas de cantar, tenía ganas de poner música al momento. Quería cantar una de mis canciones favoritas de Joni Mitchel, Both sides now. La letra es hermosa y siempre me tocó el alma, pero ayer la comprendí. Habla de cómo a lo largo de la vida uno ve al amor y a la vida desde los lados oscuros y luminosos, y cómo, cuando ambos decantan, uno se queda con la ilusión. En castellano diría algo así: «He mirado la vida desde ambos lados / de ganar y perder y de alguna manera / son solo las ilusiones de la vida las que recuerdo… / Yo realmente no conozco a la vida…».

Y no, no conozco a la vida, pero sí conozco cuáles son las ilusiones con las que me voy a quedar. Por ejemplo, con la alegría, la frescura y la picardía, todo eso que irradiaba a raudales Giselle. Y ahora, entre la tristeza y los cuestionamientos que me asaltan, aquí, frente al teclado, me atrevo a decir que quisiera vivir como siempre la recordaré.

Buen viaje. Pronto nos encontraremos para seguir riendo y bailando mientras tropezamos con nuestros propios pies.