El silencio, la queja y la acción

¿Qué significa eso de no dejarse pisar el poncho?

«Perdón, ¿nos conocemos?».

El funcionario al otro lado de la ventanilla del consulado de España en Lima me acaba de decir eso. Cortante y agresivo. He llegado con mis documentos en orden para solicitar la visa y se los he dejado en la ventanilla. Lo he saludado de modo cortés y le he dicho, tratando de ser amable: «Aquí tienes mis documentos». Entonces, me dice algo que no llegó a asimilar y de un tono que me resulta chocante. Me acerco a la ventanilla para escucharlo mejor.

—¿Perdón? –le digo, perplejo aún.

—Le pregunto si nos conocemos.

—No, claro que no.

—Entonces, ¿por qué me tutea?

—¿Disculpa?

—¡Por qué me tutea! ¡Si no nos conocemos!

Le digo lo menos turbado que puedo –aunque lo estoy– que no intentaba ofenderlo, y a partir de ese momento intento tratarlo de «usted» desde un espacio de clara desventaja. Después de salir del lugar hablaré con algunas personas, escucharé anécdotas similares ocurridas en el mismo Consulado y me sorprenderá mucho que todo eso suceda después de mi experiencia y nadie se haya animado a contarme algo así antes de ir. Pero en el momento en que eso pasa no lo sé y pienso que solo me sucede a mí. En un primer instante mi reacción será ajustarme a las reglas asimétricas que me plantea mi interlocutor para tratar de salir lo más rápido posible de allí. Luego, ya después del encuentro, sentiré rabia por el maltrato y ganas de hacer algo al respecto. El malestar me acompañaría todo el día.

Para cuando todo eso pasó sabía perfectamente que había oscilado entre dos actitudes mías que han señalado algunos eventos de mi vida y que, hace un tiempo, llamo las actitudes del «pongo» y del «cacique». De algún modo, ambas reacciones se encuentran diseminadas en aquellas que ha revisado Gonzalo Portocarrero en el ensayo que sirve de título a esta columna y que se incluye en su libro Racismo y mestizaje. Según él, ante eventos dolorosos y violentos, muchos peruanos oscilamos entre las posiciones del mártir (propio de la Colonia y condenado a sufrir), de la víctima (la persona consciente del maltrato y que solo lanza una imprecación lastimera) y del héroe (aquel que se indigna, pasa a la acción y hace algo concreto por salvaguardar sus derechos). Los tres roles, según el sociólogo, responden a momentos específicos de nuestra Historia y coexisten en la psique de muchos peruanos, aunque los dos primeros están retrocediendo y el tercero se va imponiendo progresivamente.

En diciembre del año pasado, Ricardo Apaza fue discriminado en una de las salas comerciales de UVK Larcomar y su caso generó indignación en la opinión pública

aordinariamente hospitalarios. spitalarios. ñal de que algo se modifica. O eso debemos creer.

. Lo interesante es que en el escenario de la exclusión –luego de que alguien le dijera que un tipo «como él» no tenía dinero para pagarse una entrada al cine y no le permitiera volver a ver a la sala de cine de la que había salido–, el objeto de la discriminación permaneciera veinte minutos en silencio y que fueran sus amigos, entre ellos Pierina Papi, quienes se indignaron e hicieron suya la rabia que al principio él mismo no pudo articular. ¿Eso significa que Apaza era un sumiso total? Para nada. Ante la denuncia presentada por sus compañeros, hizo suya la indignación de los demás y pasó a la acción. Mandó una elocuente carta al presidente de la Comisión de Pueblos Amazónicos del Congreso, brindó declaraciones a los medios explicando su caso y recibió el reconocimiento público y mediático de periodistas como Patricia del Río a su enorme valor.

En el Perú suele ocurrir que quienes discriminan –y que, por supuesto, escriben barbaridades en las redes– han sufrido discriminación y son incapaces de referirla y menos de articularla. La respuesta ante la sospecha de la mancha propia es buscarla obsesivamente en los demás y señalarla y estigmatizarla con violencia. En un país en el cual el problema del racismo pasa por el silencio de quienes lo padecen pero no lo refieren (o lo refieren como algo que le pasó «a otro»), que este artesano cusqueño haya pasado a la acción ayudado por la indignación de quienes lo rodearon parece ser una señal inequívoca de que, como avizoraba Carlos Iván Degregori, las mentalidades en ese campo se modifican de modo inexorable.

Ah, lo olvidaba. Los españoles en España –todos, sin excepción– son absolutamente encantadores.