El museo de la intimidad

Un homenaje a aquellas pertenencias que nos cuesta dejar atrás

Jeremías Gamboa. Ha dedicado demasiadas horas a malgastar su cerebro pensando inútilmente en casi absolutamente todo lo que le ocurre. Escribir libros de ficción o columnas como esta le han permitido encontrarle un sentido a tan absurda actividad. Acaba de terminar su segunda novela

La escena es de película cómica. O también un drama hindú. Un ciudadano peruano llega al counter de una aerolínea internacional en el aeropuerto de una ciudad de Europa portando un equipaje que excede el peso permitido. Al detectar el problema, la señorita del mostrador le pide que pague una tasa extra o que descarte algunas pertenencias de la maleta a fin de ceñirse a la cantidad estipulada. Como es de madrugada y no hay nadie a la espera, el ciudadano peruano se retira unos metros y empieza a evaluar cuidadosamente su equipaje para definir qué objetos dejará detrás de sí para siempre. Un par de minutos después, saca de su maleta una laptop negra a la que abraza y acaricia y a la que le habla al oído como se le habla a un niño al que dejaremos en soledad antes de un viaje largo. Luego de unos segundos de mover la cabeza con resignación se acerca al counter y entrega la máquina, que pesa cerca de tres kilos, para su sacrificio. «La dejo», dice. La mujer, que finalmente es una persona de buen corazón, le informa que quizá no sea necesario. «Lo es», le responde. De pronto es ella quien tiene ganas de llorar. ¿Hay acaso algo más desgarrador que un hombre separándose de una Dell Inspiron 2200 bajo el marco de un aeropuerto vacío? Sí. Ese peruano era yo.

Todo podría parecer absurdo, pero créanme que tiene total sentido. Cuando ese aparato llegó a mi vida dentro de una caja anodina aquel otoño norteamericano de 2005 en el que me sentía más solo y vulnerable que nunca ante la vida que me tocaría llevar en un espacio que no conocía –una casa de madera de dos pisos que compartía con un estudiante de negocios de Colorado que esperaba con desesperación los veintiún años para comprar alcohol­­–, aquel era un objeto más de los muchos con los que me relacionaría a lo largo de dos años de vida en el extranjero. Al poco tiempo, era la única posesión valiosa con la que contaba para defender mi integridad. La Inspiron negra era el canal para comunicarme con mi familia y con mi pareja y para escapar de la soledad y la tristeza riéndome a muerte con mis amigos en Perú y en Suiza y en España; el almacén de todo mi trabajo intelectual como becario en esos años de esfuerzos y a la vez el lugar secreto en el que escribía esos primeros cuentos que luego se convertirían en mi primer libro. Todo lo que tenía sentido para mí se relacionaba con ella. Si Henry Miller en Trópico de Cáncer gritaba mentalmente que le cedieran el asiento en el metro de París porque llevaba consigo su máquina de escribir bajo la ropa, yo encontraba que mis días tenían un sentido porque adonde fuera llevaba ese aparato negro encaramado a mis espaldas, metido en la mochila.

Las cosas, claro, no duran toda la vida. Para cuando me despedía de ella esa noche en el aeropuerto vacío, la laptop había muerto dos veces ya: con el primer deceso se perdieron todas mis fotos y videos de esos años norteamericanos, y tras el segundo, el técnico que la revisó me advirtió que intentaría arreglarla a mi cuenta y riesgo: podría durar dos años, podría durar un día. Me arriesgué. La Inspiron terminó sobreviviendo ciudades y circunstancias distintas durante casi ocho años. En ella, ya en Lima, escribíel tramo inicial de mi segundo libro y un sinnúmero de columnas hasta la tarde en que murió por tercera vez, y entonces para siempre. La noche en el aeropuerto la mujer del counter encontró una manera de que subiera conmigo en el avión y regresara al Perú. Un par de meses después, una tarde de escritura en un café limeño, puso su pantalla en blanco apenas la encendí y luego de un rato emitió un sonido lastimero antes de apagarse por completo. Sabía que no prendería nunca más.

«La gente está atada a una cantidad de porquerías que no sirven para nada», le dice Guillermo Giacosa a Denise Arregui en una emisión del programa Plus Café. Después le cuenta que tras cinco años fuera de su país, Argentina, varios amigos le mostraron pertenencias que supuestamente eran suyas y que, sin embargo, no reconoció para nada porque habían perdido todo valor sentimental para él. «Si uno puede vivir cinco años sin esas posesiones ya no son más de uno», dice. Nadie podría negarle la razón. A lo largo de nuestras vidas cientos de objetos pasan por nuestras manos sin dejar huella alguna, o la mínima estela que los torne memorables. Algunos, sin embargo, exceden su función y a pesar de dejar de ser útiles terminan representando mucho de lo que fuimos, o de lo que somos, y entonces se resisten a desaparecer. Gracias al ingenio de una azafata conservo conmigo esa máquina que a ojos de cualquiera es solo chatarra lista para el reciclaje. He decidido que pasará a ser parte de una colección secreta, muy pequeña, de objetos a los que la experiencia de alguien dota de pronto de un valor que nadie imaginó al fabricarlos.