El lunes comienzo

Sobre aquello que se necesita para tomar las riendas de la vida

pamela

Quienes amamos la individualidad del ser humano vivimos convencidos de que todos somos muy diferentes. Y es cierto, sin duda que lo somos, ya sea por nuestra cultura, edad o religión, pero solo hasta cierto punto. Al ser de la misma especie, nuestros puntos de encuentro son más de los que podemos contar: todos respiramos, comemos, dormimos [algunos menos de lo que debemos] y hacemos «el uno y el dos», como diría mi abuelita para no sonar grosera. Pero no quisiera limitarme a las características físicas para hablar de lo que nos une como homo sapiens. Todos –salvo casos muy excepcionales– queremos sentirnos amados, aceptados, queremos encontrar la felicidad, y todos –aquí me atreveré a decir una generalidad extrema– preferimos las cosas fáciles.

Cuántas veces habremos soñado con ese cuerpo maravilloso, esbelto y fuerte que podríamos poseer si solo tuviéramos la voluntad de ejercitarnos todos los días y de comer más sano. Pero, claro, el esfuerzo y la disciplina son cosas demasiado complicadas para la mayoría, por lo que preferimos dormir un poco más, decir durante años que ‘comenzamos el lunes’, seguir a diario con las chelas y el azúcar refinada o, en algunos casos más tristes, comer y luego vomitar para autoengañarnos y pensar que así tendremos un cuerpo de ensueño. El camino fácil.

Cuántas veces hemos oído a alguien decir [incluso en nuestra propia cabeza] que no está contento con su trabajo, que está harto de depender de alguien y que le gustaría sacar adelante toda clase de proyectos excitantes. Puedo asegurar que las veces que hemos escuchado esas quejas son infinitamente mayores que la cantidad de veces que hemos visto a alguien llenarse de valor para arriesgarlo todo e impulsar el start-up de ese apasionante proyecto que tenía años macerando en la cabeza y que podría cambiar su futuro profesional. Pero no. La mayoría, de nuevo, prefiere el camino fácil.

En el terreno del amor sucede algo parecido. Por todos lados se ven parejas que se sostienen por los motivos equivocados. Gente adormecida por la costumbre y que olvidó lo que siente. O gente que deja a otra gente por ser demasiado complicada, porque tienen hijos, porque son demasiado mayores, porque viven muy lejos y porque aterrizar las cosas sería demasiado difícil. Se ve poco a gente fiel a su voz interna, que asume con valentía los riesgos de dejar a la pareja de años, que pone por delante su propia felicidad. Menos aún se ve a quienes asumen las dificultades amorosas de manera sana. Prefieren buscar a otro en vez de aprender a ser una buena madrastra, encontrar a alguien en su propia ciudad en vez de arriesgarse por quienes aman, o buscar a alguien de su edad o religión para no asumir los riesgos que creen que suponen los deseos internos. Otra vez el camino fácil.

Pocos se dan cuenta de lo complicado que resulta el camino fácil a largo plazo. Sus gratificaciones vienen y se van con la misma facilidad con las que se buscaron. El camino fácil es casi siempre una máscara, apenas un alivio sintomático y no la cura, y también es el botón recién activado de una bomba de tiempo cuya explosión se acerca sin que lo podamos evitar.

Dar un paso delante y luchar por las personas y cosas que amamos y necesitamos es algo que debemos hacer sin dudarlo. Si lo haces, serás uno menos de tantos que integran la lista de los amores perturbados, profesionales frustrados y cuerpos enfermos. Y serás uno de los pocos que, al final de la vida, sentirá que no perdió el tiempo y que ganó mucho al entender que las dificultades y los riesgos vienen de la mano con las cosas más gratificantes de la vida, que la vida es una sola y que hoy es el único día que tenemos para cambiarla.