El fantasma de la libertad

O de la insatisfacción del siglo XXI a través de una novela de Franzen

En una columna reciente acerca de la novela Libertad del norteamericano Jonathan Franzen, el escritor peruano Alonso Cueto resalta un pasaje aparentemente insignificante que le sucede a su protagonista, Patty Berglund, y que en verdad revela una característica central del mundo que propone la ficción de Franzen, considerada por la crítica como la primera obra maestra de la literatura del siglo XXI: «En uno de los episodios –escribe Cueto– Patty va a buscar una cerveza y debe escoger entre varias marcas. Decide entonces ir a otra tienda a buscar vino, pero no se decide. Se da cuenta de que no es capaz ni siquiera de resolver un problema trivial: dónde encontrar algo de tomar para una reunión de amigos. Un breve comentario la acompaña: la infelicidad es un estado en el que ninguna de las salidas parece aceptable, un punto en el que ha desaparecido el futuro».

Hace poco un amigo mío me dijo que, de pronto, el malestar que a veces sentimos en estos tiempos parece desprenderse de nuestra enorme capacidad de elegir, de gozar la posibilidad de escribir nuestras vidas con más libertad que nuestros padres y abuelos y más consciencia de todas las opciones que se abren ante nosotros y que dejamos pasar y de las consecuencias de nuestros actos. He pensado mucho en eso mientras este verano repasaba algunos cuentos clásicos de Anton Chéjov para mis clases. Comprobaba en ellos un tipo de insatisfacción que proviene más bien de la falta de libertad y de la sujeción a compromisos sentimentales tempranos que obligaban a muchas personas en el siglo XIX a llevar vidas en las que el deber aplastaba sin atenuantes al universo de los deseos y el querer. «Eran igual que dos aves de paso, una pareja a la que habían capturado y obligado a vivir en jaulas separadas», dice el narrador de los protagonistas del cuento La dama del perrito, seres obligados a sostener relaciones furtivas para no dañar a sus familias. Muchos personajes en otras narraciones del autor ruso –La desgracia, Champagne, La cigarra­– sufren una sensación similar de apresamiento y manifiestan deseos desesperados de libertad.

Patty Berglund, y los seres de Franzen en general, poseen esa facultad que los personajes de Chéjov añorarían tener, pero no saben a ciencia cierta cómo administrar esa prerrogativa y tampoco han definido cabalmente en qué consiste esta. Ellos, un poco como nosotros, viven en un mundo signado por la problemática capacidad de conocer diferentes posibilidades de realización sentimental y de valorarlas, de elegir entre ellas a riesgo propio y muchas veces haciendo daño, de ser conscientes de los modos de vivir que con cada decisión se dejan de lado. En el centro emocional que la novela plantea, los esposos Patty y Walter Berglund se debaten en la disyuntiva de mantener una familia que ha revelado sus fisuras o de emprender una apuesta de realización sentimental personal perfectamente realizable. El mundo que les rodea es el nuestro: de transitoriedad sentimental, matrimonios que se despedazan al año siguiente, un tipo de insatisfacción que no le podemos achacar a una voluntad ajena a la nuestra o a la sociedad. Somos nosotros quienes rubricamos nuestra propia precariedad.

En un breve ensayo sobre los cuentos de Chéjov, Richard Ford señala algo que me llamó la atención: el contrapunto entre los sentimientos exaltados de muchos de sus personajes y la vastedad e inmutabilidad del paisaje. Si los pájaros aparecen libres para contrastar con los tormentos silenciosos de los seres de Chéjov en el XIX, ahora son especies en riesgo simbolizadas por la reina cerúlea que Berglund se empeña en salvar de la extinción. El paisaje, a su vez, colapsa bajo la amenaza del deterioro ambiental y el terrorismo. Si, como señala Milan Kundera, la novela tiene como única moral abordar la llamada «sabiduría de lo incierto», nada parece más incierto que el mundo que compartimos nosotros junto a los personajes de Franzen. Quizá por ese motivo resulte tan impresionante y conmovedor el último tramo de la novela, esas páginas en las que se despliega la apuesta profundamente moral de su autor en un mundo que se derrumba por causa de nuestra propia voluntad: la posibilidad de lucha por lo que amamos, el esfuerzo de entender a los demás y de mantener los vínculos a pesar de los errores que, como seres humanos, cometimos al elegir. Es, sin duda, un acto de fe en medio de tiempos convulsos, pero no se puede esperar menos de un hombre que se dedicó diez años a la labor silenciosa de escribir un libro que nos revela muchos de los asuntos que nos agobian como hombres y mujeres del nuevo siglo.