El elogio de la locura

O la lucha de los locos por romper una sociedad que nos mata en vida

jeremias

Uno de los pasajes que más me gustó de la primera lectura que hice de EN EL CAMINO, la espléndida y exaltada novela de Jack Kerouac que leí fascinado tras una estancia contrariada cuando estudiaba para ser crítico literario en una universidad norteamericana, fue este: «…la única gente que me interesa está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos que explotan igual que arañas entre las estrellas». La pronuncia —o sería mejor decir la lanza sobre el teclado de su máquina de escribir— el imperecedero Sal Paradise, ese joven inconforme que junto con sus amigos de la Universidad de Columbia [Carlo Marx, Old Bull Lee, Elmer Hassel] decide abandonar los estudios y largarse a la autopista para encontrar una pureza que escasea en su medio. Como él yo acababa de dejar la universidad y me encontraba en la calle sometido a la locura de no tener nada, salvo las ganas de escribir y la firme voluntad de aprender de la gente. También yo había tendido a acercarme a gente demente que llevaba sus vidas a su aire. En los veinte, mis amigos y yo nos sentíamos algo anormales, nos bancábamos ese defecto del que hablaba Charly García —el loco mayor— y nos llamábamos entre nosotros «mostros», una manera de aliviar lo raros que nos sentíamos. «Yo quiero ver muchos más delirantes por ahí bailando en una calle cualquiera», cantaba Charly García en esas noches de fines de los noventa e inicios del nuevo siglo. Ya estaba aprendiendo que para que alguien sea realmente paja debía tener al menos un toque de locura o de desfachatez. La autenticidad —lo sé ahora— nunca es del todo normal.

Agobiado por el hecho de que voy creciendo y de que quizás tenga que hacer de mi vida lo que se supone que la sociedad —la gente en general— dice que debo hacer, encontré ciertas claves liberadoras en el magnífico libro de perfiles periodísticos PLANO AMERICANO, de la argentina Leila Guerriero. A través de una galería demencial de tipos extraños que han decidido seguir el curso de sus vidas de una manera absolutamente diferente a la común —cineastas, diseñadores, periodistas, poetas, pintores, músicos, fotógrafos, modistas—, Guerriero nos provee, acaso de forma involuntaria, unos modelos de conducta originales que, más allá de trasgresiones y extravagancias —que las hay— parecen revelar nuevas forma de ser y de estar en el mundo. En estos perfiles bellamente urdidos de personajes visionarios como Guillermo Kuitca, Rodolfo Fogwill, Fabián Casas, Juan José Millás —y sobre todo Roberto Arlt, el autor de LOS SIETE LOCOS— lo realmente extraño es lo que hace todo el mundo. Lo raro es casarse muy joven y con alguien de otro sexo, tener hijos, levantarse por la mañana e ir a una oficina, estresarse por el agobio del trabajo y la falta de bienes materiales, o vivir en la obsesión de tener el hogar perfecto, con la pareja heterosexual que lleva a sus niños al parque. Y, a pesar de eso, uno siente que están más vivos que uno.

Los locos son los que mueven el mundo y transforman nuestro modo de pensar y de sentir. Los extravagantes, los raros, los zafados. No puedo quitarme esa idea de la cabeza mientras leo el notable libro de ensayo EL PUÑO INVISIBLE, de Carlos Granés, un repaso crítico a la evolución de una serie de extravagantes vanguardistas que exaltaron la vida por encima del arte y de la sociedad capitalista, y que a través de sectas, acciones subversivas y actos delirantes, manifiestos y conciliábulos, desafiaron radicalmente la manera común de vivir de la sociedad de consumo que hoy nos rige como nunca antes. ¿Fueron poco importantes? ¿Sus esfuerzos se perdieron? Sí y no. Granés demuestra en su libro que más allá de la derrota palpable, hubo una victoria secreta. Y que, en ese Zúrich en el que un serísimo Lenin terminaba de definir el ideario revolucionario que habría de transformar el mundo a través de la gran revolución comunista, un grupo de zafados estaba generando a trompicones la secta del dadaísmo, la primera de una serie de vanguardias artísticas que propusieron una manera diferente de vivir y experimentar el mundo y que aglutinó a surrealistas, futuristas, letristas, yippies y, claro, beatniks, con Kerouac a la cabeza. La idea para algunos era volver a la infancia, o exaltar el instante, o largarse a los extramuros de la ciudad, pero siempre desafiar lo normal, lo establecido, lo común, en pos de la autenticidad o de la pureza. «El dolor o el amor o el peligro te hacen real de nuevo», escribía Kerouac en una de sus novelas. Y lo que muestra este libro de Granés, más allá del saldo en contra de la lucha histórica de todos estos locos, de algún modo, es: frente a los miles de muertos que acarreó el comunismo y frente a la lógica del consumo feroz, mucha de nuestra inconformidad y nuestra libertad y nuestra autenticidad está edificada sobre la batalla aspaventosa de esa otra revolución invisible que intentaron realizar los locos. Bienvenidos, sean.