El amor era…

Por Mariano Olivera

marianoacoplado
Sentarse en la banca más caleta del parque, bajo el único poste que nunca encendía ‒o que encendía a medias, como si sufriera de timidez‒; o, a falta de bancas, a los pies de ese héroe de piedra que no conocíamos; o sobre esas graditas, a la espalda del altar de la virgen para que no sintieras remordimientos de quererse en un sitio público. O ya, pues, a falta de todo lo anterior, en pleno pasto, sin importar la tierra, la humedad, las hormigas, la vigilia a intervalos del serenazgo o la caca de los labradores del barrio; inmunes a los sapos del vecindario bajo un árbol lo suficientemente frondoso como para hacernos desaparecer.

Era el beso que empezaba de día y terminaba de noche, literalmente, porque podíamos estar en ese plan de seis a siete, a tientas y sin parar hasta que nuestros dientes comenzaban a estrellarse más de la cuenta, las lenguas pedían chepa y los grillos más precoces de la cuadra comenzaban a meter bulla.

Era el helado compartido con cucharitas de plástico microscópicas, la película más larga de la cartelera para quedarse más rato en el cine, la chicha grandota que alternábamos con la misma cañita, los dedos grasosos toqueteándose sobre el pop corn, las caminatas a ninguna parte, las peleas para reconciliarse bonito y quererse más, las canciones que nos pegábamos por contagio, los cómodos silencios, las tentaciones descartadas sin padecimiento de causa, la recatafila de mensajes de texto en épocas sin Facebook ni WhatsApp, los regalos de aniversario [para la próxima, pongámosle fecha a todo, ¿ya? A estas alturas, no recuerdo cuál corresponde a cuál], las tarjetas que intercambiamos por correo postal durante los meses que estuviste de viaje [«si me sacaste la vuelta, rompe esta tarjeta», escribiste en una como posdata].

As usual, luego la belle époque dio paso al aburrimiento, los silencios incómodos, las peleas hardcore, los reproches, el arrepentimiento, las idas y venidas, los rencores difíciles de sanar, las promesas truncas, los regalos y souvenirs perdidos al fondo de uno de esos cajones que nunca volvemos a abrir, la nostalgia, la pena y las dosis in crescendo de Rivotril [Sartre tuvo razón: «ponerse a querer a alguien es una hazaña»]. En resumen se escurrió toda la fantasía, como la mantequilla que lavábamos de nuestras manos después de picotear la canchita del baldazo de pop corn. Pero… ¿quién quiere acordarse de eso? Una de las claves para tentar la felicidad es poder despacharse de las cuotas de olvido e imaginación necesarias para inventarse un pasado más amable, ¿no?

¿Qué es ahora ese amor entonces? ¿En qué se ha convertido, dime tú? Probablemente en algo parecido a un enorme recuerdo salpicado de brochazos de ficción y realidad, pero tú sigues existiendo por ahí y yo sigo escribiendo por acá, y aunque hayan pasado los años, se hayan acabado el amor, el luto y la nostalgia, y hayamos perdido todo contacto [¿te casaste?, ¿tienes hijos?, ¿sigues viviendo en Lima?], hay algo que siempre tendremos en común: para nosotros el 14 de febrero nunca será el día del santo de las flechas inoportunas; el 14 es tu cumple, así que me jodiste, porque con toda la alharaca que desata esa fecha nunca voy a poder pasarlo por alto.

Pero mucho, mucho antes, el amor ya había aparecido en una frase que hasta ahora tomo como una especie de máxima apostólica cada vez que me topo con este sentimiento que gobierna ‒o desgobierna‒ al mundo; un mensaje en letras blancas sobre un polo de algodón negro que llevaba grabada la caricatura de Alfredo Bryce Echenique, y decía así [abro comillas para citar un pasaje de Tantas veces Pedro]: «El amor no existe, pero es hermoso». Tal cual.

Perdonen la cursilería.