El abismo del éxito

O de las cosas horribles que ocurren cuando se supone que ‘la hiciste’

JEREMIAS

Disfrútalo. Así de simple. Nunca antes en mi vida había escuchado esa recomendación tantas veces y de tantas personas, y jamás creí que podría llegar a parecerme irónica y, por último, absurda. Todas las personas que me rodean, y me quieren, desean expresarme que lo que toca en estas semanas de estruendo en que se lanza mi novela es relajarme; relajarme y aceptar lo que viene sin hacerme rollos: recibir de buen grado las fotos y la exposición, las entrevistas, los pedidos, las buenas reseñas y los mensajes tan lindos que muchas personas me mandan por la novela que escribí durante cinco años sin recibir un sol a cambio. La lógica es impecable: te mataste tanto tiempo trabajando en la sombra, te mantuviste como pudiste en silencio y sin quejarte, y de pronto todo tu trabajo ha obtenido un reconocimiento que no esperabas, y lo lógico es disfrutarlo; lo lógico y lo sano. Uno cosecha lo que siembra, uno se satisface de lo que obtiene. Y sí, lo entiendo. Y sin embargo estos días me resfrío con facilidad, he perdido la voz, tengo problemas de sueño [al fin conozco los efectos del rivotril] y por momentos me sobrevienen ataques de nervios y me sacuden arcadas. No puedo escribir, y apenas leo. A veces tengo ganas de que nada de esto esté ocurriendo y de que la novela nunca hubiera salido. Siento desesperación y ganas de huir, y entonces no falta quien me dice, con la mejor intención, que debo estar feliz. Si trato de matizar ese comentario me dan palmaditas en el hombro. «No te hagas rollos», me dicen. «Disfruta». Así: Disfruta. Como si fuera fácil.

No creo que pueda llamarse éxito a lo que le está pasando a mi libro y a mí, pero sí me parece sintomático que de pronto haya mil manuales en todos los supermercados para enseñarte cómo alcanzarlo y ninguno, o casi ninguno, que te trate de enseñar cómo sobrellevarlo o cómo padecerlo. Durante estos días de ataques arteros, comentarios mala onda y mezquindades a los que trato de ser indiferente, he recordado mucho aquella novela de Philip Roth, ZUCKERMAN ENCADENADO, que leí muy divertido hace ya algunos años mientras escribía mi novela. En ella Nathan Zuckerman vive los años más miserables de su vida –no exagero– luego de que su novela CARNOVSKY se convierte en un best seller y a él se lo ubica en un espacio para el cual no está ni remotamente listo: ahora ya no puede viajar en el metro de Nueva York, la comunidad judía lo ataca por antisemita y un amigo de la infancia lo acosa peligrosamente como un verdadero stalker a la vez que en su familia sucede una crisis que él apenas puede atender. Puedo asegurar que lo que menos provoca es estar bajo la piel de ese hombre ‘exitoso’ con la vida destrozada.

Santiago Roncagliolo escribió una columna en que explica cómo el premio Alfaguara, que ganó antes de cumplir treinta años, lo sumió en la primera gran crisis depresiva de su vida. Alfredo Bryce ha contado varias veces que ganar el premio Planeta lo sumió en una de sus mayores depresiones. Empiezo a entender remotamente por qué. Yo no olvido ese texto maravilloso de Günter Grass en que contaba cómo escribió EL TAMBOR DE HOJALATA: debía trabajar de obrero y escribía al lado de sus hijos en el sótano de una casa ruinosa mientras aporreaba carbón para que nadie se muriera de frío. Aquellos días –y no los del ‘éxito’– fueron los más felices de su vida. En ellos vivía solo abrigado de su fe, de las ilusiones de un esfuerzo privado que no sabía si tendría recompensa, pero que era extraordinario en sí. No resulta extraño, a la luz de esos eventos, que escritores como Salinger, o McCarthy, o Pynchon, o Roth, deseen cuidar ese tipo de días dejando de dar entrevistas y limitando al máximo su aparición en los medios.

Escribo esto esperando la posible llegada de una ola que se ha tornado amenazante después de que la salida de mi libro recibiera los calificativos de boom y ‘fenómeno’ generados por la prensa y de los que solo siento distancia y miedo, y en los que, claro, no me reconozco. Desde un punto de vista se trata de señales alentadoras, pero desde otra perspectiva –la del tipo que no tiene nada especial y al que le gusta escribir mientras se toma un café de lata por las mañanas– resultan aterradoras. «¿Cómo se hace para triunfar? ¿Cuál es la fórmula del éxito?», me preguntan en mi primera entrevista con un medio peruano antes de partir a México para el lanzamiento. Y yo no tengo palabras para explicar que jamás pensé en esos términos y que todo lo que ocurre no lo preví, y solo me da miedo, aunque para mis adentros me digo que me obligará a crecer. La verdad: nunca pensé en esto y tampoco lo deseé. Y si lo hice, imaginé que sería algo completamente diferente de lo que parece que será. «Disfrútalo», me siguen diciendo mis conocidos cuando quiero explicarles algo de esto, y ciertamente ya asumí que me resultará imposible hacerlo. Es preciso atravesar como sea esto hasta que todo vuelva a la calma –me repito–, a esa posición neutra o invisible desde la que es posible ver el mundo sin ser visto. Porque un escritor al que todos ven no puede mirar nada. Y yo solo quiero mirar.