Desatormentándonos

O la forma ideal para dejar de ser quien eres en una playa caleta

jeremias153

Un día, sí, te sobregiras de noticias, polémicas, callejones oscuros en las redes sociales, te cansas de las reuniones, de los mails, del tráfico, y también de los mensajes de texto y las alertas y la publicidad que te ofrecen condominios, camionetas, de las ofertas de seguros y mejor señal de internet al teléfono fijo de tu casa, y te acuerdas del poema de Antonio Cisneros que habla de juntar platita para irse al norte, y entonces le das la razón a Toño y te achoras y coges tus cosas y te vas. Piensas en la playa no como extensión de la vida en la ciudad –la catarata de anuncios en la carretera, la bulla del boulevard y la cola de gente para comprar en el Wong de Asia–, sino como el espacio para intentar la desconexión total: días y noches sin mirar Facebook ni ver correos ni responder el celular. Solos tú y el mar. Y si quieres alguien más. El propósito es dejar de ser quien has sido hasta hace poco para reencontrarte. Después tomas nota de tu proceso:

Día 1. Llegas recién de Lima, digamos a mediodía o a inicios de la tarde, y no te puedes sacar de encima el cansancio del aeropuerto, el avión, el bus o el auto que te trajo hasta aquí. Recibes un coctel de bienvenida o almuerzas con una sensación de extrañeza, caminas en círculos por la pequeña piscina, y la playa allá abajo aún te parece un decorado, las palmeras de mentira. Te instalas y pides un trago: luego dos, luego tres. Como no te sientes parte de la comodidad del espacio, todo lo plácido no te corresponde, o parece corresponder a otros. No asumes el placer. Te la pegas. Total, no tienes nada que hacer mañana –te dices–, tampoco pasado mañana –te repites– ni después de pasado mañana.

Día 2. Enfrentas como puedes la resaca, y el estruendo del mar, muy cerca de ti, te despierta. Como vienes durmiendo mal en Lima te vuelve a pasar. Pegas pestaña apenas cuatro horas y te levantas como un soldado rendido ante el deber. Te das vergüenza. Vas a la barra del hospedaje y te pides dos o tres tragos. No te concentras en leer y piensas difuso. En algún momento te gana el sueño y duermes. Duermes como nunca. En la noche caminas apenas por la orilla de la playa y piensas vagamente. Miras la oscuridad del cielo, las olas, los navíos al fondo. Podrías quedarte la noche sin tomar nada. Solo te provoca mirar.

Día 3. Primer encuentro con el paisaje diurno. Desayunas con la sensación de estar donde estás. Vas a la playa y por fin lees, y luego caminas por la orilla y te metes al mar y te echas en la arena y compruebas que no hay nadie, apenas tres o cuatro personas en lo que abarca tu mirada. El tiempo se va haciendo lento, y se disfruta. Vives algo que se parece a la infancia, solo que sin padres. Si tienes ganas de dormir, duermes. Si quieres leer en la hamaca, lees. Si quieres meterte al mar, te metes. Las horas empiezan a tener poco peso, y duran y tienen una calidad que habías perdido de vista. La caída del sol es precisa. Un cansancio feliz te tumba en la cama.

Día 4. ¿Lima? ¿Hablamos de una ciudad, de un país, de la fruta? Lo único cierto aquí son estos cangrejos huidizos, el vuelo ordenado de las tijeras en el aire, la caminata muy temprano a lo largo de la orilla, el baño en el mar con el cuerpo aún caliente por el ejercicio, el desayuno con la piel salada de mar, el sabor del pescado casi crudo en la boca. La siesta. Los pelícanos, los delfines, los pájaros que caen como piedras pesadas sobre el océano en busca de alimento. Las actividades que se pueden resumir en un infinitivo. Comer. Dormir. Nadar. Soñar.

Día 5. Eres una malagua. O un pez. O un vegetal. Naciste en este lugar y a este lugar perteneces. Eres lo gris contra lo gris. Perteneces a esta costa que conoces bien, a estos roquedales que ya has visto una y mil veces, a todas las aves que rompen el silencio de la mañana. Vives agradecido por la luz natural del día, y en la noche prefieres la total oscuridad. No haces otra cosa que ver insectos golpear contra un candil. Y hablas con alguien de temas sin aparente importancia: tu infancia, tus padres, tus primeros recuerdos de la playa, las cosas más rocosas de tu adolescencia. Si estás de ánimo, cantas como si estuvieras ante una fogata. Recuerdas a Sui Géneris, Indochina, las baladas de José José, te ríes con quien te acompaña. Velo caritativo sobre esta escena.

Día 6. ¿Día 6? ¿Hay días uno detrás de otro? ¿Se numeran? ¿Qué es un día?

Día 7. Dos opciones. Te quedas en estado vegetal y vendes artesanías a un lado de la playa –lo cual no estaría nada mal– o tu instinto de animal de ciudad se reagrupa y te asalta. Poco a poco piensas en aquello que habías querido hacer. El café te anima a lanzarte sobre ese proyecto que dejaste a medias, tienes ganas de correr. Empiezas a anhelar el día ocho, se impone la imagen de ti corriendo sobre el malecón de tu ciudad y lleno de deberes. Entonces es tiempo de volver. Hasta que un día te vuelvas a cansar de las noticias, las polémicas, los callejones oscuros en redes sociales…