¿DE QUÉ LADO ESTÁS TÚ?

Por Bruno Ascenzo
Bruno

«Quien se guía por el prejuicio se priva de escoger al mejor. Reduce su mundo y se ‘autoenclaustra’ en paredes limitadas y limitantes. Se hace prisionero de su ignorancia.» Richard Epstein

El pasado domingo ocho de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer. Veinticuatro horas destinadas a la conciencia para valorar al género que nos dio la vida. Un día que las mujeres se han ganado a pulso, con fuerza, luchando contra lo que otros creían que nunca podrían pelear. Un día que, irónicamente, logrará su cometido en el momento de desaparecer, cuando no tengamos que recordar al mundo lo básico de la convivencia entre los géneros, cuando nadie tenga que pedir respeto porque ya viene incluido en el ser humano.

Ese mismo domingo me encontré con un reportaje sobre los comentarios racistas que recibió el jugador de fútbol Luis Tejada. Dentro de él, un video de compatriotas afroperuanos que reivindicaba su raza, su color, su derecho a ser vistos como iguales ante aquellos que cumplen con ‘el requisito de la tez clara’. Los escuché llamarse invisibles.
Renegando por ser llamados zambitos. Reclamando su orgulloso color negro, no moreno: afroperuano. Acusando que cuatro de cada diez son discriminados en espacios públicos. Que más de la mitad han sido insultados en la calle. Rematando contundentemente que el Perú es diversidad.

Minutos más tarde recibo por twitter la invitación del colectivo Unión Civil ¡Ya! para acompañarlos en un plantón frente al Congreso de la República. Ese Congreso que no quiere debatir una ley que propicia la inclusión, la aceptación. Ese Congreso que calienta sillones con aquellos que utilizan la palabra ‘lesbiana’ como insulto o que consideran que un beso entre dos hombres es una abominación. Esos que circunscriben el amor al pene y la vagina. Los que utilizan a su dios como escudo ante su ignorancia disfrazada de prejuicio. Ese Congreso que nos deja al final del tercer mundo por ignorar los derechos de tantos peruanos y peruanas cuyo pecado mortal fue sentir distinto a lo que ellos conocen
como ‘normal’.

Me pregunto cuándo dejaremos de señalar nuestras diferencias con tanto apasionamiento. Cómo lograr vernos como simples personas con el derecho de ser tal y como vinimos al mundo, sin hacer daño al otro. ¿No es eso acaso suficiente para vivir en paz? ¿En qué momento nos entrampamos en las diferencias y en los insultos? Hombres, mujeres, gays, lesbianas, negros, blancos, chinos, gordos, flacos, viejos, jóvenes. Todos alguna vez discriminados; todos alguna vez discriminadores.

El mundo cambia y nunca dejará de hacerlo. Debemos cultivar en nosotros un mínimo de empatía para darnos cuenta de que nuestras paredes mentales deben tender a la flexibilidad, y no a la conclusión irrebatible. Arrastramos errores del pasado. Tenemos que aprender a reaprender. Saber desechar ideas preconcebidas y adoptar nuevas. Dejar atrás discursos añejos y reemplazarlos por una visión desapasionada y coherente con el mundo actual. Vivir y dejar vivir.

Si creciste hace cincuenta años, cuando las mujeres no tenían derecho al voto, eres testigo presencial de que el mundo sí puede cambiar y ser más justo. Si te enteraste de la esclavitud de los negros, hoy puedes notar que la raza humana es capaz de dejar atrás la imbecilidad y restituir derechos irrenunciables. Si averiguaste que años atrás el sector conservador de la sociedad luchaba contra la aceptación del divorcio porque ‘atentaba contra la familia’, hoy podrás notar que a pesar de todo sí se puede decidir por el bien común, y no en base a religiones o creencias personales.

Hoy el debate por la unión civil entre personas del mismo sexo se archivó. Somos, junto con Bolivia y Venezuela, los únicos países de la región en tener ciudadanos de segunda categoría. Lindo trío para compartir coincidencias junto con Evo Morales y Nicolás Maduro. Desprotegidos, vulnerables, violentados, desamparados ante cualquiera que decida gritar ‘maricón’ porque ‘así se dice en español’. ¿Por qué cuesta tanto si el mundo entero ya entendió? ¿De qué lado de la historia estás tú? ¿A quién estás prestando tu apoyo y de qué manera? Sería bueno preguntártelo. Tus hijos –o tus nietos– te lo preguntarán.