Cuéntame el chisme

Dime de quién hablas y me darás muchas pistas de quién eres

pamela155

Hace un tiempo leí una frase que me gustó mucho. No recuerdo el nombre del autor, pero decía algo así como «¿Quieres conocer a alguien? Déjalo opinar sobre alguien que no conoce». La frase se grabó en mi cabeza. Quizá por eso, desde ese día, decidí tomar con pinzas todo lo que involucraba la palabra prejuicio. Meditar sobre ella me permitió conocerme mejor, entender por qué pensaba A y no B de algo o alguien, por qué me generaba tal o cual impresión, y por qué me sentía de determinada manera cuando me sentía juzgada.

Haber vivido fuera de Lima durante tantos años ha sido de gran ayuda para despojarme de mis prejuicios. He tenido la suerte de compartir con culturas y grupos humanos en que el prejuicio no existía. Eso me pareció refrescante al comienzo y, con los años, se convirtió en un hábito que procuro cultivar, sobre todo cuando regreso a Lima, donde me resulta curioso notar que, de pronto y sin darme cuenta, analizo los estereotipos y complejos que la gente revela cuando habla de otra persona.

Digo curioso porque el tema ya no despierta en mí la rebeldía de la adolescencia. Ahora las etiquetas como viejo verde, chiqui vieja, pastrulo, yupie, chileno, cholito, lorna superado, puta, hueca, robamaridos, gay, entre otras expresiones, me hacen reír la mayoría del tiempo, aunque a veces me entristecen porque siempre es triste ser testigo de la pobreza que llevan algunas personas en el alma. Pero cuando me río, lo hago con una risita interna malvada/traviesa al descubrir las carencias que estas personas demuestran.

A través de lo que alguien dice de otro puedes comprender la estrechez o amplitud de su mente, sus estructuras de género y sexualidad, y también de la libertad que esa persona tiene respecto a sí misma. Ni qué decir de asuntos raciales ni sociales. Todos los resentimientos y complejos salen a la luz sin ningún velo cuando alguien se pone a hablar de otro. Por eso siempre la paso bomba analizando a todas las personas que gastan su tiempo hablando de otras.

Ahora creo que son pocas las personas las que digan que no les gusta chismear. He sido testigo de ese pequeño placer que han sentido incluso mis amigos antisociales, freaks y emo. Ni yo, que ahora me pongo a escribir sobre el tema, me atrevería a lanzar la primera piedra. Algunas veces me veo disfrutando del morbo al escuchar cosas sobre la vida privada de otros, pero ahora procuro opinar en un círculo muy íntimo, no solo por respeto a los demás, sino también por pudor.

No me interesa que mis carencias se laven como trapos sucios en la plaza mayor. Me gusta proteger la intimidad, sobre todo la de mis defectos. Por eso basta con cerrar la boca para que no ventiles lo que jamás confesarías de ti. Y si te importa un pepino la vida de los demás, y de manera inevitable escuchas rajar a un grupo de lenguas viperinas, por lo menos puedes entretenerte analizándolas. La otra opción es que no hagas caso. En cuanto a mí, me faltan más años de yoga y sordera senil para llegar a eso. Por ahora me mantendré estudiando la tesis Dime de quién hablas y me darás muchas pistas de quién eres.