Cuando todos se van

O cómo enfrentar las pérdidas, por grandes o pequeñas que sean

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Últimamente, a raíz de una historia que he escrito inspirado en ella, he pensado mucho en mi primera profesora de primaria, Graciela Monteagudo. Era una mujer algo mayor cuando me enseñó a leer, allá por 1981, y a quien su edad y su salud la vencieron y obligaron a dejar de dictarnos clase de una manera abrupta en 1982. No recuerdo claramente su partida. Solo sé, a la luz del tiempo que ha pasado, que fue la primera vez que sentí la pérdida de alguien a quien había llegado a querer mucho e intensamente. Yo nunca tuve la figura de un abuelo cercano, y aquella señora venerable de canas y ojos claros me había mostrado el lenguaje, y con él, el mundo. Justo durante estos días, escribiendo, me he dado cuenta de que por esos días estaba atravesando una de las primeras escenas gravitantes de cualquier vida. Porque la vida, de una forma dolorosa, es también la extraña continuidad de una serie de personas que de un momento a otro se van.

Hace poco mi amigo Peter Elmore me contaba de la muerte de una persona que había conocido de joven en Lima, cuando aún no había decidido hacer su vida académica y creativa en Inglaterra y los Estados Unidos. Peter es profesor en una universidad de Colorado, y cada vez que vuelve a Lima y nos encontramos para caminar al lado del mar gris de la ciudad, me habla invariablemente de algún amigo, o conocido, o figura de su generación que de pronto se fue, como si Lima, para él, fuera un barco que se despuebla cada vez más de la gente que él quiere o respeta: Antes fue Antonio Cisneros. Después Javier Diez Canseco… No es sorprendente que en sus libros de ficción, Peter se ocupe siempre de los desaparecidos, de gente que se pierde, o que simplemente se va. Hablando de todo eso recordamos esa prosa apátrida de Julio Ramón Ribeyro sobre los amigos. En ella Ribeyro dice: «Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual solo él tiene la llave e, ido el amigo, la gaveta queda para siempre cerrada». Algo, en definitiva, se muere con aquel que parte. Algo dentro de nosotros se desvanece.

Mientras escribo esta columna me preparo para reunirme una vez más con mi amigo Jaime Rodríguez Z., en Madrid. Desde que se fue a vivir a España, y me dejó a mí y a dos amigos más abandonados a nuestra suerte en Lima, sentí que Ribeyro tenía la razón. Hace un par de años, cuando los visité a él y a su mujer, Gabriela Wiener, en Barcelona, me los encontré preparando sus cosas para dejar esa ciudad en la que habían vivido durante más de ocho años para irse a la capital de España. Fui testigo de la manera en que Jaime se separaba de un grupo entrañable de amigos catalanes que me hizo recordar aquellos días de su despedida en Lima. Jaime estaba triste, lo recuerdo, pero lo que realmente lo destrozaba era el hecho de que su hija, Lena, tendría que decirle adiós a sus dos mejores amigas del kínder. «Es su primera pérdida», recuerdo que me dijo. Un par de años después, la mamá de Lena escribiría una estupenda crónica sobre el momento en que su amiga Micaela Amerí partió de España para regresar a Lima y la dejó sola.

La literatura es el espacio de las despedidas. En una novela reciente, CANCIÓN DE TUMBA, Julián Hebert se despide de su madre, Guadalupe Chávez, una meretriz atacada por la leucemia. En NOCHES AZULES, Joan Didion hace lo propio con su hija. Nadie se centra en lo que está presente porque eso lo hace mejor el periodismo. La mejor literatura trata de aquello que dejó de ser, de lo que no está más, de lo que se acabó. En ella nos despedimos de nosotros mismos. Y en esa despedida, a pesar del dolor, siempre puede haber un aprendizaje.

Hace poco un amigo muy cercano del colegio me confesó que había perdido a su hijo de apenas unas semanas, una persona a la que nunca llegaría a conocer. Me dijo, con bastante calma, que fue como la muerte de una proyección, la evanescencia de unas manos que nunca llegaría a tocar, de una voz que jamás podría oír. Muchas cosas en él habían cambiado, como si de pronto un cajón nuevo, quizás el más grande de toda su vida, se hubiera empezado a abrir dentro de él. Empezó a caminar de otra manera, se cuidaba más cuando montaba bicicleta, se había suscrito a un par de portales que le señalaban cómo crecía su bebé día a día y sostenía largas conversaciones con quien sería su hija, o su hijo, mientras esperaba las horas para echarse al lado de su mujer y proteger su vientre con sus manos. De pronto corría en las mañanas. Dejó de fumar. Cuando se enteró de que ese niño jamás vendría sintió que presenciaba la caída de las torres gemelas pero como en una película muda, sin estrépito: de pronto todo resultó absurdo. Cuando hablé con él, sin embargo, me dijo que algo había entendido. Y que lo que sintió durante esas semanas aún le parecía real, y nadie se lo quitaría. «Es como si algo de esa luz siguiera ahí», me dijo. Y entonces yo supe que, al menos en su caso, esa gaveta que se había abierto ya no se cerraría jamás.