Cuando te enamoras…del yoga

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En todos los años que tengo haciendo deporte como un ritual energizante para comenzar el día, jamás he experimentado lo que en tres meses me transformó el yoga. La disciplina, que recién he adoptado como parte fundamental de mis días, es una con la que venía coqueteando hace varios años. En cada ciudad donde he vivido intenté adaptarme a la práctica de todos los profesores que se cruzaron en mi camino, pero por alguna razón no lograba atraparme de corazón. Una amiga muy querida, profesora de yoga en San Francisco, me dijo alguna vez que si sentía un llamado hacia la práctica, solo era cuestión de tiempo: pronto encontraría a la maestra indicada. Y tal cual sus palabras, en el momento más apropiado, llegó.

Pero no solo llegó una maestra, llegaron varias de un solo golpe, todas distintas, todas espirituales pero con espiritualidades diferentes; todas con fuerza pero con fortalezas diversas. Lucía, Camila, Kelly, Dana, Andrea y Alejandra son todas las maestras de Soul Yoga en el KO de Barranco, todas a su manera son especiales e inspiradoras, y lograron lo que nadie: engancharme con el yoga. Pero no es todo lo que ha sucedido. Me han convertido en una fanática cuyo pasatiempo preferido es ver videos de yoga en YouTube. Ahora practico en la escuela por las mañanas y luego, durante el día, cuando apenas tengo un momento libre [y a solas], intento practicar lo que no me salió en la clase para poder hacerlo mejor a la mañana siguiente. Seguro si alguien me viera intentando hacer torsiones estrambóticas en el medio de mi sala, pensaría que me he vuelto loca. Pero lo cierto es que estoy feliz y entregada.

Cuando me acerqué a la escuela, lo hice con cierto escepticismo. Sentía que ya le había dado –sin éxito– demasiadas oportunidades al yoga. Al entrar al salón, sin embargo, se respiraba algo diferente en el ambiente. Escrito en la pared, aquella percepción se materializa: «Cambiamos por dentro, cambiamos por fuera. Solo conectados con nuestro yo interior podemos alcanzar la mejor versión de nosotros mismos».

En cada vivencia complicada que tengo durante el día recuerdo esa frase. También recuerdo la voz de las maestras durante las meditaciones que mencionan que uno puede hacer de la vida lo que uno decida, que puedes entregarte al drama o dejarlo ir, que hay cosas a las que nos aferramos que nos hacen infelices y que podemos soltarlas si solo decidimos hacerlo. Al comenzar cada clase, internamente, cada alumno pone en práctica una ‘intención’, que puede ser una persona, algo que queremos mejorar, alguna vivencia que se nos está haciendo difícil. Personalmente cada intención que le he puesto a la clase es algo que he visto fortalecerse al salir de ella.

Siempre había escuchado que el yoga trabajaba más allá de lo físico, y pensaba que era una fanaticada hippie, pero ahora lo he experimentado. La disciplina es un gran agente de la construcción del bienestar, porque fortalece las estructuras fundamentales del cuerpo, de la mente, del espíritu. No es ningún cuento, y no hay otra manera de aprenderlo que a través de un buen maestro.

En este mundo lleno de tanta atrocidad es inspirador encontrarse con gente como la de KO que quiere aportar desde la luz, la salud y la transformación. Cuando te encuentras con personas así explicándote cómo funciona algo, la transformación se convierte en una experiencia maravillosa.