Cruce de caminos

O de las rutas vitales que nos volvieron quienes somos

Una simple anécdota me señaló todo lo que nos separaba. De pronto, María Elena lanzó un grito y yo tuve que acudir en su ayuda. La encontré en su cuarto, lidiando con un bicho enorme que ella llamó una araña, pero que para mis estándares calificaba perfectamente­ de tarántula. Me pidió una página en blanco y yo le obedecí, extrañado. He matado muchas arañas en mi vida, aunque jamás de esas dimensiones y menos con una página en blanco. De todos modos, me sentí medianamente capacitado para aniquilar al insecto y agradecer algo la generosidad que había tenido ella de recibirnos a mis papás y a mí en su casa de Urubamba a pasar unos días mientras visitábamos Cusco. Me equivoqué de plano. María Elena cogió el papel e hizo un cucurucho con él mientras le hablaba al arácnido, que se movía con ansiedad bajo el estante de sus libros. Le dijo que se tranquilizara, que nada malo iba a pasarle. Cuando el animal quedó arrinconado y no tuvo otro remedio que meter sus ocho patas dentro del papel, ella empezó a agitar el cucurucho mientras me gritaba que le abriera la puerta de salida de la casa. Eso hice, corriendo a unos pasos de ella. Cuando regresó del jardín, donde había vuelto a depositar al animal sin dañarlo, yo ya sabía que había hecho un papelón.

—Cómo se nota que eres de la ciudad —me dijo, sin ocultar una sonrisa.

No veía a mi amiga María Elena desde hacía quince años, cuando ambos éramos estudiantes de Comunicaciones en la Universidad de Lima. Recuerdo que por aquel tiempo ella ya era muy pegada a la naturaleza, y tenía ideas muy progres sobre todo. Usaba largos vestidos de gitana, escuchaba música latinoamericana y tocaba temas de Silvio Rodríguez al lado de un grupo de muchachos idealistas entre los que se contaban Lucho Quequezana y la primera dama de la nación, Nadine Heredia. El mundo nos había conducido por caminos diferentes y desde entonces nos habíamos perdido el rastro. Al poco tiempo de terminar la carrera, mientras trabajaba a un ritmo brutal en una entidad del Estado, ella había decidió descansar en este valle cusqueño y, de pronto, en él conoció al amor. Se casó y descubrió el sentido de la vida en pareja y también cierto sentido de la pérdida y la posterior soledad; había terminado dedicando su talento profesional a un proyecto de desarrollo social en beneficio de los niños de esa zona del Perú que al inicio desconocía. En este lugar había descubierto su vocación, su centro personal y también el sentido de su vida.

Todo esto me lo contó María Elena durante el par de ocasiones en que conversamos de nosotros y de las personas que nos acompañaron durante esos años de temprana juventud. Algunos de nuestros compañeros se habían casado y varios eran papás; una amiga había terminado en Colorado [Estados Unidos] y otra en Inglaterra; uno había sido monje en una abadía de Francia y alguien más había vivido años en Alemania, de donde volvió hecho un empresario. Ella me contó cosas increíbles de personas que apenas recordaba y yo hice lo mismo. La segunda noche supe que María Elena estaba en un tránsito. Una propuesta de trabajo en Lima y algunos asuntos personales la estaban llevando a dejar todo lo que había construido durante más de una década y que estaba contenido en esa casa, incluida la huerta de la cual se alimentaba. De alguna manera, me di cuenta, había agotado su experiencia en el campo y era presa de esa ansiedad con la que uno cierra una etapa de su vida en un espacio determinado, con todo lo maravilloso y terrible que pudo haber sucedido en él. Verla en esa bisagra me hizo recordar a mí mismo en ciertos momentos de mi vida.

«Pensamos que cambiaríamos la vida, y la vida nos cambió a nosotros», dice Vittorio Gassman, al final de la película NOS HABÍAMOS AMADO TANTO, de Etore Scolla, una cinta que, cuando la vi por primera vez, hace ya muchos años, imaginé como una obra sobre el amor y la amistad, pero que, en verdad –lo entiendo ahora–, se ocupa sobre todo de estudiar cómo las decisiones que tomamos nos hacen ser quienes somos en contra del tiempo y la fatalidad de que al vivir escribimos un libro que solo tiene una versión. De vuelta en Lima, un amigo de siempre, Sergio, me comunicó que había dejado su departamento de tantos años casi como quien huía de un lugar. «Estaba muy cargado», me dijo. Yo mismo, al volver de mi viaje y con tantas cosas removidas, no vi mi casa igual; es decir, no de la manera en que la he visto todo el tiempo que llevo viviendo aquí. Ahora mismo, que escribo esto, la siento así, aunque la presencia de pequeñas arañas que mato sin remordimiento me hagan sentirme en mi hogar. Me pregunto cuánto tiempo más viviré solo aquí y me digo que ya no importa. La cosa siempre acaba como el final de BAJO EL PESO DE LA LEY, esa bella película Jim Jarmusch. Al final, el camino siempre se divide en dos. Y dos tipos siguen caminos distintos hasta perderse al fondo de una toma en cámara fija. Y ya.