Conversando con la policía

Por Gonzalo Coloma

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Hace algunas semanas aterricé en Lima luego de un viaje relámpago. Un espectáculo del Cirque du Soleil estaba en la ciudad y muchos amigos con los que había compartido escenario o estudiado en la escuela de circo de Montreal estaban allí. ¡Qué ganas de enseñarles mi ciudad, mi país! La mayoría de ellos ya conocía mis famosos piscos sours; faltaba que conocieran la comida y las lindas vistas al mar de Lima.

Al día siguiente de mi llegada, me escribe uno de mis amigos canadienses. «Gonz, hay una fiesta de la gente del Cirque esta noche. ¿Vamos?», propone. La fiesta es en un bar barranquino y debe empezar alrededor de la una de la mañana. Los artistas escénicos vivimos de noche cuando estamos de gira, y aunque ahora mismo yo no lo estoy, tengo ganas de ver a mis amigos.
A las 12:45 a.m. salgo del departamento de mis papás y subo al carro de mi viejo. Manejo hasta el bar barranquino. Es domingo por la noche; no hay nadie en las calles; todo está cerrado… excepto este bar. El Cirque lo ha alquilado para organizar una fiesta con sus empleados: desde los artistas y técnicos [todos extranjeros] hasta los chicos que velan por la seguridad, venden la canchita o te ayudan a encontrar sitio en la carpa [todos peruanos]. Buen momento para que se conozcan y compartan entre ellos.

Ni bien llego, me encuentro con un amigo y empezamos a conversar. Hace tiempo que no nos vemos. Le digo que se pida un coca sour para probar algo nuevo. Yo me pido una cerveza; no tengo ganas de tomar: he venido en el carro de mi papá. Llegan otros artistas y técnicos del show; conversamos; pasan las horas. Cada vez que toman un trago me preguntan qué quiero. Les digo que estoy manejando; que no me provoca meterme en problemas con la policía, y les cuento las lamentables historias que todos conocemos sobre la policía limeña. Por ejemplo, cómo a esta hora puede pararte solo para fregarte un rato. ¡Por eso prefiero estar completamente sobrio y que no tengan con qué fregarme!

A las 3:00 a.m. les digo que me voy a dormir, y Simón, mi buen amigo de Montreal, me dice que él también se va, así que ofrezco llevarlo a su hotel. Al Sheraton, en el centro de Lima. Salimos de Barranco y llegamos a una luz roja, sobre República de Panamá [pongo mi direccional hacia la izquierda para agarrar el zanjón]. A mi derecha veo dos camionetas de la policía estacionadas, y por el retrovisor, un carro que viene realmente rápido. Me asusto al pensar que puede ser un delincuente. Me preparo para retroceder, por si el auto me impide el paso, pero llega hasta nosotros muy rápido, nos cierra, no respeta la luz roja y se mete al zanjón, mientras ninguna de las dos camionetas de la policía se inmuta.

—¿Ves cómo no lo han parado? –le digo a Simón–. Esos policías están esperando para pararnos a nosotros.

La luz cambia a verde; me meto al zanjón, y dicho y hecho: detrás de nosotros una de las camionetas enciende su sirena.

[Continuará…]