Conversando con la policía [2]

Por Gonzalo Coloma

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Hola –dice el señor policía–. ¿Ha estado tomando? Usted huele a licor.
—No, jefe –respondo–. Solo me he tomado una cerveza con mi amigo canadiense que actúa en el Cirque du Soleil…
—Documentos, por favor.
Le enseño todos los papeles que hay en el carro. El señor policía escoge algunos y parte a su camioneta. Dos minutos después se acerca su compañero.
—Buenas noches, señor. ¿Usted ha estado ingiriendo licor? –pregunta.
—Buenas noches, jefe. No, solo me he tomado una cerveza con mi amigo canadiense y ahora estoy llevándolo a su hotel –le respondo.
—Abra la maletera –ordena.
—No, jefe, no voy a abrir la maletera.
—¿Por qué? ¿Usted esconde drogas o armas?
—No, jefe, no escondo drogas o armas.
—¿Por qué no quiere abrir la maletera?
—Porque usted no tiene derecho a pedirme que la abra.
—Pero puedo llamar a un fiscal para que lo haga.
—Así es, jefe. Puede hacer eso. Llámelo y esperemos.
—Su permiso de lunas está vencido; me tengo que llevar el auto al depósito.
—Jefe, la verdad es que tengo sueño y quisiera irme a casa a dormir. Es tarde, acabo de llegar al Perú, me quedo solo una semana, estoy llevando a mi amigo canadiense a su hotel… Si pudiera hacerme el favor de dejarme ir, sería estupendo.
—Pero es que no lo puedo dejar ir… usted sabe. Una papeleta por conducir en estado de ebriedad…
—No estoy ebrio, jefe.
—Bueno, le perdono el estado etílico… pero un auto sin permiso de lunas polarizadas; tengo que llevármelo al depósito. Encima ahora tenemos cámaras en las patrullas y no puedo borrar la grabación… ya está todo registrado.
—¿Cómo podemos hacer, jefe?
—Bueno… usted dirá.
El señor policía se queda mirando a Simón, mi amigo canadiense: estamos conversando hace treinta minutos y él no ha entendido una sola palabra. Le hablo en francés y le explico la situación. «Gonz –me dice–, ¿crees que ayude en algo si hago un mortal?».
—Jefe, ¿conoce el Cirque du Soleil? –pregunto al señor policía–. Le vamos a hacer un espectáculo… ¿qué dice?
Simón baja del auto, camina y, ¡boom!, hace un salto mortal de espaldas [el señor policía sonríe]. Simón dice: «¡Extra bonus!», y se abre de piernas a lo Jean-Claude van Damme [el señor policía hace un gesto de agradecimiento a Simón mientras él regresa al auto]. Back to business.
—Jefe, ¿qué tal el show?… ¿le gustó?… ¿nos puede dejar ir? Estamos realmente cansados.
—¿Quiere irse?… ¡usted dirá!
Volvemos al punto inicial. Empiezo a pensar que nunca me iré a dormir esta noche.
—Jefe, yo vivo en Canadá y viajo por todo el mundo haciendo arte; mi amigo es canadiense y viaja por todo el mundo impresionando a la gente. Usted sabe que no he hecho nada malo. Por favor, no deje mal el nombre del Perú.
El señor policía me mira como si no entendiera qué está pasando. El semblante le cambia; el corazón se le afloja.
—Jefe, se lo pide un peruano…
Completamente desconcertado, agarra mis documentos, me los devuelve y me dice:
—Por favor, no maneje tomado, señor. Buenas noches.
—No se preocupe, jefe –le digo–. Muchas gracias y buenas noches.
Una vez más el circo hace su trabajo. Y yo aprendo una lección: hasta los malos policías quieren al país.