Cómete todas las verduras

pamela151

Hace algunas semanas llevé a mi hija a jugar al parque. Como siempre, ni bien llegamos Luana se integró a un grupo de niñitas y yo me quedé sentada en una banca mientras la miraba jugar. A los pocos minutos, la mamá de otra niña se sentó a mi lado y comenzó a hablarme. La mujer estaba muy preocupada por su hija; me contó que la pequeña tenía graves problemas digestivos, que no iba al baño con frecuencia. «Mi hija ha venido medio falladita», me dijo, con una sonrisa algo nerviosa.

Luego de oír algo tan extremo, de inmediato le pregunté con qué alimentaba a su hija. Me contestó que la niñita se había vuelto muy fastidiosa para comer, y que últimamente solo se alimentaba de carne de pollo, arroz, papa, y que se negaba a comer cualquier otra cosa. Le comenté de una manera muy discreta que tal vez la niña tenía ese problema por la alimentación que recibía, y me miró sorprendida. Era curioso que ella no imaginara que quizás la niña estaba estreñida por la alimentación que recibía. «Bueno –refutó la mujer–, lo que está comiendo no tiene por qué estar mal; es lo que comen los niños».

Sé que cada experiencia de alimentar a un hijo es diferente y que, en muchos casos, es un trabajo muy difícil y desgastante. No soy una especialista en la materia, pero sí puedo decir que mi experiencia como madre ha sido, aunque muy retadora, bastante exitosa en cuanto a la alimentación de un hijo se refiere.

Nunca he querido subestimar a mi hija y limitarla a los famosos ‘menús de niños’, los cuales considero demasiado pobres en nutrientes y fibra. Desde pequeña –y aunque su padre y demás familiares me vieran como una loca–, he explicado a Luana lo que la fibra le hace a su cuerpo. Ella, quien pronto cumplirá cinco años, sabe que las frutas y verduras son una buena fuente de fibra. Incluso en muchas ocasiones la he escuchado explicar el tema a sus amiguitos. Por supuesto, no todas las verduras y frutas le han gustado, pero hay algunas que ella encontró más sabrosas que otras. Por ejemplo, el brócoli es una de sus favoritas. Desde hace unos años, en un intento fallido por hacer que lo coma, me inventé que los brócolis eran arbolitos bebes que iban a ayudarla a crecer porque crecerían dentro de ella como los árboles de un bosque y que la harían ser muy alta. Como vi que funcionó apliqué el mismo truco a las vainitas: le dije que eran semillitas que también la ayudarían a crecer cuando crecieran dentro de ella.

Ahora que ya está un poco más grande, y que su abuela le da golosinas y gaseosas en mi ausencia, he tenido que contraatacar con una batalla ideológica. Por supuesto que en esos casos la confrontación no funciona, por lo que decidí instruirla en la ‘lista de los alimentos campeones’ que elaboré buscando el valor nutricional de todos los alimentos que ella conoce y les puse puntaje. Por ejemplo, los alimentos verdes tenían mil puntos, las lentejas y demás menestras tenían 950, los plátanos 900, y, por supuesto, las gaseosas tenían un punto y las golosinas 1.5 puntos. Desde que hicimos la lista de los alimentos campeones, mi hija se siente superorgullosa cuando come lentejas; incluso conseguí con eso que comiera otras menestras que le generaban resistencia, como los garbanzos. Al final de sus comidas, ella quiere saber cuánto puntaje tiene y si les ha ganado a los alimentos de poco puntaje.

Me imagino que este pequeño método que improvisé jugando para convencerla de comer mejor resulta efectivo, porque su carácter es extremadamente competitivo. Tal vez aquella niña del parque con problemas digestivos tenga otras características de su personalidad que puedan servir de punto de partida para otro juego que la motive.

No creo que a los niños se les deba subestimar. Ellos tienen una sensibilidad especial y una apertura al mundo única, inocente. Ellos recibirán de nosotros, sus padres, la información que nosotros les queremos dar. Si nos rendimos, probablemente ellos se limiten también a conformarse con los alimentos más fáciles. Creo que no hay niños estreñidos, sino dietas mal equilibradas. No hay, salvo en casos de patología [que es otra cosa], niños que vengan falladitos, como decía la mamá de la niña del parque. Creo más bien que hay demasiados niños que no están bien informados, estimulados y motivados para aprender a comer sano.

Yo recomendaría a los padres que intenten, que jueguen, que comuniquen. Algo diferente sucede en los niños cuando entienden que los alimentos son mágicos, que son sus amigos, que con ellos todo su organismo funcionará mejor y que si les ganan a los ‘alimentos malos’, la vida será mejor.