Ciudad de letras

O un elogio a la feria de libros más impresionante del mundo hispano

jeremias148

«Les voy a hablar la diferencia entre leer periódicos y leer libros», dice David Grossman frente a un auditorio de dos mil personas o más que lo escuchan completamente arrobadas en un espacio cerrado y enorme que más parece el coliseo donde se juega la final de un campeonato de básquet que el recinto que ha juntado a dos escritores notables. Hace media hora él y Mario Vargas Llosa han estado hablando acerca de sus experiencias fundamentales como lectores y también como escritores, y de pronto el novelista israelí se ha apoyado en un pasaje memorable de la novela MADAME BOVARY, de Gustave Flaubert, para tratar de explicar la especificidad de la literatura: aquel en que Emma y su joven amante, León, se meten en una carroza a estar juntos y amarse mientras el pueblo –un villorrio de provincias en el sur de Francia– los sigue con la mirada juzgando lo que ocurre en el interior a pesar de no verlo. «Cuando leemos periódicos somos el pueblo –dice Grossman–: entonces los señalamos con el dedo y nos sentimos mejor. Cuando leemos literatura, en cambio, somos la carroza, o de alguna manera estamos dentro de ella».

Algo extraño ocurre en el recinto que acoge al salón Carlos Fuentes que abre la XXVII Feria del Libro de Guadalajara. Por imposible que parezca, todo el público asistente termina de escuchar el símil que plantea el autor de LA VIDA ENTERA y estalla en aplausos como si acabara de presenciar el cierre de un mitin o el punto que define un peleado partido de tenis. Yo solo tengo ganas de decir a quien está a mi lado que me pellizque para darme cuenta de que aquello está ocurriendo en realidad. Porque nada de lo que vivimos en los días en que participamos en la feria de libros más grande del mundo en habla hispana y la segunda más grande de todo el planeta –luego de la de Fránkfurt, en Alemania– parece responder a la vigilia. A ratos parece un sueño, a ratos una broma.

«Vas a recuperar la fe en la condición humana», me dijo mi amiga Verónica días antes de que fuera allí a presentar mi primera novela, y la verdad es que no exageró un ápice. Luego me enteraría de las cifras [750 mil visitantes, 656 autores que hablaron en 22 idiomas distintos; 20 mil profesionales del mundo editorial de un total de 46 países que trabajaron intensamente durante nueve días de actividades], aunque para mí no dejaba de parecerme como visitar la Feria del Hogar cuando era niño, solo que en lugar de electrodomésticos y juegos había libros y más libros: libros de poesía, libros de ensayo, de arte, novelas, libros de colección y libros para niños, cientos de libros que eran revisados y valorados por personas de todas las edades y de todas las procedencias que iban de un stand a otro mientras decidían si ver a los escritores Fernando Vallejo o Javier Cercas presentar sus novelas, o a escuchar a Shimon Peres dialogar con Felipe González, o tal vez a Alessandro Baricco o a Elena Poniatowska, o acercarse a una de las mesas del programa LATINOAMÉRICA VIVA, que reunió a 35 escritores de esta parte del mundo que conversamos y encontramos puntos de coincidencia entre las realidades de nuestros países. O también, claro, la de ir temprano al salón Fuentes a agarrar sitio para ver a estos dos caballeros desmenuzar MADAME BOVARY para explicar la manera como los libros les cambiaron la vida para siempre.

«Escribir es un privilegio», dice Mario Vargas Llosa, y Grossman concuerda con él. Escuchando a estos dos autores [Grossman dirá que al escuchar al Nobel peruano le provoca dejarnos a todos plantados e irse a su computadora a escribir frenéticamente] uno se anima a pensar que sí, que las apuestas que se han hecho, los saltos al vacío y las renuncias, toda la incertidumbre que implica el trabajo de escribir un libro a tiempo completo tienen un sentido también. «Quizás el sentido de la libertad es la de describir tu propia tragedia con tus propias palabras», dice de pronto Grossman. «Los escritores son tipos que sienten claustrofobia dentro del lenguaje de otras personas. ¡Qué maravilla ser escritor para decir y nombrar el mundo con nuestras propias palabras!». Mientras el público vuelve a ovacionar al escritor, pequeño y delgado bajo sus lentes de marco dorado, yo pienso en el hecho milagroso de que en este preciso momento, y bajo el techo alto que resguarda a todos los stands de la feria, muchas personas encuentran en los libros algo que ilumina sus vidas y los vuelve seres más complejos, menos dados a levantar el dedo acusador que apunta sobre la carroza. Libros que los salven también de vivir en las palabras de los demás y los acerque a sus propias palabras. De estar en la carroza, con todo el vértigo y la dificultad, y la libertad que ello implica.